Foto: AFP – CESAR PEREZ
Que Nicaragua no es una democracia lo sabe cualquier observador con algo de honestidad intelectual.
Rara vez las dictaduras modernas son tan descaradas. Siempre buscan disimular su autoritarismo, blindarse con “elecciones” que, aunque amañadas, les permiten decir que conservan la democracia y que su permanencia en el poder es consecuencia directa del deseo popular. Daniel Ortega, quizás ya cansado por la edad y sus achaques de salud, decidió quitarse hasta esa ligera máscara que seguía utilizando. En una inequívoca intervención, anunció: “que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones”. Nicaragua se termina de hundirse así en la tiranía, que convirtió la presidencia en una famiempresa y quiere aprovechar la bonanza financiera impulsada desde China para asegurar que nadie los puede cuestionar.
Justo en el aniversario 47 de la revolución sandinista, Ortega dijo que “no volverá a haber elecciones para que ellos intenten atrapar el gobierno, atrapar el poder”. Por “ellos” se refiere a los opositores. También dijo que la Asamblea Nacional, que tiene en su bolsillo, va a promover leyes para “ponerles un muro, un bloque a los golpistas, a los vendepatria”. Lo que no dice, claro, es que “ellos” son ciudadanos que fueron llevados al exilio, algunos incluso perdieron la nacionalidad, por el aparato represivo de Ortega. Otros, los pocos que se quedaron, han sido encarcelados, perseguidos y silenciados. Las últimas elecciones, en 2021, mostraron un triunfo arrollador de Ortega, pero porque meses antes se encargó de quitar del camino a cualquier oposición reconocida. Los empapeló con procesos judiciales y amenazas. Muy similar a lo que hizo, en su momento, Nicolás Maduro en Venezuela.
Que Nicaragua no es una democracia lo sabe cualquier observador con algo de honestidad intelectual. Por eso fue tan doloroso que León Fredy Muñoz, ahora congresista y por entonces embajador de Colombia en Nicaragua, celebrara tan abiertamente al régimen. Ese mismo régimen está sirviendo de refugio para Carlos Ramón González, prófugo de la justicia colombiana ante la pasividad del presidente Gustavo Petro. ¿Será que ahora sí el sector de la izquierda nacional que añora las épocas de las revoluciones reconoce que Ortega no es más que un dictador desalmado y cruel?
Hace poco, Ortega hizo aprobar una reforma constitucional que convirtió a su esposa, Rosario Murillo, en “copresidenta”. En la línea de sucesión, si ellos dos fallan, queda su hijo, Laureano, quien por ahora se está entrenando siendo el enlace designado con las autocracias de Vladímir Putin, en Rusia, y Xi Jinping, en China. El dinero del gigante asiático, no condicionado a inconveniencias como la democracia y el respeto de los derechos humanos, está permitiendo a Ortega operar como un monarca tropical.
Editorial de El Espectador













