Carolina Jaimes Branger: La libertad no tiene pasaporte

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Carolina Jaimes Branger: La libertad no tiene pasaporte

Defender al periodista perseguido y al preso de conciencia no es una postura política; es, sencillamente, un acto de decencia humana que nos concierne a todos, sin importar en qué idioma escribamos o bajo qué cielo respiremos.
A menudo cometemos el error de creer que la injusticia es un mal tropical, una patología exclusiva de nuestras convulsas latitudes. Nos refugiamos en la idea de que, cruzando ciertas fronteras, el respeto por la palabra empeñada y la libertad de conciencia están garantizados por el simple peso de la tradición. Sin embargo, la realidad -terca y muchas veces amarga- nos demuestra que el autoritarismo no es un sistema de gobierno, sino una tentación del espíritu humano que no conoce de mapas, de fronteras, ni de banderas.

Como alguien que ha dedicado años a la educación, me alarma ver cómo el mundo parece estar desaprendiendo sus lecciones más básicas. Los presos políticos y los periodistas encarcelados ya no son sólo una estadística de regímenes lejanos o dictaduras evidentes. Hoy, esa mancha se extiende hacia lugares que solíamos llamar “faros de libertad”.

Resulta doloroso, por decir lo menos, observar cómo en Estados Unidos -el país que elevó la Primera Enmienda a la categoría de dogma civil- la labor periodística se ve hoy cercada. Las cifras del U.S. Press Freedom Tracker son un campanazo que no podemos ignorar: en 2024 se documentó un aumento alarmante en los arrestos de periodistas, muchos de ellos detenidos mientras simplemente intentaban documentar la realidad en medio de protestas sociales. Cuando un reportero es esposado en Washington, en Nueva York o en cualquier rincón del “mundo libre”, se está enviando un mensaje devastador a los tiranos del resto del planeta: “si ellos pueden silenciar la verdad, ¿por qué nosotros no?”…

A nivel global, la situación es una herida que supura. El reporte de 2025 del Committee to Protect Journalists (CPJ) nos habla de más de 300 comunicadores tras las rejas en todo el mundo, que se sepa. No son solo números; son mentes brillantes apagadas por el miedo al qué dirán, por la intolerancia de quienes confunden la crítica con la traición. China, Myanmar o Rusia encabezan listas que nadie querría liderar, recordándonos que el barrote es el último refugio de quien ya no tiene argumentos para debatir.

En mi narrativa suelo explorar los silencios que matan. Y no hay silencio más peligroso que el de una sociedad que se acostumbra a saber que hay hombres y mujeres presos por sus ideas. Sea en una celda de El Helicoide o en una detención arbitraria en una calle estadounidense, el dolor es el mismo y la afrenta a la humanidad es idéntica.

La libertad de expresión es el aire de la democracia. Y cuando empezamos a racionar ese aire, bajo cualquier pretexto de seguridad o ideología, lo que estamos haciendo es firmar el acta de defunción de nuestra propia civilización. Defender al periodista perseguido y al preso de conciencia no es una postura política; es, sencillamente, un acto de decencia humana que nos concierne a todos, sin importar en qué idioma escribamos o bajo qué cielo respiremos.

La libertad no tiene pasaporte: el encierro es una sombra global.

 

Por Carolina Jaimes Branger
 @cjaimesb

 

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