La verdadera victoria no está en resistir eternamente la tormenta. Está en construir las condiciones para que algún día podamos dejar de resistir y volver a vivir.
“¡Estoy harto de la palabra resiliencia!”.
Esa frase de mi cuñado Antonio Vasco me sorprendió, no porque no la entendiera, sino porque, en el fondo, yo también la había pensado y sentido muchas veces y él había traducido en ese instante mi pensamiento y mi sensación con palabras precisas. Ahora, después de la tragedia del doblete sísmico, está a flor de labios, más que nunca. Todos hablan de cuán resilientes somos los venezolanos, dentro y fuera del país. Y eso no es nuevo. Durante años nos lo han dicho. Que tenemos una extraordinaria capacidad para adaptarnos, para sobrevivir, para salir adelante a pesar de las dificultades. Y es cierto. Hemos demostrado una fortaleza admirable. Hemos encontrado caminos donde parecía que no los había y hemos seguido caminando cuando muchos otros se habrían detenido.
Pero hay un momento cuando una palabra que nació para describir una fortaleza comienza a sonar como una exigencia, incluso, como un sacrificio. Como si nos dijeran: “Sigan aguantando”. Como si la capacidad de soportar fuera suficiente respuesta frente a una realidad que no debería ser aceptada como normal. Mi querido, recordado y admirado Luis Alberto Machado repetía como un mantra “no debe aceptarse como normal lo que no es normal”. Y ser resilientes todo el tiempo, no lo es.
Ciertamente, la resiliencia tiene una cara luminosa: es la fuerza que nos permite levantarnos después de una caída. Pero también tiene una sombra peligrosa: puede convertirse en la justificación para permanecer de pie en medio de una situación que exige ser transformada.
Un ser humano puede resistir mucho. Un pueblo también. Pero resistir no debe confundirse con resignarse. La resiliencia auténtica no es bajar la cabeza ante la adversidad: es conservar la energía y la voluntad necesarias para cambiar aquello que debe cambiar.
Existe una frontera muy delgada entre la fortaleza y la rendición. A veces, bajo el nombre de resiliencia, podemos estar escondiendo cansancio, agotamiento e incluso la aceptación de lo inaceptable.
Los venezolanos hemos sido fuertes. Demasiado fuertes, quizás. Hemos aprendido a solucionar, a improvisar, a sobrevivir. Pero una nación no puede tener como proyecto de vida la supervivencia. Ningún pueblo merece ser admirado únicamente por cuánto dolor es capaz de soportar. Que lo digan los soviéticos, los chinos, los norcoreanos o los cubanos…
La verdadera victoria no está en resistir eternamente la tormenta. Está en construir las condiciones para que algún día podamos dejar de resistir y volver a vivir.
Porque la resiliencia debería ser un puente hacia la reconstrucción, no una habitación donde nos encerramos para siempre.
Sí, querido cuñado: ¡yo también estoy harta de ser resiliente!
Carolina Jaimes Brange
@cjaimesb










