Antonio José Monagas: Cuando la palabra se viste de ternura

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Antonio José Monagas: Cuando la palabra se viste de ternura

(A la Poética de María Eugenia Monagas de París)

No sé cómo surgió en María Eugenia Monagas de París, el hermoso talante que hizo de su pluma, un sinigual aposento de palabras que modelan sublimes fulgores pero que, en la penumbra que incita cualquier situación de cruda forma, iluminan el camino de la vida.

Ella, siempre plácida y cuidadosa de su lenguaje y actitud, sabe incitar el cariño con el cual envuelve cada palabra que manifiesta con su pluma de magnánima poetisa. Tanto así, que su corazón se abre como el cáliz de flor de prado andino. Aunque luego, de cara al teclado que soporta la presión de sus dedos listos para teclear su imaginario, su mirada se torna inquieta.

Ideario colmado de noble sublimidad

Mientras tanto, sus pensamientos se pasean por parajes y recuerdos que fueron vivencias. Más, cuando su ideario comienza a verse reflejado en sentimientos que remontan cualquier altura. Hasta que sus ideas comienzan a retratar la naturaleza amable donde alguna vez consiguió el confort anhelado.

Sobre todo, cuando por razones del cansancio propio de quien asciende sin mesura alguna los escarpados riscos de la Sierra Nevada que reposan a sus pies, su consciencia se ve sacudida por el cansancio propio del ascenso en condiciones exigentes. Más, cuando su respiración invoca la melancolía que sabe despertar la ausencia de algún ser querido cuya despedida ha sacudido la viveza que, en ella, inspira el sol al calentar los sembradíos que -en su alma de mujer sensible- cultivaron el amor profundo.

Es la María Eugenia que se hizo conocer al calor de mensajes irradiados a través del horizonte virtual por el cual desplaza su mirada y el barrido de los enfoques que le dispensa a cada coyuntura que la vida brinda sin permiso de nadie.

El ámbito de la espiritualidad

Precisamente, ese es su ámbito preferido desde el cual sorprende a quienes leen sus palabras, siempre vestidas de dulzura y amor. Es ahí donde se reúne espiritualmente con otros seres que, aun cuando al amparo de la distancia, disfruta pues bien supone que sus palabras son leídas por coterráneos formados bajo el mismo cielo azul y emparentadas neblinas. Además, entre corazones arrullados por las mismas noches y similares ventiscas.

Sus poemas, cartas y mensajes tejen redes de ensueños, canales de conversatorios y motivaciones de almas. Asimismo, vale asegurar que la poética que retrata su alma de admirada y excelsa poetisa, ha hilado madejas de gratitudes, compromisos, confesiones y remembranzas con el más fino hilo de las ilusiones personales.

Así que, entretejida por la magia de la aguzada luz de pantallas de información y comunicación continua, su palabra se viste de color, esperanza, y ternura que, cual lánguido rayo de luna, acaricia de dulce manera semblantes, corazones, sentimientos y pensamientos.

La distancia aviva corazones

Cuán lejos del lugar donde María Eugenia estampa las letras que luego convierte en palabras, se arremolinan los tormentos que cunden cuanta vida habita la faz de esta tierra que anida el quehacer de todo ser humano. Ahí, es posible que haya quienes, como copas de yagrumo, se desbordan en lágrimas. Mientras que la brisa húmeda del ambiente comienza a secarse sobre la frente de cuanto lector percibe el sentido de dulzura y comprensión que encierra las palabras que, con cierto aroma de frailejón merideño, surgen de los persistentes dedos de las manos de la poetisa mientras se entrega a la escritura sobre el teclado del computador.

Es justo ahí cuando sus pensamientos inician el debut que tiene lugar en su ilustrado ideario mental van emergiendo. Son episodios de palabras que manan del recorrido de sus dedos, mientras van posándose sobre cada tecla. Así, las emociones concordantes con ideas, reflexiones y consideraciones, pueblan con sus formas dialécticas el lenguaje cuya solemnidad acusa verdades que descubren lo que cada frase suele encontrar escondida en lo recóndito de cada quien.

Un epílogo en proyecto

Cada trazo que construye, va quedando plasmado sobre el papel virtual que luce en la pulida pantalla expuesta en la placa de su computadora.  Así, la letra va extendiéndose hasta que copan la integridad del visor. Es entonces, cuando el escrito en prosa o en pura poesía, allana el desierto emocional que anteriormente yacía en la interioridad anímica del  lector vehemente.

Al paso de algunos momentos, la poética apasionada de María Eugenia Monagas de París, sana y recupera sentimientos rasgados e ilusiones prohibidas. Queda atrás cualquier desolación que pudiera afectar libertades o el derecho a vivir en un todo de acuerdo con las figuraciones y ensueños de cada quien. Es así como en las lecturas de cada hilvanado de palabras, van tejiéndose verdades. Siempre desde luego, sobre telas de esperanzas bañadas por dibujadas realidades. Es el tiempo que comienza a despejar incógnitas. Exactamente, pues ahí es cuando la palabra se viste de ternura.

 

Antonio José Monagas

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