Todavía puedo escuchar el murmullo que recorría el hemiciclo del viejo Congreso Nacional cuando comenzaba a llenarse la sala antes de una sesión importante. Era un rumor de expectativas, de papeles que se acomodaban sobre los mesas, un bisbiseo de conversaciones cruzadas entre diputados que, minutos después, estarían enfrentándose con la espada de la palabra. Desde mi curul observaba cómo las galerías comenzaban a poblarse. Periodistas, asesores, estudiantes de derecho, politología y Estudios Internacionales curiosos de la política: todos sabían que aquella tarde podía convertirse en una de esas jornadas memorables en las que el Parlamento venezolano demostraba que el debate democrático podía alcanzar alturas casi literarias.
El presidente de la Cámara golpeaba suavemente la campanilla con inadvertidos ademanes propios del ceremonial. Los diputados tomaban asiento. Y en ese instante, antes de que se declarara abierta la sesión, se respiraba una atmósfera particular: la sensación de que estábamos en el escenario de un teatro donde la palabra mandaba.
Rememorar mi pasantía por el extinto Congreso Nacional de Venezuela es evocar una verdadera edad dorada del verbo parlamentario. Primero como diputado y luego como integrante de la Cámara de Senadores, fui testigo de una época en la que el debate no era un trámite burocrático ni un simple registro en el diario de sesiones. Era un arte cultivado con disciplina intelectual y pasión republicana. Había tardes memorables —auténticas ferias parlamentarias— en las que los oradores se preparaban como toreros antes de salir al ruedo. Y más de uno regresaba a su curul con la ovación del hemiciclo, cortando metafóricamente rabo y oreja, mientras el público de las galerías respondía con aplausos que retumbaban en las paredes de aquel recinto donde tantas veces se escribió la historia política del país. Aquel Parlamento tenía algo de academia, algo de ágora griega y algo de teatro clásico. El lenguaje allí exigía inteligencia, formación y temple.
Recuerdo con especial nitidez cuando el diario de debates anunciaba la intervención de Moisés Moleiro. Aquello equivalía a encender una señal invisible. La Cámara comenzaba a llenarse y las galerías se desbordaban porque todos querían escuchar a aquel orfebre del sarcasmo político. Moleiro dominaba el arte de la ironía con una destreza casi quirúrgica. Su voz no necesitaba elevarse demasiado; le bastaba afilar la frase con ese humor punzante que convertía sus discursos en auténticas piezas de sátira parlamentaria. Era un espectáculo verlo desmontar, con una mezcla de erudición y picardía criolla, los argumentos económicos de técnicos respetables como Armando Sánchez Bueno o Haydée Castillo. Su método era singular. Tomaba prestadas las categorías del marxismo que había absorbido en su formación académica, las mezclaba con el anecdotario popular venezolano y las sazonaba con citas inesperadas. De pronto aparecía Ortega y Gasset en medio de una discusión presupuestaria; luego irrumpía Rubén Darío, o León Tolstoi, o el propio Rómulo Gallegos, convertidos en municiones retóricas para desarmar al adversario.
Su lengua era una espada fina: cortaba sin vulgaridad, ridiculizaba sin necesidad de gritar. Cuando Moleiro hablaba, el hemiciclo guardaba un silencio reverencial. Solo se escuchaba el clic de las cámaras fotográficas y alguna carcajada que escapaba inevitablemente antes de convertirse en aplauso. Adecos y copeyanos —rivales en casi todo— coincidían en reconocer la maestría de aquel irreverente maestro del sarcasmo. Donde Moleiro punzaba, el doctor David Morales Bello construía. Su presencia en la tribuna anunciaba otro tipo de espectáculo: la elegancia del discurso jurídico en su forma más depurada. Morales Bello era un orador de pulcritud casi ceremonial. Su traje, impecablemente planchado, parecía formar parte de la arquitectura misma de su discurso. No había una arruga en la tela ni una vacilación en su dicción. Cada palabra salía medida, cada frase encontraba su lugar exacto dentro de la estructura de su argumentación. Incluida aquella celebre sentencia de “muerte a los golpistas”. Su voz tenía la cadencia de los grandes locutores formados en el respeto por el idioma. Sus párrafos parecían pulidos por la Real Academia, y sus zapatos brillaban con la misma intensidad que sus razonamientos. La frialdad del catedrático le era ajena. Morales Bello sabía condimentar sus exposiciones con latiguillos políticos de su propia cosecha, frases que terminaban convirtiéndose en parte del folklore parlamentario. Bastaba escucharlas repetidas por otros diputados para que la figura del doctor Morales Bello apareciera de inmediato en la memoria colectiva.
