El éxodo provocado por el desastre sísmico del pasado 24 de junio de 2026 sigue transformando la geografía humana del estado Carabobo. Al menos 25 personas procedentes de las comunidades Jabillo I y San Diego, en la parroquia Morón (municipio Juan José Mora), se han visto obligadas a desplazarse y buscar refugio en residencias de sus familiares en el sector Vivienda Rural de Bárbula, en el municipio Naguanagua.
La vivienda de María Buye se ha convertido en el principal epicentro de esta red de apoyo comunitario, al acoger bajo su techo a 17 de los evacuados. El resto del grupo se encuentra distribuido en inmuebles vecinos pertenecientes a la misma familia.
De acuerdo con el censo interno de la vivienda, el grupo de desplazados refleja la vulnerabilidad de la emergencia: incluye a una mujer embarazada, cinco niños de entre 2 y 10 años, cinco adolescentes y 10 adultos mayores con edades comprendidas entre los 60 y los 96 años.
El testimonio: «Todo se movía de adelante hacia atrás»
Yackeline Vargas, prima de Buye y una de las sobrevivientes de Morón, relató con precisión los instantes de pánico que transformaron su vida cotidiana cuando el primer sismo de magnitud 7,2 sacudió la región central del país:
“Al principio no me di cuenta. Escuché ruidos en la casa y pensé que era el bochinche de los niños jugando”, narró Vargas, quien acababa de salir del baño cuando el suelo comenzó a vibrar.
Al percatarse de la magnitud de la sacudida, salió de inmediato a la calle. Mientras tanto, su hijo de 17 años reaccionó rápidamente para poner a salvo a su hermana de 6 años, logrando evacuar la estructura a tiempo. Su hijo mayor, de 19 años, se encontraba fuera del hogar, en una cancha deportiva de la comunidad de San Diego.
La tregua inicial duró poco. Al intentar ingresar nuevamente a la vivienda para vestirse adecuadamente, Vargas fue sorprendida por el segundo y más potente terremoto de magnitud 7,5:
“Llegué apenas al porche, comenzó a temblar horrible y me tuve que agarrar con fuerza de la reja. Todo se movía de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante”, recordó entre la conmoción.
Incertidumbre en el refugio
A tres semanas de los sismos, el hacinamiento y la falta de recursos comienzan a presionar a estas familias receptoras en Naguanagua, quienes a pesar de haber salvado sus vidas de forma milagrosa, hoy enfrentan un futuro incierto lejos de sus hogares destruidos en el litoral carabobeño.
Una vez que el suelo se aquietó, logró caminar con las piernas temblorosas hacia su cuarto para vestirse, salir de nuevo a la acera y abrazar a sus hijos. “Es una experiencia que no quiero volver a vivir. Se cayó la pared de atrás de la casa, las columnas quedaron hechas pura arenilla con las cabillas totalmente expuestas, y las placas del techo quedaron agrietadas y deterioradas”.
Sin posibilidades de volver
Las viviendas del Jabillo I también están a punto de desplomarse. “Las casas están agrietadas, completamente inhabitables, con placas que en cualquier momento se pueden venir abajo”, indicó Buye.
Relató que, de alguna manera durante el terremoto, el agua de mar se filtró con violencia por debajo del suelo, de donde empezó a salir un lodo arenoso. “Mis primos pequeños me contaron que las camas se iban hundiendo. Ellos estaban encima, pero como pudiero salieron”.
Aunque María Buye tiene a sus familiares en resguardo, teme por los vecinos de las zonas afectadas que no han podido mudarse. “Las autoridades han inspeccionado e inhabilitado varias viviendas, pero hay personas allá que todavía no se salen porque no tienen a dónde irse”.
Salvados por la solidaridad
En la residencia de acogida de la Vivienda Rural en Bárbula hay cinco cuartos llenos de colchonetas donadas: dos en la planta de abajo y tres en la de arriba.
Nadie sabe hasta cuándo permanecerán en esas condiciones. Sin embargo, se mantienen agradecidos por la solidaridad de los habitantes de la zona, los grupos religiosos, las organizaciones sociales y sin fines de lucro, así como voluntarios particulares que también han aportado un grano de arena.
Algunos se ofrecen a cubrir el desayuno y el almuerzo de un día. Otros envían alimentos no perecederos y productos de higiene. “Ha venido mucha gente de Guacara, Maracay y Puerto Cabello, gente que ni siquiera conocemos”.
Aunque las autoridades locales acudieron al lugar a censar a los damnificados y gestionaron consultas médicas y psicológicas, es Deylimar Prado Gallardo, enfermera vecina, quien ha permanecido desde el primer día en casa de los Buye para asistirlos. “He decidido dar mi apoyo desde hacer comida hasta bañar a los abuelitos. Buscamos brindarles una mejor calidad de vida y apaciguar este mal momento que vivieron”.
Requieren vitaminas y medicinas
Prado Gallardo advirtió que, si bien hasta el momento están abastecidos, no se cierran a los donativos porque saben que se trata de una situación de largo plazo. “Todos sabemos que los donativos van bajando cada día, pero ellos van a seguir necesitando ayuda”.
Buye señaló que las necesidades siempre van cambiando. Esta semana, los principales requerimientos son vitaminas para niños y adultos, además de medicamentos esenciales como analgésicos, antibióticos y antiinflamatorios. Esperan seguir recibiendo el apoyo y la solidaridad de las personas.











