Notas sobre génesis y política
julio 7, 2017 5:50 am

 

“Lasciate ogni speranza”, Dante.

 

 

Ya sabemos que las guerras comienzan mucho antes que las hostilidades. Asumir al otro como un enemigo supone un salto cualitativo extremo. Es un proceso que puede o no tomar tiempo, pero por el que hay que transitar. La vida nos enseña a convivir y la guerra es el quebrantamiento de esa dinámica. Me refiero a coexistir con aquel, siendo aquel lo que es.

 

 

Diferir, discutir, disentir puede hacerse en el espacio de la cohabitación societaria. Es más, releva de la rutina, de la normalidad, encontrarse en el mismo sitio, pero yendo o viniendo por caminos distintos. Si el poder es un ejercicio humano, comprendido fenomenológicamente en las relaciones de género y siguiendo a Hannah Arendt, la guerra es la negación del poder y la pretensión de la sustitución por la dominación. No tiene poder sobre mí el que me somete, tiene poder, ascendiente, aquiescencia el que me convence.

 

 

Venezuela vive lo que ya no es un peligro, sino una tragedia. Hemos perdido la comunicación entre los miembros de la nación y ello la compromete ontológicamente. Dijo Maduro que la asamblea constituyente territorial, sectorial, comunal buscaba transformar la nación y leyendo el decreto recordaba a Renan y a Ortega y Gasset: el primero nos decía que la nación era un “querer vivir juntos” y el segundo, “la consciencia de un destino común”. Sociológicamente una nación reúne a un conjunto humano que comparte elementos definitorios de raza, credo, historia, lengua, valores, y jurídicamente es una vinculación política y jurídica con un Estado. El inglés ha facilitado que se use un término por otro como por antonomasia. Pero a veces es útil ser preciso.

 

 

El proyecto chavista, madurista, castrocomunista es totalizante. Se trata de amalgamarnos a todos en torno a un modelo existencial que comienza despersonalizándonos, para devenir en un miembro de un todo que trasciende lo que la libertad, el discernimiento y la responsabilidad postula en la dignidad de la persona humana. Por eso, en Corea del Norte se dispone de la vida de un ministro porque opinó de un hermano que viajó, de un científico que busca la verdad y en Cuba, los administradores de la revolución lo tomaron todo para ellos, incluso el destino de cada ser humano.

 

 

La soberanía es la decisión de la nación que somos todos, sin divisiones, segmentaciones, marginaciones. Sin mesianismos exógenos especialmente. Es la determinación misma y esa energía modeladora no puede nadie conculcarla sin agredir a la nación, al cuerpo político, al estado civil, sin desfigurarnos. Soberanía es nación y nación es soberanía. Intentar dividir una es dividir la otra. De allí que los regímenes ideologizados y totalitarios despojen de su soberanía a los pueblos, no los gobiernan, no tienen poder sobre ellos, los dominan, esclavizan, someten, subyugan.

 

 

Pero, ¿aún somos seres humanos? Deseo asumir una respuesta positiva a pesar de lo que hayamos mostrado anteriormente. El inicio fue la palabra, el verbo, la razón, el corazón, el espíritu. Sin ingenuidades, pero con racionalidad y responsabilidad, debemos darnos una oportunidad para hablar, negociar, dialogar. Todavía podemos servir al país y no servirnos, si en verdad queremos a Venezuela y amamos su nación.

 

 

Cuando la sola emoción impera, la rabia, la furia, la ira, el rencor, el odio, no es posible comunicarnos, pero detener la masacre de nuestros muchachos, ¿no vale la pena? ¿Debemos esperar el desastre, el holocausto, el genocidio sin reaccionar y sentarnos, una vez más al menos, a conversar, pero con honestidad y patriotismo?

 

 

Hay demasiado en juego y, en mi criterio, es obligatorio para los dirigentes de ambos bandos planteárselo seriamente porque estamos, y creámoslo, a las puertas del infierno de una guerra civil. No somos fieras, tratemos por ética básica de asumirnos humanos.

 

 

Nelson Chitty La Roche

nchittylaroche@hotmail.com



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