Antonio de la Cruz:Con presos políticos no hay transición

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Antonio de la Cruz:Con presos políticos no hay transición

Cuando la injusticia se vuelve rutina, la dictadura ya no necesita explicarse.

No es fácil señalar el instante exacto. Nunca lo es. Las tragedias políticas no estallan como un relámpago; se infiltran. Se vuelven costumbre. Se normalizan. Uno despierta un día y descubre —con una mezcla de resignación y cansancio— que preguntar ya no sirve, que protestar es inútil, que esperar es más seguro. Y entonces la libertad ya está jodida.

En Venezuela, esa pregunta —¿en qué momento se jodió todo?— vuelve hoy con una obstinación incómoda. No porque el país esté peor que antes, sino porque algo ha empezado a moverse. Y cuando eso ocurre, el pasado deja de ser una explicación y se convierte en una acusación.

Esta semana, en Washington, María Corina Machado dijo en la Organización de los Estados Americanos algo que, dicho así, parece obvio pero no lo es: no es verdad que los presos políticos hayan sido liberados. Y, peor aún, muchos de los excarcelados no son libres. Siguen vigilados, amenazados, condicionados. Salen de la cárcel, pero no del castigo.

La frase cae como una piedra en el estanque de la retórica diplomática. Porque desmonta la ficción más útil del poder: la de la transición sin ruptura, la del cambio administrado, la del autoritarismo que se disfraza de normalidad. Esa ilusión según la cual basta con aflojar un poco la cuerda para que todo parezca distinto, aunque nada haya cambiado.

En este narcorrégimen, que ha aprendido a sobrevivir sin legitimidad, la represión no desaparece: se sofistica. Ya no se trata solo de encarcelar, sino de mantener a la sociedad en un estado de suspensión permanente. La libertad se convierte en un favor. La excarcelación, en una concesión. La vida, en una negociación interminable.

Ahí es donde Venezuela empieza a parecerse, peligrosamente, a la Argentina de los años setenta. No por la magnitud del horror —las comparaciones cuantitativas suelen ser obscenas— sino por la lógica moral. Entonces, las Madres de Plaza de Mayo rompieron el silencio con un gesto mínimo y devastador: una ronda. Caminar en círculo, semana tras semana, preguntando dónde estaban sus hijos. No pedían poder. No pedían programas. Pedían verdad. Y esa pregunta, repetida con obstinación, fue más corrosiva que cualquier proclama.

En Venezuela, no caminan en círculo. Se plantan frente a las cárceles durante horas, días, meses enteros sin información. Se niegan a que sus familiares sean olvidados. Nombres que aparecen una y otra vez en comunicados, en marchas, en foros internacionales. Aclaran a quien quiera escucharlos que “excarcelado” en Venezuela no es sinónimo de “libre”. Es la insistencia en una demanda tan elemental que resulta insoportable para el poder: libertad real.

Durante años, el chavismomadurismo gobernó no solo con coerción, sino con algo más eficaz: la desesperanza. La convicción íntima de que nada cambia, de que todo esfuerzo es inútil, de que el poder es un muro contra el que uno solo puede estrellarse. Esa es la victoria más profunda de cualquier tiranía: cuando logra que la sociedad se rinda antes de luchar.

Pero la desesperanza no es eterna. A veces se resquebraja con gestos pequeños. Una protesta que antes parecía impensable. Una pregunta que ya no se susurra. Una denuncia que se repite sin adornos. Cuando eso ocurre, el miedo empieza a perder eficacia. Y el poder, que ya no convence ni persuade, queda reducido a su forma más desnuda: la fuerza.

Eso es lo que hoy se juega en Venezuela. No una transición ordenada ni una salida elegante, sino algo más básico y más incómodo: la posibilidad de que el país deje de aceptar la mentira como norma. De que la sociedad vuelva a ocupar el espacio público no con grandes discursos, sino con una exigencia moral irreductible.

Las dictaduras no caen el día que pierden el control del Estado. Caen antes, cuando pierden el control del sentido común. Cuando ya no pueden explicar por qué alguien sigue preso. Cuando la gente empieza a preguntarse, en voz alta, en qué momento se jodió todo. Y, sobre todo, quién lo jodió.

Venezuela aún no ha salido de su noche. Pero ya comienzan a encenderse las luces y a sentirse el olor a café. Y eso, en política, suele ser el principio del fin.

 

Antonio de la Cruz

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