Uno oye por ahí a algún ciudadano, adulto o ya viejón, recordar la televisión de la era democrática puntofijista como una verdadera isla de goce y libertad. Los jóvenes –aún cuarentones– los oyen y algunos se comen el cuento, ansiosos de que acabemos pronto con la dictadura para poder gozar de tan suculento alimento espiritual. Los primeros son más bien inconscientes de su ignorancia y muchos de los jóvenes, ilusos u obstinados de las redes o imposibilitados, con toda justicia, de quedarse un cuarto de hora frente a una pantalla operada por la cultura y la estética despótica y redondamente vulgar. Esperan que vuelva la de papá y mamá y el abuelo y la abuela. Los varones gozaban una metra con Radio Rochela y del curioso ingenio de Renny Ottolina, las damas, además, tenían conmociones románticas y recurrentes lágrimas con las telenovelas.
¿Qué pasa ahora? Peor que aquello, sí. En verdad es que no ha habido, no hay en general en otros lados, y ojalá no haya en el futuro una televisión, tanto pública como “privada”, tan bestia como la presente, tanto ideológica como estéticamente. Y las cifras dicen que no son pocos sus consumidores… es el medio por el que se informan la mayoría de los venezolanos, que paradójicamente votaron por Edmundo y María o en orden inverso.
Pero es totalmente falso que la TV anterior fuese ni siquiera medianamente decente. Es más, diría que era definitivamente indecente. Los dos canales privados, Radio Caracas y Venevisión, acaparaban no menos de un 80% de la audiencia. El canal público era un fantasmal cajón de sastre que nadie veía, hecho para no entorpecer el ámbito privado.
Entre estos dueños de la comunicación y los dos grandes partidos que gobernaron los cuarenta años, AD y Copei, había un pacto casi sagrado. Según este, la televisión no intervenía en política y los políticos dejaban que esta masacrara la labor que debería idealmente hacer, tratar de culturizar y educar a los venezolanos, entreteniéndolos y, de paso, robustecer su conciencia cívica. Hacer plata como fuese, fue su único oficio. Pacto tan estricto que se podía matematizar, de manera que los partidos se distribuían los espacios propiamente políticos de acuerdo a los votos de la última elección. En principio, esto garantizaba el bipartidismo. En general, ningún tercero solía tener votos suficientes para competirles, lo cual garantizaba su abundante cuota en la entonces reina de la comunicación, de la palabra pública.
Sería demasiado largo intentar aquí un mínimo análisis de lo que fue esa etapa de la televisión. Digamos que, de una falta de calidad aplastante, centrada en los culebrones novelísticos y los shows de mala muerte. Pero sí vale recordar que, en cuanto a libertad de expresión, salvo esos espacios citados ya condicionados, la línea editorial la dictaban los dueños y solo los dueños para servir a los anunciantes, es decir al capital más abundante.
Cuando la televisión pudo hablar directamente de política, con el neoliberalismo de Pérez en su segundo gobierno, se intensificó hasta el límite la antipolítica sistemática, a fin de lograr un candidato presidencial empresarial, ajeno a los a ratos incómodos políticos. Solo lograron a Hugo Chávez Frías, contra el cual conspiraron. A una, Radio Caracas, le cortaron la cabeza y a la otra, Venevisión, su dueño Gustavo Cisneros la puso a la orden de la dictadura contra la cual había conspirado. Peor no había podido terminar la película.
¿Qué pensaran los próximos mandatarios, cuando los hubiese, de este esencial asunto para convertirnos en una sociedad cultivada y conscientemente libertaria? Es de vital importancia y es de temer que venzan la nostalgia y las monedas de los anunciantes.
Fernando Rodríguez








