Todavía hay quienes invocan, con fervor de consigna, el “legado” de Hugo Chávez. Lo hacen frente a un país herido, disperso y exhausto; frente a millones de venezolanos obligados a cruzar fronteras con una maleta, un documento vencido y el dolor de dejar atrás a los suyos.
Ese es el legado que merece ser nombrado con honestidad: familias desperdigadas por el mundo, hogares fracturados por la distancia, abuelos que envejecen lejos de sus hijos y nietos, niños que crecen sin el abrazo cotidiano de sus padres. Venezuela se convirtió en una nación desmembrada en sus afectos.
También heredamos una pobreza extendida que arrinconó a la gente de trabajo y evaporó buena parte de la clase media. Profesionales, comerciantes, maestros, obreros, emprendedores y jubilados han visto reducido su esfuerzo a una lucha diaria por sobrevivir. A esa tragedia social se suma una deuda externa gigantesca e injustificable, una carga que compromete a generaciones enteras y cuyo destino todavía reclama explicaciones.
El país petrolero quedó sumido en una economía ruinosa. La moneda perdió valor y confianza. Las instituciones fueron demolidas por el autoritarismo, la arbitrariedad, el populismo y una corrupción que devoró recursos destinados a la salud, la educación, la vivienda y los servicios públicos. ¡Qué legado!
Venezuela posee las mayores reservas petroleras del planeta y padece apagones. Tiene refinerías y escasea la gasolina. Cuenta con ríos, embalses y una vasta red de acueductos, mientras millones de hogares abren la llave y encuentran tuberías secas. Los hospitales se deterioraron; los centros de salud quedaron desprovistos de equipos, medicinas y personal. Esa contradicción resume una devastación que ninguna propaganda logra ocultar.
La educación, columna vertebral de cualquier nación que aspire al progreso, también fue abandonada. Nuestros niños enfrentan desnutrición y reciben una enseñanza alejada de los desafíos científicos y tecnológicos del siglo XXI. Miles de educadores han debido abandonar las aulas porque sus salarios dejaron de sostener una vida decorosa. Un país que abandona a sus maestros compromete su porvenir.
Los hermanos Rodríguez forman parte de ese elenco de activistas identificados con el maléfico socialismo del siglo XXI. Son herederos de una cultura política que cambió el deber de gobernar por el espectáculo, la soberanía por la dependencia y la administración pública por una maquinaria de poder. Basta recordar aquellas escenas internacionales. Hugo Chávez se empinó en la tribuna de las Naciones Unidas para afirmar que allí olía a azufre, en una pose de estridencia que buscaba aplausos y titulares. Muchos venezolanos conservan esa imagen como símbolo de una diplomacia convertida en histrionismo, mientras dentro del país se incubaba el desastre que padecemos.
Nicolás Maduro siguió esa ruta. Llegó también a la ONU a desafiar al imperio, a levantar el tono y a repetir el libreto de la confrontación. Hoy, los mismos herederos de aquel discurso buscan acercamientos y cortejan a quienes antes convertían en blanco de sus improperios. La inconsistencia retrata a una cúpula carente de principios y devorada por la corrupción.
La intervención de Delcy Rodríguez en las Naciones Unidas dejó otra imagen reveladora. Escuchó cómo Nicolás Maduro era señalado desde aquella tribuna como dictador y criminal, y respondió con la sumisión de quien ha perdido toda autoridad moral para defender el libreto que durante años ayudó a imponer. Sus piruetas y sus imposturas no borrarán la verdad: la catástrofe venezolana permanece como una cicatriz en el rostro de quienes fueron corresponsables de causarla.
Cuando llegó la hora de defender la revolución que tanto pregonaron, guardaron silencio. Ni siquiera fueron capaces de alzar la voz el 3 de enero. Allí quedó expuesta la fragilidad de una estructura sin cimientos éticos, sin orientación programática y sin respeto por la soberanía nacional. La corrupción ocupó el lugar de los principios; la subasta de los intereses de Venezuela sustituyó el discurso patriotero.
Pero Venezuela conserva una reserva moral que ha resistido cárceles, exilios, persecuciones y despojos. Allí está la dignidad de quienes siguen luchando, de quienes organizan a sus comunidades, de quienes educan, trabajan, denuncian y sostienen la esperanza de una República posible.
Este desastre pasará. Pasará porque ninguna tiranía logra sepultar para siempre la voluntad de un pueblo que conoce el valor de la libertad. Nos corresponde recuperar la democracia, reconstruir las instituciones, reunir a las familias y devolverle a cada venezolano la posibilidad de vivir con dignidad. Ese será el verdadero legado que habremos de dejar: una Venezuela libre, decente y reconciliada con su futuro.
Antonioledezma.net









