El verdadero progreso comenzará cuando dejamos de esperar salvadores y construyamos sociedades que no los necesiten.
Durante más de cinco siglos hemos llamado a América Latina “el continente de la esperanza”. Sin embargo, seguimos tropezando con los mismos obstáculos. Cambiamos gobiernos, constituciones y revoluciones, pero demasiadas veces las estructuras permanecen intactas. Cambian los actores, pero no el libreto. Puro gatopardismo.
El caudillismo, el personalismo, el clientelismo, la corrupción y la subordinación de las instituciones al poder no son episodios aislados de nuestra historia. Son atavismos que sobreviven a los cambios de época y de ideología.
Lo que ocurre en Paraguay vuelve a ponerlo de manifiesto. La crisis bancaria que precipitó la salida de Santiago Peña expuso las relaciones entre poder político, intereses económicos y estructuras partidistas. Una vez más, cabe preguntarse qué sucede cuando las instituciones pierden su autonomía.
Pero hay algo todavía más inquietante: el subdesarrollo no es una estación de la que unos países intentan salir mientras otros, una vez alcanzado el desarrollo, quedan a salvo. También se puede retroceder.
Estados Unidos es una clara demostración de que ninguna sociedad tiene garantizadas sus conquistas. La polarización, el debilitamiento de consensos y las tensiones sobre las normas democráticas revelan que incluso las instituciones más consolidadas pueden deteriorarse.
Y aquí aparece una paradoja: una sociedad puede alcanzar extraordinarios niveles científicos, tecnológicos y educativos y, sin embargo, tomar decisiones colectivas que comprometan sus propios logros.
La inteligencia individual no garantiza la sensatez colectiva. Como advertía Dietrich Bonhoeffer,sobre quien escribí la semana pasada, al reflexionar sobre la estupidez: el problema no es necesariamente la falta de inteligencia, sino la renuncia a pensar por cuenta propia.
El desarrollo no es irreversible. No basta con construir instituciones: hay que preservarlas. No basta con educar: hay que formar ciudadanos capaces de pensar críticamente y defender su libertad.
Quizás nuestro mayor obstáculo no sea solamente lo que nos ha ocurrido durante siglos, sino aquello que seguimos reproduciendo como si fuera inevitable.
Mientras sigamos cambiando los protagonistas sin cambiar el libreto, continuaremos llamando esperanza a la espera de un milagro.
El verdadero progreso comenzará cuando dejamos de esperar salvadores y construyamos sociedades que no los necesiten.
Carolina Jaimes Brange
@cjaimesb








