Hoy, sin borrar lo ocurrido en el Bronx, Bogotá tiene la oportunidad de transformar este espacio. Foto: @BronxDC_Bogota
Allí convivieron vestigios muiscas, porcelanas chinas, construcciones coloniales y memorias de un lugar que terminó convertido en símbolo del crimen.
La tierra también habla. Y cuando se la escucha con rigor, paciencia y respeto, termina contando historias que ninguna crónica judicial, ningún archivo oficial y ningún recuerdo aislado alcanzan a reconstruir por completo. Eso es lo que ocurre hoy en el antiguo Bronx de Bogotá, donde más de 110.000 hallazgos arqueológicos han permitido redescubrir siglos enteros de la historia de la capital, mientras avanza uno de los proyectos de renovación urbana más ambiciosos de los últimos años.
Lo encontrado bajo ese territorio estigmatizado no son solo piezas antiguas. Son rastros de la Bogotá colonial, republicana y moderna; señales de sus transformaciones urbanas, de sus dinámicas sociales, de sus intercambios culturales y de sus contradicciones más profundas. Allí convivieron vestigios muiscas, porcelanas chinas, construcciones coloniales y memorias de un lugar que terminó convertido en símbolo del crimen, la degradación y el abandono estatal, capítulo que se cerró hace justamente diez años.
La arqueología cumple la función esencial de ayudarnos a comprender de dónde venimos. Aporta en la tarea de tejer la memoria colectiva, brindando la posibilidad de aprender de los errores y aciertos que han moldeado una ciudad. Que este proceso se esté desarrollando en un lugar tan sensible para Bogotá marca, además, un hito institucional y cultural. Durante años, el Bronx representó una herida abierta para la capital. Hoy, sin borrar lo ocurrido ni maquillar el horror que allí existió, la ciudad tiene la oportunidad de transformar este espacio.
Por eso es indispensable que el trabajo continúe con el máximo rigor científico y técnico. Los hallazgos deben documentarse, preservarse y estudiarse sin afanes políticos ni tentaciones de convertir la memoria en simple decoración urbana. El verdadero valor de este proyecto radica en permitir que la historia emerja tal como fue: compleja, contradictoria, luminosa y también oscura.
Editorial de El Tiempo de Colombia











