Carlos Sarmiento Sosa: Segunda carta a los electores españoles: cuando el amor se convierte en consigna

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Carlos Sarmiento Sosa: Segunda carta a los electores españoles: cuando el amor se convierte en consigna

Estimados compatriotas españoles:

En mi primera carta les pedí que no esperaran a extrañar la libertad para comprender su precio. Hoy les escribo sobre otra señal que, vista desde mi experiencia venezolana, merece atención serena: la conversión del afecto en instrumento de movilización política.

No les hablo del amor entre parejas, padres e hijos, hermanos o amigos, que es la savia de una sociedad libre y democrática. Les hablo del amor convertido en eslogan electoral, en camiseta, en populachera consigna de mitin y en perverso criterio destinado a dividir a los ciudadanos entre quienes “aman” y quienes, por disentir, son presentados como portadores de odio.

El amor también puede ser propaganda

En Venezuela, el fracasado golpista y expresidente Hugo Chávez empleó el “amor” como un recurso central de su comunicación política. Así lo hizo, de manera especialmente reprobable, el 14 de febrero de 2000, cuando desde su programa Aló, Presidente dirigió a su entonces esposa un mensaje de connotación sexual ante el país: “¡Marisabel, prepárate, que esta noche te voy a dar lo tuyo!”. La frase, pronunciada en cadena nacional en el Día de San Valentín, fue ampliamente comentada y criticada por llevar a la esfera pública una intimidad conyugal y por reforzar una imagen de caudillo popular, cercano y deliberadamente transgresor.

Años después, en su campaña de 2006, Chávez incluyó el spot Por Amor, en el que vinculaba su biografía, las políticas sociales y la petición de voto con la idea de haber gobernado “por amor”. Investigaciones académicas han analizado ese lenguaje como una estrategia para construir legitimidad y una identidad colectiva en torno al líder.

Nicolás Maduro continuó esa tradición. En Chavismo, amor y patria definió el chavismo como “amor, amor, amor y solo amor en todas sus expresiones y magnitudes”. Y en sus actos públicos recurrió repetidamente al baile, la música y la celebración ante seguidores: en 2017 bailó mientras en las calles había múltiples protestas y sangrienta represión; durante la campaña de 2018 bailó salsa y boleros en mítines; y en 2025, pocos meses antes de ser extraído por los Estados Unidos, volvió a hacerlo ante una multitud en un acto en Caracas.

No digo que Pedro Sánchez sea Chávez ni Maduro. Sería falso, injusto y políticamente irresponsable afirmarlo. Pero sí digo que el método de convertir el afecto en arma partidista tiene precedentes que conviene conocer.

“La fuerza del amor”

En la actual campaña española, el PSOE ha adoptado el lema “La fuerza del amor”. En Fuenlabrada, Pedro Sánchez declaró públicamente su amor a su esposa, Begoña Gómez, ante la militancia y las cámaras, y cerró con un “te quiero” que se convirtió de inmediato en mensaje de campaña.

En Granada, el mitin se organizó en torno a la fórmula “frente a su odio, nuestro amor”. Sánchez, con una camiseta con corazones y el lema de campaña, bailó en el escenario mientras se reclamaba el voto progresista y se planteaba la elección como una disyuntiva entre “amor u odio”.

Poco después, en Gijón, Sánchez volvió a bailar con una simpatizante al cierre de un mitin multitudinario. Los medios señalaron que se trata de una escena repetida en esta precampaña.

El amor puede ser un valor genuino. Pero cuando un partido se presenta como “el partido del amor” y reduce la alternativa política a amor contra odio, corre el riesgo de sustituir el juicio público por la lealtad emocional.

Lo que debe inquietarnos

No cabe duda de que un candidato puede sentir afecto por su familia, como la mayoría de las personas. Lo que genera inquietud es si ese afecto se utiliza para evitar el examen de los hechos, buscando que el receptor mire hacia otra latitud.

Cuando el mensaje electoral es “nosotros somos el amor y ellos son el odio”, el ciudadano que critica al gobierno puede quedar situado, sin argumentos, fuera de la comunidad de los buenos, o sea, automáticamente malo. Esa operación no exige uniformes, ni tanques, ni un golpe de Estado. Basta con que la política se vuelva una liturgia de pertenencia: quien aplaude es solidario; quien duda es hostil.

En Venezuela aprendimos que las palabras más afectuosas—patria, pueblo, dignidad, justicia, amor— pueden convivir con la concentración del poder, la criminalización del adversario y la destrucción de los contrapesos y, por tanto, del Estado de derecho. El problema no reside en invocar valores; reside en usarlos para sustraer al poder de la crítica.

Una petición cívica

Les pido que no confundan emoción con programa, ni cariño con rendición del criterio. Un Gobierno puede hablar de amor y, al mismo tiempo, debe responder ante los ciudadanos por sus leyes, sus decretos, su respeto a la separación de poderes y su trato a quienes piensan distinto.

Exijamos a todos los partidos —también al PSOE, también al PP, también a Vox— respuestas a temas concretos que merecen atención inmediata: pensiones, vivienda, sanidad, seguridad, migración, educación y libertades. Exijamos que el amor no se mida en camisetas ni en bailes, sino en la protección efectiva de la dignidad de cada ciudadano.

El amor verdadero no necesita enemigos. Por consiguiente, la política libre tampoco debería fabricarlos.

Con afecto, respeto y esperanza,

Carlos J. Sarmiento Sosa

Venezolano, ciudadano español y observador preocupado de ambas patrias

Madrid, noviembre de 2026

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