Ciudadanos iraníes protestan en las calles en reclamo de libertadUGC
El régimen iraní no invoca a Dios porque sea fuerte, sino porque está débil, no puede convencer ni ser respetado; entonces, exige ser temido
Cuando el domingo útimo Mohamad Movahedi Aza, fiscal general de la República Islámica de Irán, declaró que quienes protestan contra el régimen son “enemigos de Dios”, algo antiguo y siniestro volvió a alzarse en el mundo. No era una idea. Era un eco: el eco de todas las tiranías que alguna vez creyeron poder hablar en nombre del cielo. Porque cuando un hombre dice “Dios está conmigo”, ya no pide obediencia: exige sometimiento. Ya no discute: excomulga. Ya no gobierna: condena. En esa frase -“enemigos de Dios”- está contenido todo el mecanismo del terror teocrático. No se mata a personas: se elimina a blasfemos. No se reprime a ciudadanos: se castiga a impíos. La violencia deja de ser un crimen y se convierte en un deber sagrado.
Pero Dios no necesita verdugos. Dios no firma decretos. No dicta estados de excepción. No envía policías a golpear muchachas que caminan con el cabello suelto ni jóvenes que gritan libertad en las plazas. Todo eso lo hacen hombres. Hombres frágiles, asustados, que han perdido el consentimiento de los vivos y buscan refugio en el miedo a lo invisible.
Las grandes religiones nacieron para consolar a los hombres frente al misterio. Las teocracias nacen para dominarlos frente al terror.
El régimen iraní no invoca a Dios porque sea fuerte. Lo invoca porque está débil. Porque cuando un poder ya no puede convencer, necesita santificarse. Cuando ya no puede ser respetado, exige ser temido. Cuando ya no puede ser amado, se proclama eterno. Y lo eterno no se discute.
Pero el pueblo iraní discute. Protesta. Resiste. Vive. Y por eso se convierte, para sus gobernantes, en una amenaza metafísica. La mujer que se quita el velo no solo desafía una norma: afirma su cuerpo. El estudiante que grita no solo critica un gobierno: afirma su voz. El manifestante que marcha no solo pide reformas: afirma su existencia. Y todo régimen que se proclama divino teme, por encima de todo, a la existencia humana.
Porque la existencia es imperfecta, cambiante, contradictoria. Y Dios, en la boca de los tiranos, debe ser inmóvil, absoluto, incuestionable. Por eso Movahedi Aza habla de “enemigos de Dios”. No para defender una fe, sino para congelar la historia. Para impedir que Irán -esa tierra milenaria de poesía, ciencia y pensamiento- siga avanzando hacia lo único que verdaderamente ennoblece a una nación: la libertad.
Ninguna cárcel es más fuerte que una conciencia despierta. Ninguna teología es más poderosa que una mujer que se niega a obedecer. Ningún ministro es más grande que una multitud que pierde el miedo. Los regímenes que se envuelven en lo sagrado siempre olvidan una cosa: Dios puede ser eterno, pero ellos no. Cayeron los reyes ungidos; cayeron los emperadores divinos; cayeron los profetas armados.
Caerán también los burócratas del cielo. Y cuando ese día llegue, cuando Irán vuelva a pertenecer a sus ciudadanos y no a sus censores, Dios no habrá perdido nada. Solo habrá recuperado lo único que nunca quiso perder: la libertad de los hombres.
Editorial de La Nación










