Entre túneles abiertos bajo los escombros, altares improvisados sobre el hormigón y el rastro de cuerpos rescatados que la burocracia perdió en el caos, los familiares de víctimas del doble terremoto de hace un mes en Venezuela siguen buscando a los suyos, exigen a sus muertos y se niegan a dejarlos atrás.
La escena demuestra que quienes siguen en pie no solo exigen a sus muertos, sino que se niegan a perder la fe.
Lo hacen en un país donde las autoridades contabilizan casi 5.400 muertes y omite el recuento de los desaparecidos, estimados en unos 29.400, según la plataforma ciudadana ‘Desparecidos Terremoto Venezuela’.
“El trabajo hay que seguir haciéndolo porque estamos en una situación en la que no podemos alarmar ni positiva ni negativamente”, dice a EFE Gómez Arroyo, líder de la brigada que escuchó el golpe y determinó señales de calor con un escáner.

“Existe algo llamado fe”, continúa.
Al otro lado de ese complejo de viviendas, Javier Navarro busca a nueve familiares.
“Tenemos que sacar a nuestra familia, así sea a pulmón, en las circunstancias que sea. Nosotros no podemos dejar a nadie atrás”, dice a EFE Navarro, de 36 años.
Navarro encontró a su madre y abuela hace tres días en un avanzado estado de descomposición. Trabaja de noche para eludir el sol inclemente de La Guaira y lo acompañan otros familiares que se turnan para excavar, mientras la ciudadanía los apoya con alimentos y herramientas.
Ha tenido calurosos debates con conductores de maquinaria pesada para impedir la remoción de escombros en la zona en la que sus “topos” trabajan.

“No nos vamos a rendir. Que ni se les ocurra, porque nosotros no lo vamos a aceptar”, responde Navarro al ser consultado sobre la posibilidad de que las autoridades puedan pedir que se retiren de allí.
El periplo en las morgues
Mientras desde la cima de esas toneladas de hormigón, donde ondea una bandera venezolana, se ven decenas de familiares escarbando entre los restos; otros luchan contra la burocracia de las morgues porque, habiendo sacado los cadáveres de sus parientes de entre los escombros y entregados allí, luego no pudieron recuperarlos.
Es el caso de la familia de Amir Infante, un adolescente de 16 años que quedó atrapado entre las puertas de una nevera, mientras un edificio de Playa Grande le caía encima. Resistió durante al menos 13 horas y cuando fue sacado de los escombros, por unos vecinos, falleció.
Su padre, Jaime, cuenta a EFE que lo llevó cargado en brazos en una moto hasta un hospital en La Guaira, donde juntaron su cuerpo con el de un grupo de fallecidos, luego de ponerle un código. Allí empezó el periplo de la desaparición. El señor Infante hizo todo el trámite para que le entregaran el acta de defunción, pero cuando fue a retirar el cuerpo para el sepelio nadie supo responder.
Como el padre de Amir estaba lesionado y aturdido, la búsqueda la asumió la tía del joven, Yanira, quien junto a la madre, recorrió hospitales y morgues de La Guaira y la vecina Caracas.
“Hasta tres veces diarias me hacían pasar por los containers, los difuntos que estaban en hileras (…) todos me decían: vamos a buscarlo, de cuándo es (…) y yo les mostraba el código que le habían puesto”, cuenta Yanira, quien agrega que nadie lograba dar con el paradero porque al parecer la nomenclatura del código no tenía origen.
Ahora planean tomarse muestras de sangre ante la convocatoria del Estado para identificar cuerpos con ADN.
Amir conversó con EFE la madrugada del 25 de junio mientras estaba entre los escombros. Estudiaba música y creía que después de esto quedaría inválido. Su padre lo recuerda como un “guerrero”.
“Ese muchacho me esperó para morir”, recuerda Jaime, quien salió de los escombros corriendo a buscar ayuda.
Su familia ora por él. Lo mismo hacen decenas de familiares de víctimas que murieron en el edificio La Estrella en Macuto. Sobre esos escombros, regados con agua bendita, hay una hilera de pétalos y flores. EFE









