En un artículo del año pasado me atrevía a juzgar el triunfo de Javier Milei en las elecciones legislativas argentinas como un signo de madurez política. Pensaba fundamentalmente en el valor de la participación ciudadana y en su decisión de apostar por una política realista que exigiría ajustes y sacrificios frente al tradicional y desgastado ofrecimiento de milagros a corto plazo.
Cerrado el 2025, los resultados del gobierno de Milei son, para más de un analista, positivos. Hans-Dieter Holtzmann observa que Milei heredó una tasa de inflación de 211% y la redujo a 31%, con previsiones de un descenso hasta 20 %. Para 2025, apunta también que el presupuesto registra un superávit por primera vez en 14 años, gracias a importantes recortes en el gasto público. Según recoge The Economist, el FMI considera que las acciones argentinas y los bonos denominados en dólares subieron y que el país espera un crecimiento de 4,5% anual, la tasa más alta de América Latina. Las fuentes señalan también, desde otro ángulo, que la pobreza en Argentina está disminuyendo, a pesar de la reducción del gasto público. Cifras publicadas por la Universidad Católica Argentina ubican la tasa de pobreza en 36%. el nivel más bajo desde 2018. Daniel Lacalle opina que Milei ha conseguido en dos años sacar de la pobreza a más de un millón y medio de niños.
Desde otra perspectiva, Argentina vuelve a ser atractiva para las inversiones. La caída del indicador riesgo país ha propiciado su regreso al mercado de capitales. La política oficial de mantener un peso fuerte para frenar la inflación ha puesto en jaque la acumulación de reservas internacionales. Para el FMI, las acciones argentinas y los bonos denominados en dólares subieron. El presupuesto ha pasado de un déficit insostenible a superávit, por primera vez en 14 años. Con este panorama, lo que viene para el futuro son retos y exigencias.
La visión del caso argentino es motivo de optimismo, pero también de reflexión sobre nuestro propio país y los de la región. Cabe alimentar la esperanza de que la lección aprendida nos vuelva a los valores de la libertad, la de las personas y la del mercado. La complejidad de una economía competitiva, cambiante, con muchos actores, no admite fórmulas únicas, pero se asienta sobre los fundamentos de la libre competencia, de la reducción del poder en el Estado, de la ampliación de la participación privada. La aplicación de una política más abierta a la modernización y a un pensamiento liberal exigirá a todos nuestros países cambios indispensables y necesarios, si lo que se busca es crecimiento y bienestar colectivo. La experiencia de los últimos años debería proveer confianza: una política económica orientada a las reformas y a las políticas ya probadas como eficaces, no solo funciona en teoría, sino en los resultados.
La historia económica moderna ha más que probado que la prosperidad no llega sin educación, sin inversión, sin tecnología, sin confianza, sin esfuerzo, sin acuerdos, sin libertades. Para The Economist, el éxito argentino demuestra el poder de los mensajes económicos contundentes pero coherentes, proclamados con claridad y convicción. Tiene razón Daniel Lacalle cuando recuerda que con el abandono de superadas políticas socialistas la libertad avanza, se genera riqueza, se abre espacio al ahorro y se reduce la pobreza.
La difícil pero probada alternativa pasa por estimular el desarrollo de las capacidades del ciudadano, reduciendo la tutela del Estado. Pasa también, entre otras exigencias, por leyes menos proteccionistas en el mundo del trabajo, por reformas fiscales que tiendan a estimular la inversión y reducir la carga tributaria. Y en el plano político, pasa por estimular el camino de los acuerdos, del diálogo, del entendimiento, de la negociación poniendo los intereses de la nación en primer término. La vuelta a la racionalidad en política y en el manejo de la economía sigue siendo tarea pendiente en algunos países. Superar las visiones retrasadas o fatalistas es, sin duda, el primer paso para la construcción de otro modelo: el del crecimiento, la prosperidad, el bienestar, el ejercicio de las libertades.
Gustavo Roosen
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