Al día siguiente de la masacre del 7 de octubre en Israel publiqué en la prensa mexicana una reflexión escrita con dolor, temor y temblor. Dolor, ante los actos de indecible crueldad perpetrados por el grupo terrorista Hamás, donde fueron asesinadas más de 1,200 personas, hombres y mujeres, ancianos, niños, bebés y cuyas escenas de tortura, violación, profanación, secuestro y degüello habían propagado los propios agresores en las redes sociales.
Temor, porque el conflicto había tocado extremos de odio teológico que a mi parecer bloqueaban toda posible salida política. Y temblor, porque, dada la correlación de las fuerzas encontradas, con actores como Putin, los ayatolás de Irán y Trump, el mundo corría el riesgo de estar al borde de la Tercera Guerra Mundial, que podría ser nuclear y ser la última. Dicho todo lo cual, a sabiendas del odio antisemita esparcido, ya entonces, por un sector creciente de las redes sociales, me permití hacer un llamado a la moderación:
La respuesta de Israel no debe ser la ley del talión. Solo una estrategia de firmeza, pero también de contención responsable, secundada por la ONU y los principales países de Occidente, podría atenuar el temblor apocalíptico que nos circunda y envuelve.
Han pasado tres años. Ahora mi dolor es mucho más hondo. A aquel dolor del 7 de octubre —lacerante, porque me recordaba los pogromos que presenció mi abuelo materno en la Rusia zarista— se ha sumado el dolor que me provoca la muerte violenta de miles de palestinos no combatientes durante la posterior guerra de Gaza: hombres y mujeres, ancianos, niños, bebés.
Han pasado casi tres años. Ahora, mi temor es mucho más grave. Creo que la guerra ha ahondado aquellos odios a un extremo quizá insuperable para las próximas dos o tres generaciones. En ese clima de exacerbación, cualquier salida política se ve casi imposible.
Han pasado casi tres años. Ahora, mi temblor se ha convertido casi en desesperación. No creo que estemos (aún) en el umbral de una Tercera Guerra Mundial, pero todos los actores que señalé entonces han radicalizado su posición. Putin no parece jugar un papel central (por lo pronto lo contiene la resistencia de Ucrania), pero mueve los hilos de la desestabilización en Europa occidental. La colisión entre Irán y Estados Unidos inevitablemente se ha cumplido, sin que los líderes iraníes hayan perdido su dominio totalitario al interior y su letal influencia exterior. A juzgar por los estallidos de odio en la propia Europa, el 7 de octubre podría ser solo el principio de un incendio universal.
Han pasado tres años. Quise advertir contra la “ley del talión” porque el Antiguo Testamento lo menciona, con advertencias muy claras: “los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado”. Tal vez esa “contención responsable” habría concitado una solidaridad internacional encabezada por los países responsables de Occidente para ejercer una presión sin precedentes sobre Irán, que finalmente financiaba la operación. Tal vez esta guerra interminable podría vislumbrar el comienzo de una solución mediante una presencia internacional profesional, sustancial y permanente en la zona de conflicto.
Lo cierto es que la “contención responsable” quizá nunca fue viable. Israel no buscó esa guerra: reaccionó a ella y la realidad que encontró en Gaza, tras dieciocho años de haber entregado el territorio a los palestinos, resultó abrumadora. Los terroristas de Hamás convirtieron esa franja en un inmenso arsenal de guerra, usando como rehén a su propia población: 500 km de túneles; hospitales, escuelas y mezquitas convertidos en depósitos de armas y misiles; toda una población orientada a la prédica de la muerte y un aparato de propaganda poderosísimo. Como consecuencia de la masacre del 7 de octubre —cuyas imágenes son mucho más crueles que las que se han hecho públicas— la reacción fue implacable: 30,000 terroristas de Hamás fueron muertos, pero junto a ellos miles de civiles inocentes.
Esa es la tragedia de esta guerra interminable. Sin embargo, quizá cabe imaginar una salida particular para Israel y, ligado a ella, una salida para el pueblo judío. Una salida no es una solución. Es solamente un primer paso. Un acto de responsabilidad y congruencia.
Para Israel, la salida es política. Ojalá el votante israelí elija el próximo 27 de octubre un nuevo gobierno. Ojalá ese nuevo gobierno establezca una comisión de la verdad que investigue y documente puntual e imparcialmente la conducta del ejército en Gaza. La versión del genocidio —que como un virus de ofuscación y odio recorre el globo— debe seguir siendo desmentida con datos irrefutables. Si la comisión internacional de reconstrucción de Gaza se consolida alguna vez —con la exclusión de los terroristas de Hamás, por supuesto—, el gobierno israelí debe apoyarla. Aunque hoy parezca la mayor de las utopías, ese nuevo gobierno debería mostrar apertura a un posible diálogo que eventualmente lleve a la creación de un Estado palestino que coexista en paz con Israel.
Para el pueblo judío dentro y fuera de Israel, la salida es el realismo. Quienes nacimos inmediatamente después del Holocausto llegamos a creer en la declinación definitiva del antisemitismo. Pensábamos que la muerte de seis millones de judíos había sido un precio suficiente. Nos equivocamos. El Holocausto no fue un precio suficiente. Nunca habrá un precio suficiente. La reacción global posterior al 7 de octubre lo ha dejado claro. “Cuando no haya en la tierra un solo judío, seguirá habiendo antisemitismo”, me dijo hace muchos años en Polonia el doctor Marek Edelman, sobreviviente heroico del gueto de Varsovia. Tenía razón. En torno al antisemitismo, debemos perder toda esperanza. Es un odio milenario incrustado en un sector de la humanidad. Aun así —o por eso mismo— es preciso combatirlo en todo lugar y en todo tiempo.
Soldados israelíes miran fotos de personas muertas o en cautiverio de Hamás durante el ataque de los milicianos al festival musical Nova en el sur de Israel, exhibidas en el lugar del hecho para conmemorar la masacre del 7 de octubre, cerca del kibbutz Re’im, viernes 1 de diciembre de 2023. (AP Foto/Ariel Schalit)
Enrique Krauze