Una tarde memorable ocurrió uno de esos intercambios que revelaban el espíritu de camaradería intelectual que imperaba en aquel Congreso. Moisés Moleiro, con esa sonrisa traviesa que anunciaba alguna ironía en ciernes, le lanzó a Morales Bello desde su curul: —David, si te hubieras venido con nosotros, te escucharíamos más que al doctor Domingo Alberto Rangel. Morales Bello, sin perder la compostura, acomodó lentamente sus papeles y respondió con la serenidad de quien sabe que el ingenio no necesita levantar la voz:—Moisés, si tú no te hubieras separado de Acción Democrática, probablemente hoy serías un expresidente de la República. El hemiciclo estalló en carcajadas. Y entonces intervino Pepe Rodríguez Iturbe, siempre dispuesto a añadir una pincelada de agudeza filosófica al momento:—Si el doctor Morales no fuera tan engolado, se le escucharía todavía mejor. Aquello bastó para que Moleiro rematara con su sarcasmo habitual:—Pepe, si tú te echaras unos palos de whisky conmigo de vez en cuando, serías mucho más popular en tu partido. Las risas se extendieron por toda la sala. Nadie se había ofendido. Nadie necesitaba hacerlo.
Pepe Rodríguez Iturbe era, en efecto, uno de los parlamentarios más cultos de aquel tiempo. Un diputado filósofo, un orador de escrupulosa comunicación. No se perdía en divagaciones ni buscaba refugio en la retórica vacía. Su discurso tenía raíces firmes en la realidad, pero se elevaba con la elegancia de quien ha dialogado largamente con los grandes pensadores de la historia. Dominaba el ritmo del discurso con una precisión casi musical. Sabía cuándo acelerar el paso y cuándo detenerse para que el silencio hiciera su trabajo. Manejaba las pausas como un semáforo intelectual: encendía la luz amarilla para que la audiencia contuviera la respiración, dejaba caer el silencio sobre el hemiciclo y luego retomaba su exposición con una cadencia perfectamente calibrada. Su cultura despertaba una envidia benigna. Más de un diputado confesaba en voz baja: “Yo quisiera hablar como Pepe”.
En aquel Congreso el respeto no era un protocolo; era una convicción. Los adecos no regateaban elogios cuando un adversario brillaba en la tribuna. Los dirigentes de izquierda reconocían la estatura intelectual de quienes defendían ideas distintas. Era una competencia intensa, pero noble. La palabra tenía peso y el Parlamento era verdaderamente el templo del pensamiento nacional. Hoy, cuando se observa el estado actual de la Asamblea Nacional —maniatada por la obediencia automática y convertida en caja de resonancia del poder ejecutivo— el contraste resulta inevitable. Aquel Congreso era un campo abierto para el debate de ideas; la Asamblea de hoy parece, muchas veces, un recinto donde la palabra ha sido sustituida por el elipsis disciplinado de la unanimidad obligatoria. El hemiciclo vibraba entonces con la inteligencia, la ironía y el coraje cívico de quienes entendían la política como un ejercicio de la razón. Lo que hoy ocupa ese espacio —cuando ocupa algo— es la subordinación. Cuando evocamos aquellas jornadas no es únicamente la nostalgia lo que mueve el recuerdo. Venezuela tuvo ese Parlamento; lo construyó con talento propio y lo habitó con orgullo. Eso no se olvida, ni se borra.
Antonio Ledezma
Antonioledezma.net










