En los ojos llorosos acampaba el dolor. Un pueblo compungido exteriorizó la inmensa pena de verlo partir. El llanto como un triste crepúsculo anidado en muchos corazones. Pocas veces una expresión de desconsuelo tan honda como la vivida hace pocos días.
El ataúd fue descansado en los hombros de todos. No importaba inclinación política, ni tampoco condición social o adhesión religiosa. Allí estaba cada uno cargándolo, como haciendo un acto de reciprocidad por tantas jornadas vividas junto a Lique. El cariño labrado por años de gran lealtad daba frutos en condiciones que nadie deseaba. Fue como tejer su nombre para colocarlo como rótulo dorado en los bordes del arca que guarda la membresía espiritual de la perla del norte.
Luis Enrique «»Lique»» Colina se convirtió desde siempre en un ciudadano ejemplar. Su corazón, que fue el depositario de sus más genuinos sentimientos, un buen día dejó de latir. Hizo de la amistad un verdadero culto. Coleccionaba amigos con una facilidad pasmosa, personas que no gozaban de una relación directa; colateralmente, coincidían simplemente por él.
Tenía amistades de todos los sentimientos, rumbos y contrariedades. Su inmueble siempre fue un centro para la concordia. Personas de diversos sectores acudían al encuentro con aquel ser lleno de inteligencia y bondad. No solamente era por asuntos referidos a algún trámite. Muchas veces buscaban una amena conversación en donde la vida cotidiana fluyera.
Una persona llena de virtudes que se hizo necesaria. Su desprendimiento fue notoriedad en tiempos de mezquindad. Un amigo fiel que practicaba la probidad sin ambages, siempre estaba ahí para cooperar con quien lo requería. Creció sin enemigos, tampoco dio alimento a la inquina, un ser sin cicatrices en el alma que podía exhibirla sin arrepentirse. Un hijo de Dios sin disfrazarse del más casto religioso. Sus virtudes eclipsaban a sus errores, producto de su condición humana.
Una muerte que vistió de luto a Duaca. Fue tan dolorosa como sorpresiva su desaparición física. No lo queríamos creer. Muchos deseábamos que el rumor fuera un equívoco. Desgraciadamente nos llegó la confirmación. La noticia fue recorriendo estados de WhatsApp hasta que la misma se convirtió en lamentación.
Casi de manera automática, cada persona que lo conoció fue recordando las cosas que compartieron. Había que observar los ojos de la gente para verlo plasmado en sus tristezas. Las lágrimas eran el fiel reflejo de una expresión genuina de profundo abatimiento. Aquello fue el corolario de una trayectoria basada en el bien común. Un hombre ganado para la vida. Forjador de proyectos en beneficio de la gente. Siempre auspició a las nuevas generaciones a cumplir sus sueños. Un colaborador de esos que hay que extraer del mundo de las rarezas.
Lique fue un amante de la música. La gaita lo cautivó hasta llevárselo como miembro de su corte. Esa pasión por este ritmo zuliano afinó su garganta hasta disponerla como huésped de melodías de ensueño. Le fascinaba el ambiente festivo que rodea al contexto del cuatro, furro y tambora.
Contaba animosamente cuando estuvo en el clásico amanecer gaitero en Maracaibo en el preludio del día de la Chinita. Ellos fueron con un grupo duaqueño que estuvo en la tarima junto a los grandes referentes. Las anécdotas que afloraban en su voz daban notoriedad al recuerdo.
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La gaita, rompiendo con los moldes de la época, salió de sus vacaciones para enaltecer a uno de sus hijos. Sus compañeros lo honraron con un concierto maravilloso junto a su ataúd. Una verdadera multitud apretujada, como conmovida, escuchó los temas, incluyendo una melodía que le compusieron a Lique. La letra hermosa se escuchó en potente voz. Los instrumentos afinados para como en una sala traslucir el arte más sublime. El profesor Jesús Méndez servía de moderador. Los sentimientos afloraron cuando regresaron las lágrimas.
Se desbordó el amor popular por alguien excepcional. Un ser muy querido por su inmensa calidad humana. Llegó a los cuatro años a Duaca proveniente de Margarita. Paulatinamente fue cambiando el mar de las Antillas por nuestro valle.
Un hombre de una honestidad tan grande que su muerte fue funeral en muchos corazones ajenos a sus familias. Había que observar cómo un río humano acompañaba al féretro en su último trajinar por el pueblo. La iglesia se llenó de acompañantes. En las afueras aguardaba una multitud que conversaba triste sobre Lique.
Cuando bajó los escalones del templo, la gente se arremolinaba en las adyacencias del sarcófago que resguardaba al amigo. El silencio solo lo interrumpieron las campanadas finales. El camino al cementerio se llenó de semblantes que no podían ocultar su pesar.
Lo extrañaremos. Nuestras habituales conversaciones sufren un revés. Quedarán flotando las cosas que no se vivieron. Nuestro amigo duerme en brazos de la tierra. Esperará el retorno de nuestro Señor Jesucristo para ser parte de la primera resurrección. Esa es la promesa por la cual se inmoló, entre otras cosas, el Salvador. Sus recuerdos seguirán manteniendo el legado.
Alexander Cambero es periodista, locutor, presentador, poeta y escritor.
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Alexander Cambero
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