Apenas los distribuidores notifican a los encargados de algunos establecimientos comerciales de la zona norte de Anzoátegui cuándo y cuáles de los productos regulados les despacharán, empieza la preocupación ante los trabajadores debido a lo riesgoso que se ha convertido estar sentado frente a una caja registradora, chequear y supervisar la descarga de mercancía, así como intentar evitar desorden en los locales.
Las largas colas para comprar los artículos de la canasta básica que están escasos no sólo han llevado a los ciudadanos a madrugar para zanquearlos, sino que también ha implicado cambios en la rutina de trabajo y amenazas para quienes laboran en esos locales.
Desde que empezaron los despelotes para comprar los rubros regulados en Anzoátegui, el personal de seguridad de los comercios debe trabajar más para garantizar el orden en las tiendas y resguardar a los cajeros, quienes están tan pendientes de facturar como de protegerse de algunos clientes que reaccionan violentamente cuando no pueden llevar todos los productos que quieren o les dicen que deben esperar hasta siete días para volver a comprarlos.
“Hasta la gente que viene al área de farmacia de la tienda se pone agresiva y nos insulta y ofende. Aquí evitamos discutir con los clientes, pero estamos pendientes para resguardarnos ante cualquier intento de agresión física”. Dilmar Bolívar. Cajera Todo Hogar Vistamar
Aunque no todos los empleados de los expendios han denunciado las agresiones de las que han sido víctimas por parte de los compradores en los últimos dos años, Yolmarys García, quien trabaja en un supermercado del estado Falcón, sí lo hizo. Se convirtió en la primera en llevar el caso ante los cuerpos de seguridad.
En agosto de 2013, García acudió a Polifalcón para reportar que una clienta le había desfigurado el rostro por hacer cumplir la norma del comercio: vender cuatro, y no más, paquetes de harina de maíz por persona. Su agresora, una pesista de 25 años, fue detenida.
Por doquier
Desde que la barcelonesa Dilmar Bolívar empezó a trabajar, hace casi un año, en la tienda de la red Todo Hogar, ubicada en el centro comercial Vistamar de Lechería, ha recibido desde insultos hasta amenazas de consumidores cuando les dicen que los productos se agotaron o que deben presentar su cédula de identidad para comprar.
La mañana del 26 de enero había jabón en el local. A cada cajera le dieron una cantidad para facturar, pero cuando se agotó la cuota asignada a Bolívar, una usuaria que hacía la cola “me gritó: inútil, ustedes no sirven para nada, además de otras palabrotas que no te puedo repetir. Ella pretendía que le quitara los jabones a la cajera de al lado y dejara a los que estaban en esa cola sin el producto”.
“Cuando se forma el caos en las colas, a los compañeros de seguridad los golpean, insultan y tratan mal. En noviembre, la última vez que llegó leche en polvo, a una compañera intentaron halarle el cabello varias veces por no facturarle a una mujer más de lo fijado por persona”.
Como Bolívar y otros empleados reconocen a los consumidores que intentan adquirir varias veces el mismo artículo, les da miedo salir del local por las amenazas que reciben. “Desde los revendedores hasta los que menos te imaginas nos insultan e intentan agredir. Hasta una doña muy arreglada que vino al área de la farmacia y no tenía su cédula, nos gritó groserías y frases ofensivas. Nadie nos respeta”.
“Hasta ahora, las agresiones a mis compañeros han sido sólo verbales, ojalá las físicas no se registren porque no tenemos la culpa de las colas que se hacen, y tampoco de que se agoten los productos o que se vendan con restricciones”. Willians Pabique. Empleado Todo Hogar Vistamar
Dice que el temor que sienten mientras laboran se incrementa cuando los distribuidores llaman para anunciar que enviaron mercancía, aunque también lo están experimentando en los días más calmados.“En la mañana, tres personas que atendí se alteraron. Cuando les pedí la cédula tenían registrado el número con otro nombre para intentar comprar varias veces”.
Ni con una sonrisa
Su compañero Willians Pabique, quien es cajero auxiliar y promotor en la tienda desde el 18/4/2013, recuerda que ese año las colas eran pacíficas, en 2014 empezaron a tornarse violentas y en lo que va de 2015 han generado el caos.
“Con una sonrisa, como es norma en la empresa, trato de explicarles que tienen que esperar siete días para volver a comprar determinado producto o que es obligatoria la cédula para poder facturar, pero a veces ni así evitamos los malos tratos”.
Aunque no le gustan las palabras “buhoneros y bachaqueros”, dice que las personas que se dedican a estas actividades son las que más vienen y quieren llevarse todo y de primeros. “Ellos son los que forman el caos para entrar a la fuerza, golpean los vidrios e insultan a quienes están en la cola”.
Los pañales desechables y la leche son unos de los artículos más buscados. “Sentimos miedo y preocupación cuando llaman para decir que enviaron mercancía, porque tenemos que prepararnos para la venta. Cuando hay mucho despelote sólo se venden los productos regulados que llegaron”.
Pabique comentó que a través de las redes sociales y de conocidos se ha enterado de casos de agresiones físicas y verbales contra el personal de locales de la zona y de otras entidades del país.
Activadas y unidas
Las cajeras de un supermercado ubicado en Puerto La Cruz, cuyos nombres omitieron por su seguridad, afirman que reciben amenazas de muerte, para robarlas, las insultan y a una de ellas hasta la han esperado varias veces unos “bachaqueros” para atacarla por no facturarles todos los productos que querían.
“Además de sentir temor cuado llegan los productos, aquí aguantamos de todo. A una compañera le lanzaron una bandeja. Por eso estamos unidas y listas para apoyarnos y defendernos de ellos”, señaló una de las trabajadoras.
«A los bachaqueros hay que atenderlos primero así lleguen de último a la cola, porque son los que arman el caos y amenazan a las cajeras y a los demás clientes. Aquí no los dejamos que compren más de lo permitido”. Empleada. Supermercado de Puerto La Cruz
Otra empleada asevera que por su seguridad han cerrado las cajas cuando se arma el despelote en la cola para pagar, porque aparte de facturar, tienen que defender a los demás clientes de los “violentos”.
“A mí me han dicho: tú eres chaleco antibalas; que crees que una bala no te va a hacer nada… Aquí vienen clientes que cuando hablan, crees que están saliendo de un penal por su agresivo vocabulario”, apuntó.
Una de las trabajadoras acota que ya no los llama “bachaqueros” sino “langosteros” porque arrasan con todo. “Ellos tienen que reflexionar porque también están acabando con el país”
Nathalia Guzmán Soto
EL TIEMPO









