Antonio De la Cruz: Brasil ya decidió: crónica del fin de la era del PT

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Antonio De la Cruz: Brasil ya decidió: crónica del fin de la era del PT

El domingo en la noche, con los números ya fijos en la pantalla, costaba creer lo que se veía. Flavio Bolsonaro no ganó: 47,3%, le faltaron tres puntos para evitar el balotaje. Pero Lula perdió. Y en Brasil, en este siglo, el que sale primero en la primera vuelta gana la segunda. Siempre. Sin una sola excepción. La última vez que no hubo balotaje gobernaba Fernando Henrique Cardoso, y eso fue en el siglo pasado.

Las reglas que nunca se rompen merecen más respeto que las encuestas que siempre se equivocan. Porque lo más notable del domingo no fue el resultado: fue el naufragio de los oráculos. Las encuestadoras fallaron otra vez, y en la dirección de costumbre —subestimando a la derecha—. Los que acertaron fueron los que ponen la piel en el juego: Polymarket daba por descontada la victoria de Flavio. Cuando el que opina arriesga plata y el que mide arriesga prestigio, conviene escuchar al primero.

Lula lo entendió al instante. Su “inesperado” sonó a lo que era: una autopsia anticipada. Pierde por tres millones de votos en todo el país, pero pierde San Pablo —el 22% del electorado— por tres millones y medio. Sin San Pablo, ganaría. Su problema es que ya no tiene a quién convencer. Los tres candidatos menores, los del 2%, son todos de derecha; sus votos se van solos hacia Flavio. A Lula le queda una sola carta, y es fea: que San Pablo no salga a votar.

Pero el gobernador reelecto, Tarcísio de Freitas, ya dijo que no. Prometió movilización total y lealtad a los Bolsonaro. Es la lógica más antigua de la política brasileña, la del tributo: el gobernador quiere poder decir “yo te hice presidente”. Los gobernadores no miran el balotaje desde la tribuna; son accionistas con factura en mano.

Lo más interesante no está en la aritmética sino en el personaje: Flavio Bolsonaro no es Jair Bolsonaro, y esa es toda la elección. El padre hacía campaña con el “bandido bom é bandido morto”; el hijo se corrió al centro, reivindica la democracia, no reivindica el golpe del 64 y habla de lo único que hoy decide elecciones en todo el planeta: cuánto le alcanza la plata a la gente. Affordability, le dicen los consultores. Costo de vida, le dice la calle.

La prensa insiste en la etiqueta de “ultraderecha”, y es pereza, pura pereza intelectual. Miren con calma: la líder de la extrema derecha alemana es lesbiana y vive con una inmigrante. Las derechas de hoy no son escuadrones; son otra cosa. Flavio es la versión moderada, calma y conciliadora del apellido. Y esa moderación no es maquillaje: es la estrategia que le permite quedarse con el voto del cansancio sin cargar con el prontuario del padre.

Porque el cansancio es el verdadero protagonista de esta historia. “El obrero industrial no quiere más Lula”. Taxistas que dicen “estamos estancados”. Empresarios asfixiados por intereses impagables. Clases medias endeudadas hasta el cuello. Brasil carga un 9% de déficit fiscal y una deuda externa enorme; Lula —atado a un presupuesto de piedra— no puede recortar aunque quisiera. Los gobiernos pasan y no giran: suben un poquito esto, bajan un poquito aquello. Y la gente, como siempre y en todas partes, vota con el bolsillo.

Hay una dimensión institucional que no conviene perder de vista. Será un “gobierno multiBolsonaro”: la esposa electa senadora, un hijo electo, Sergio Moro —el juez que metió preso a Lula— gobernador de Paraná por paliza. Y Jair, el padre, con la palabra prohibida: no puede hablar, y ese silencio es lo mejor que le puede pasar a la campaña del hijo. Flavio promete nombrar al menos cuatro ministros del Supremo Tribunal Federal, y en el Senado ya habría votos para juicios políticos contra la cúpula de la Corte. La pelea de fondo del próximo gobierno no será entre izquierda y derecha. Será entre el Planalto y el Supremo: entre el poder que se vota y el poder tutelar que en Brasil decide candidaturas y calla expresidentes.

Para la región, el resultado es una paradoja. Hoy celebra la ola: de Panamá hacia abajo, la alternancia se volvió costumbre y las derechas radicales vienen ganando una tras otra. Pero a mediano plazo el mapa cambia de dueño: Brasil quintuplica en población y en mercado a cualquiera de sus vecinos, y el mundo va a mirar a Brasilia. El liderazgo de la nueva derecha sudamericana no va a estar en una capital mediana: va a estar en el Planalto. Y ojo con el calendario: Trump —a quien Flavio le promete alineamiento incondicional— se va en dos años. Lula, en cambio, va a sobrevivir a Trump. Esa es la decisión de fondo, la que se toma pensando en 2028, no en el balotaje.

Sobre el alineamiento, desconfíen de los anuncios. Flavio dijo que revisaría la presencia de Brasil en los BRICS. No va a pasar nada, por dos razones de manual. Una: más del 30% de lo que Brasil exporta va a China; nadie se pelea con su mejor cliente. Dos: a Washington tampoco le sirve que Brasil se vaya de los BRICS. Acuérdense de Orbán en la Unión Europea: no solo bloqueaba, contaba lo que pasaba adentro. Nadie echa a su espía del club ajeno. El alineamiento de verdad no se juega en los foros: se juega en las líneas rojas que Washington dibuja en silencio —tierras raras, minerales críticos, infraestructura sensible— y en la caja registradora con Beijing, que se queja en público y factura en privado.

A Lula le quedan tres semanas y una pregunta imposible: ¿radicalizarse o ir al centro? Si radicaliza denunciando la injerencia de Estados Unidos, se queda con su cuarenta y pico y pierde igual. Su única salida es el centro: abrazar gobernadores, buscar liderazgos que no huelan a izquierda, movilizar a los mayores —el voto es obligatorio hasta los 69— y rezar para que San Pablo se quede en casa. El voto progresista ya lo tiene; el problema es que no alcanza. Y hay un detalle que nadie dice en voz alta pero todos ven: 80 años contra 45. Brasil envejece —población estancada, transición demográfica en marcha— y sin embargo el país parece haber elegido al candidato que mira hacia adelante.

Se abre, de paso, una ventana que la región no veía hace años: con tres de los cuatro fundadores del Mercosur en manos de la derecha, la flexibilización del bloque deja de ser un discurso y pasa a ser una posibilidad. Bajar de unión aduanera a zona de libre comercio, retocar tratados. El obstáculo es conocido: el acuerdo con la Unión Europea exige seguir siendo una aduana. Habrá que ver si la ideología puede más que la letra chica.

Y queda la lección, la de siempre, la que América Latina se niega a aprender. Las encuestas van a seguir fallando. Los mercados van a seguir acertando. La política se va a seguir decidiendo donde se decidió siempre: en el bolsillo del votante y en la piel que cada uno pone en el juego. Brasil ya decidió. El 25 de octubre será apenas la formalidad.

 

Antonio de la Cruz

Director ejecutivo de Inter American Trends

 

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