La vida está llena de pequeños detalles que, vistos en retrospectiva, terminan marcando el rumbo de lo que uno será. Hoy, mirando hacia atrás, reconozco que buena parte de la seguridad con la que he enfrentado auditorios, cámaras y adversidades se la debo a dos experiencias aparentemente menores: el teatro escolar y el semillero juvenil de Acción Democrática.
Todo empezó en la escuela Vicente Peña, en San Juan de los Morros. Mi maestra de segundo y cuarto grado, Zulme Azuaje —cuyo nombre guardo con gratitud evitando que el tiempo lo haya difuminado— tenía la costumbre de organizar actos culturales para todas las fechas importantes del calendario. Entre 1966 y 1968 me tocó protagonizar varias obras escenificadas en los auditorios de grupos escolares. Recuerdo la emoción y el miedo a partes iguales cuando había que salir, haciendo pareja con Rita del Corral, al escenario del salón de actos ante centenares de compañeros, padres y maestros. Aquellos aplausos —o los silencios cuando algo no salía bien— fueron mi primera academia de templanza. Actuar frente a tanta gente me ayudó a perder la timidez y a entender que el nerviosismo no es un enemigo, sino un compañero que hay que aprender a manejar.
Cuando en septiembre de 1968 ingresé al liceo Juan Germán Roscio, la vida me puso otra prueba distinta. Me incorporé de inmediato al semillero adeista, ese espacio de formación política que Acción Democrática tenía para los más jóvenes. Mi primera responsabilidad seria llegó a finales de enero de 1969, durante las elecciones del Centro de Estudiantes. Allí conocí a Rafael Ángel Marín, un líder nato que se convirtió en mi guía y en el de muchos otros. Varios muchachos cerramos filas en ese movimiento en el que se nos instruyó para deliberar en las asambleas de delegados de curso. ¿Cómo se pedía la palabra para formular una proposición con carácter previo?, así cómo se argumentaba una moción de orden. Con esos aprendizajes di mi primera batalla ganándole a Rommel Gonzalez la delegatura del curso de 1er año sección F.
Ran-Ran-así llamábamos a Rafael Marín-, tenía reglas claras y útiles. Una de las más tajantes era: “jamás memorizar discursos, eso es un pecado mortal”, decía. Su razonamiento era contundente: “Si te acostumbras a repetir discursos de memoria, el día que se te olvide una frase te vas a paralizar y harás el ridículo delante de todos”. En cambio, insistía en desarrollar la capacidad de improvisar. “Un dirigente —decía— tiene que poder tomar la palabra en cualquier momento, incluso cuando las circunstancias apremian y no haya tiempo de preparar nada”.
Para mejorar la dicción nos ponía ejercicios que hoy suenan casi cómicos: leer en voz alta las noticias del diario El Nacional, mordiendo un lápiz entre los dientes. Aquello obligaba a articular con claridad y a modular la voz. Todavía me río cuando lo recuerdo, pero funcionaba.
Y luego estaba la formación intelectual. Nos enseñaban a leer la prensa todos los días, a estar al tanto de lo que ocurría en Venezuela y en el mundo. Según nuestra edad, nos daban cursillos básicos sobre corrientes ideológicas, doctrinas políticas, autores y pensadores que todo militante debía conocer. En la adolescencia, las lecturas se alternaban entre la realidad venezolana y la filosofía universal. Los cuentos y novelas de autores venezolanos revelaban los paisajes y la idiosincrasia del país. Nos entregaban una lista inicial, las novelas de Rómulo Gallegos, especialmente Doña Barbara; de Rómulo Betancourt, Venezuela, Política y Petróleo. Leíamos los enfoques sociales basados en la historia escrita por Ramon Diaz Sánchez. No podía faltar la Venezuela Heroica de Eduardo Blanco, ni los cuentos de Antonio Arráiz que abordaban temas de la vida cotidiana, tal como lo captamos en La Cucarachita Martínez y Ratón Pérez. La historia es vital, no limitarnos a conocer simplemente los datos, las fechas de las batallas, sino, como bien lo dice nuestra aguda historiadora Inés Quintero, “ahondar en las motivaciones e inspiraciones que dieron lugar a todas esas epopeyas”.
La lectura de El Príncipe de Maquiavelo y las teorías sobre el marxismo despertaban la curiosidad. Obras de la literatura clásica como Los Miserables de Victor Hugo y la Divina Comedia De Dante Alighieri también resultaron impactantes. Cada página abría una ventana a un mundo nuevo, ampliando horizontes en donde aparecían siempre Marx, Lenin, Rousseau, Bolívar, Martí, Gramsci— y de ahí en adelante dependía de cada quien profundizar o quedarse en la superficie. La consigna era simple: un dirigente que no lee, no piensa; y quien no piensa, no dirige.
Cosas de la vida. Lo que empezó como juegos de teatro en una escuela de provincia y continuó con entrenamientos casi artesanales en un semillero político, terminó forjando herramientas que he usado durante décadas: hablar sin papel, improvisar bajo presión, articular ideas con claridad y mantener siempre la curiosidad por leer, aprender y escribir.
A veces los grandes destinos se construyen con ladrillos aparentemente insignificantes: una maestra que te empuja al escenario, un compañero mayor que te corrige la dicción con un lápiz en la boca y la disciplina de no dejar nunca de leer. Todo lo demás —cargos, exilios, prisiones, luchas— vino después. Pero la base, esa la pusieron aquellos años mozos en San Juan de los Morros.
Y aquí sigo, hablando sin leer un papel, improvisando cuando hace falta y tratando de no hacer el ridículo… aunque a veces la vida se empeñe en ponernos a prueba justamente ahí.
AntonioLedezma.net










