Carolina Jaimes Branger: Hemos debido empezar ayer, pero…

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Carolina Jaimes Branger: Hemos debido empezar ayer, pero…

Hoy sabemos, dolorosamente, hasta dónde puede llegar la destrucción institucional. Por eso reconstruir Venezuela no puede significar simplemente cambiar unos funcionarios por otros. Tampoco en sustituir una hegemonía por otra.

Leí hace unos días un artículo cuyo título afirmaba que las Fuerzas Armadas venezolanas son una vergüenza nacional. No voy a detenerme a discutir esa afirmación. Me hizo pensar en algo distinto: ¿por qué limitar la vergüenza a una sola institución? Si algo ha ocurrido en Venezuela durante estos años ha sido la destrucción sistemática de toda la institucionalidad. No solamente de las Fuerzas Armadas. También de la justicia, del Poder Electoral, de la administración pública, de las empresas del Estado, de las universidades, de los organismos de control y, en general, de todo aquello que debería funcionar por encima de las personas y de los gobiernos.

El problema no es solamente que algunas instituciones hayan funcionado mal. Es que fuimos perdiendo la idea misma de institución. Una institución no es un edificio, ni un despacho, ni un funcionario con un cargo. Es una regla que permanece cuando el funcionario se va. Es la certeza de que quien ocupa temporalmente el poder, tiene límites. Es un juez que puede decir que no. Un funcionario que puede cumplir la ley, aunque contradiga a su superior. Un militar cuya lealtad está con la Constitución y no con un partido. Un organismo electoral cuya credibilidad no dependa de quiénes lo integren como rectores. Eso es lo que tenemos que reconstruir. Y no será fácil.

Hace muchos años, en 2002, escribí un artículo que titulé Comenzar ayer. Hablaba entonces de la reconstrucción económica y productiva del país y terminaba diciendo: “La reconstrucción del país hemos debido comenzarla ayer”. Han pasado veinticuatro años. Mi amigo, el periodista guatemalteco Mario Antonio Sandoval, suele decir que la decadencia personal comienza cuando uno empieza a citarse a sí mismo. De modo que corro un riesgo considerable al recordar aquel artículo. Pero esta vez no me cito para demostrar que tuve razón. Me cito para comprobar cuánto tiempo llevamos posponiendo lo que ya entonces sabíamos que había que hacer. Y hay una diferencia fundamental: en 2002 todavía podíamos pensar que estábamos a tiempo de impedir muchas cosas que después ocurrieron. Hoy sabemos, dolorosamente, hasta dónde puede llegar la destrucción institucional. Por eso reconstruir Venezuela no puede significar simplemente cambiar unos funcionarios por otros. Tampoco en sustituir una hegemonía por otra. Reconstruir significa volver a levantar instituciones que sean capaces de sobrevivir a quienes las gobiernan. Instituciones que no pertenezcan a un hombre, a un partido, a una ideología ni a una camarilla. Significa recuperar el mérito como criterio para ingresar y ascender en la administración pública. Recuperar la independencia de los poderes. Recuperar la carrera judicial. Recuperar la profesionalización de las Fuerzas Armadas. Recuperar los mecanismos de control. Recuperar universidades capaces de pensar libremente. Recuperar una educación que forme ciudadanos y no obedientes. Y significa algo todavía más difícil: recuperar la confianza. Porque las instituciones también viven en la cabeza de los ciudadanos.

Cuando durante años una persona aprende que las leyes pueden ser usadas a conveniencia, que el mérito importa menos que la lealtad, que la justicia depende de quién seas o de a quién conozcas, termina adaptándose a esa realidad. Y deshacer esa adaptación llevará tiempo. ¿Cuánto? No lo sé. Ojalá lo supiera. Mi apuesta es que probablemente mucho. Pero que una tarea sea larga no es argumento para no comenzarla. Hay una vieja frase que suele asociarse a la construcción del puente Golden Gate que une a San Francisco con Oakland, en California: “si algo va a tomar tanto tiempo, entonces debimos haber comenzado ayer”. No sé si la atribución exacta es correcta. Y, como periodista, prefiero decirlo antes que convertir una buena frase en una mala cita. Pero la idea sí es impecable. Hemos debido empezar ayer. No empezamos. Porque hay una tentación muy venezolana -y muy humana- de mirar la magnitud de la tarea y concluir que ya es demasiado tarde. No lo es. Lo único que no tiene remedio en la vida, es la muerte.

Quizá sea tarde para recuperar lo que fuimos. Pero no es tarde para construir lo que nunca tuvimos suficientemente bien construido. Ese debería ser uno de los grandes consensos de la Venezuela que venga: que ningún gobierno vuelva a ser dueño de las instituciones; que ningún funcionario vuelva a confundir el cargo con la propiedad del Estado; que ningún partido vuelva a considerar que ganar una elección significa conquistar todos los poderes. Los gobiernos pasan. Las instituciones deberían permanecer. Y si algo nos ha enseñado este largo desastre es que las instituciones no se defienden solamente cuando ya están cayendo. Se construyen, se cuidan, se vigilan y se transmiten de una generación a otra. Por eso no me interesa terminar este artículo preguntando cuánto tiempo tardará Venezuela en reconstruirse. Me interesa otra pregunta: ¿Cuándo vamos a empezar? La respuesta no puede ser mañana. Hemos debido empezar ayer. Pero como no empezamos, empecemos hoy.

 

Carolina Jaimes Brange

@cjaimesb

 

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