Alexander Cambero: Ten mucho cuidado, María Corina

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Alexander Cambero: Ten mucho cuidado, María Corina

Su indiscutible liderazgo es reconocido por todos. No existe nadie con una posición imparcial que pueda desconocer su honda penetración en el sentimiento venezolano. Su inalterable línea de conducta hace que sus méritos resalten con un esplendoroso brillo democrático. Esa privilegiada posición no es fruto del azar, como el de un caprichoso aventurero de causas fútiles; es la respuesta a un compromiso con una sociedad que se siente expresada en ella de manera definitiva. Sin embargo, precisamente esa posición de privilegio puede acarrear costosos errores que desvíen el objetivo final: la conquista de la libertad.

El rey Salomón fue el tercer y último monarca del reino unificado de Israel. Es reconocido por las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam) como símbolo de sabiduría, y se le atribuye la mayor parte del libro de Proverbios. En el capítulo 29, versículo 5, se lee: «El hombre que lisonjea a su prójimo, red tiende delante de sus pasos». Sostengo que hay varios elaborando esa red. Trabajan en la oscuridad, son hábiles preparando la celada y, como su naturaleza es inescrupulosa, solo les importan sus propios intereses.

He visto con mucha preocupación que se quiera convertir a María Corina Machado en una especie de deidad que tiene entre sus manos la llave de la perfección. La historia venezolana está llena de ejemplos en los que grandes oportunidades se perdieron debido al endiosamiento del personaje en cuestión. Los creyeron hijos del trueno mientras la lengua cercana, servil y adulante hacía el paulatino trabajo de obnubilar el escenario para trastocarlo a su conveniencia. Son los que aplauden absolutamente todo, los que se arrastran como sutiles áspides para inocular su veneno.

Esos vividores de la política que han medrado del erario público andan acechando a quien representa la esperanza nacional. Son quienes tienen por costumbre cambiar de ropaje en las aguas cenagosas para irrumpir como inmaculados operadores. Como saben camuflajearse, logran tomar posiciones estratégicas para desde ahí avanzar con sus proyectos individuales. Su intención es que María Corina Machado los lleve sobre sus hombros y los coloque en puestos de privilegio. Varios de ellos son hechura de la revolución que tanto dolor ha producido; traen consigo las prácticas que hoy exhiben al buscar cobijo en el partido de la líder. Como la mayoría de los cuadros son inexpertos, resultan presa fácil para quienes tienen las alforjas llenas de gran maldad. En cuanto a los cargos de elección popular, deben ser escogidos en primarias y jamás por una imposición que deslegitime el derecho del ciudadano a elegir democráticamente a quien desea que lo represente.

El culto a la personalidad es profundamente nocivo en cualquier sociedad, y mucho más en aquella que anhela recuperar la democracia. Venimos del horror de estos años de dictadura; caer en lo mismo nos dejaría atragantados de abismo. Cambiar un sectarismo de un color por otro es errar en el objetivo. Esta nación debemos construirla entre todas las personas de bien.

Estas reflexiones las hacemos con el ánimo de contribuir a la salida democrática. Conocemos a María Corina Machado desde hace más de veinte años, así que no me mueve el oportunismo. Solo que a los amigos se les advierten las cosas, y más cuando uno tiene el privilegio de observar sin el compromiso militante de callar para mantener posiciones. Esa forma es la sutil aparición de una minúscula partícula del cáncer de la deslealtad. Mucho mejor es debatir con la libertad de no claudicar para arrimarse a una postura automática. Ella es muy inteligente y estoy seguro de que todas estas inquietudes las tiene presentes, pero jamás está de más decirlas.

Respaldo absolutamente a María Corina Machado. Reconozco su gran valor y liderazgo. Es una mujer con una hoja de servicios impecable cuya honorabilidad trae frescura a la vida política nacional. Ella sabe de sobra que nuestra lealtad no está en duda. Lo que no somos es incondicionales; eso solo lo ostenta Dios en mi vida. Generalmente el incondicional es adulante, y el adulante termina siendo traidor. En ninguna de esas deformidades de la miseria humana me encuentro. Con el esfuerzo de todos la haremos presidenta.

Se tenía que decir y se dijo. Que otros callen por temor o conveniencia es un problema de las almas pequeñas.

Alexander Cambero

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