La Gran Tormenta Solar de 1859 sigue siendo un recordatorio impactante de la capacidad del sol para sorprendernos y recordarnos nuestra interconexión con el cosmos.
La noche pareció convertirse en día. En septiembre de 1859, auroras de tonos rojos, verdes y blancos iluminaron regiones donde casi nunca se ven: desde Estados Unidos y Europa hasta el Caribe, y también se reportaron auroras australes en Australia. En algunos lugares, la luz era suficiente para leer letra impresa; en las Montañas Rocosas, varios testigos creyeron que amanecía y comenzaron a preparar el desayuno en plena madrugada.
Detrás de ese espectáculo estaba una tormenta geomagnética extrema, hoy conocida como el evento Carrington. Ocurrió entre finales de agosto y los primeros días de septiembre de 1859, y su fase más intensa llegó entre el 1 y el 2 de septiembre. Sigue siendo una referencia histórica para entender hasta qué punto la actividad del Sol puede alterar el campo magnético terrestre y afectar las tecnologías humanas.
No fue una sola noche ni una sola tormenta
La historia suele resumirse como si todo hubiera comenzado en un único momento, pero los registros históricos y científicos muestran una secuencia más compleja. El 28 de agosto de 1859 comenzó una intensa actividad auroral y geomagnética. Cuatro días después, en la mañana del 1 de septiembre, el astrónomo inglés Richard Carrington observó un destello blanco excepcional sobre un grupo de manchas solares.
El astrónomo Richard Hodgson realizó una observación independiente del mismo fenómeno. Aquella fue la primera llamarada solar observada directamente en luz blanca, por lo que el episodio quedó asociado al nombre de Carrington. Aproximadamente 18 horas después de la llamarada, la Tierra experimentó una perturbación geomagnética extraordinaria, con auroras especialmente brillantes durante la noche del 1 al 2 de septiembre.
Una llamarada solar es una liberación repentina de energía en la atmósfera del Sol. En eventos intensos puede estar acompañada por una eyección de masa coronal: una enorme nube de plasma magnetizado expulsada al espacio. Si esa nube viaja en dirección a la Tierra y su campo magnético interactúa de forma adecuada con el de nuestro planeta, puede desencadenar una tormenta geomagnética.
Auroras visibles mucho más allá de los polos
Las auroras aparecen cuando partículas cargadas procedentes del Sol interactúan con la magnetosfera y la atmósfera terrestre. Por eso normalmente se observan cerca de las regiones polares. En 1859, la perturbación fue tan intensa que el fenómeno se extendió a latitudes inusualmente bajas.
Los testimonios de la época describen cielos teñidos de rojo intenso y cortinas luminosas que cubrían amplias zonas. Hubo observaciones en el Caribe, mientras que en el hemisferio sur se documentaron auroras australes en Australia. Un registro histórico citado por investigadores de la NASA relata que, en la madrugada del 2 de septiembre, la iluminación fue suficiente para que algunas personas confundieran la aurora con el amanecer.
La frase “se podía leer un periódico bajo la aurora” aparece en varios reportes de prensa de aquel momento. Debe entenderse como un testimonio histórico, no como una medición científica de luminosidad. Aun así, el número de observaciones y su amplia distribución geográfica confirman que se trató de una exhibición auroral fuera de lo común.
Cuando las auroras alteraron el telégrafo
En 1859 no existían satélites, GPS, internet ni redes eléctricas nacionales como las actuales. La infraestructura tecnológica más expuesta era el telégrafo, basado en extensos cables conductores que podían captar corrientes eléctricas inducidas por los cambios bruscos del campo magnético terrestre.
Las líneas telegráficas de Europa, Norteamérica y Australia registraron fallas, señales erráticas, chispas y dificultades para transmitir mensajes. Algunos operadores recibieron descargas eléctricas y varias estaciones tuvieron que suspender temporalmente sus comunicaciones. La alteración no provenía de una falla mecánica local: eran corrientes inducidas por la tormenta geomagnética circulando por los largos tendidos de cable.
El episodio más citado ocurrió entre Boston y Portland, en Estados Unidos. Los operadores desconectaron las baterías de sus equipos y, durante cerca de dos horas, lograron enviar mensajes utilizando la corriente inducida en la línea por la propia perturbación geomagnética. En los documentos de la época se la llamó “corriente auroral”; hoy se explica como una corriente geomagnéticamente inducida.
¿Fue realmente la peor tormenta solar de la historia?
Depende de cómo se formule la pregunta. El evento Carrington suele describirse como la tormenta geomagnética más intensa registrada de forma directa, pero los científicos advierten que las mediciones de 1859 eran limitadas y que la magnitud exacta sigue siendo objeto de reconstrucciones y debate.
Una revisión científica publicada en 2022 señala que el evento permanece entre los más potentes observados, aunque hay otros episodios históricos que podrían rivalizar con él en algunos indicadores. Por ejemplo, las auroras de 1770 alcanzaron latitudes muy bajas y la tormenta de mayo de 1921 pudo haber tenido una intensidad comparable según ciertas estimaciones.
El riesgo en una Tierra conectada
Una tormenta de intensidad comparable no iluminaría el cielo de la misma manera en todos los lugares, pero sí podría afectar sistemas de los que depende la vida cotidiana: satélites, navegación por GPS, comunicaciones de radio, operaciones aéreas y redes eléctricas. El riesgo no es que el Sol “apague” toda la tecnología del planeta de una vez, sino que los cambios geomagnéticos induzcan corrientes en infraestructuras extensas y vulnerables.
La paradoja es clara: en 1859, la tormenta interrumpió el sistema de comunicaciones más avanzado de su época; hoy, una perturbación extrema alcanzaría una sociedad mucho más conectada y dependiente de la electricidad. Por eso el evento Carrington sigue estudiándose no solo como una anécdota astronómica, sino como una advertencia sobre la relación entre el Sol y la tecnología terrestre.
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