¿Es la ANC soberana?
agosto 4, 2017 9:58 am

 

“Una nación no puede ni alienar ni prohibirse el derecho de querer;y cualquiera que sea su voluntad, no puede perder el derecho de cambiarla,  en el momento en que su interés lo exija”

Sieyès

 

 

Bañada con la sangre inocente de 17 compatriotas, dinamitando la constitucionalidad, sacrificando cual peón en el ajedrez político al alfil electoral, perdiendo la máscara democrática que le permitía aun ante algunos pocos países exhibirse como legítima, la alianza militar y civil que nos gobierna montó su fraude para intentar, piensan, simular una secuencia institucional para quien no es sino un régimen de facto, una dictadura conducida por una claque de facinerosos y zafios.

 

 

La temeraria aventura del imitador Maduro navega ahora en las aguas inciertas de las presiones más inverosímiles, entre filibusteros que fijan su atención en la ocasión para trepar más y la caterva de bandidos que se aferran a las formas para esconder la enormidad del fracaso que arruinó al país más prometedor macroeconómicamente de América Latina hace apenas 3 lustros. Huyéndole a la verdad que lo responsabiliza del desastre, se fugó hacia adelante el mameluco del castrocomunismo cubano y vació al hacerlo su navío de la gracia que le concedía su origen popular. Desfigurado ante el mundo, abandonado hasta por sus mentores de antaño, a la merced de los militares que le chupan la sangre, debilitado su poder, sospecha aterrado hasta de sí mismo.

 

 

Entretanto, la maniobra sigue. Llamar a elecciones es ganar tiempo o quizá ceder por parte sus espacios, abrir una ventana o más bien un espejismo que permita airear al país que se cimbra ante sus vacilaciones y subsistir a pesar de la metástasis, en espera de algún milagro que no por ateos dejan de pedir a la divinidad misteriosa que los elevó aun sabiéndolos ruines, inescrupulosos, sórdidos y ominosos. Están llenos de dinero, ahítos de vanidad, plenos de frivolidad y concupiscencia, pero sienten el sol en la espalda, expían dolorosamente cada crepúsculo, el miedo los señala y los acosa. Entre tragos y escoltas, viven asociados a sus demonios y taciturnos se tornan cuando un pasaje del salsero les recuerda que “todo tiene su final y nada dura para siempre”.

 

 

Se instala la sectorial, la comunal, la territorial ANC maldita, sin embargo. No representa a la patria y desde luego, no la regirá nunca. Carece de la cualidad de representar al país que la mira con desprecio y asco, con aprensión y se reirá de sus integrantes que no saben tampoco qué hacen allí ni a cuál de los diablos les pertenecen. Gnomos, duendes, lisonjeros, adulantes, alabarderos, legos, además de incautos y lisencéfalos se sentarán a oír y ver cómo se pretende ser lo que no son, representantes de la nación.

 

 

 

Carecen de poder, aunque a los cuatro vientos vociferan que lo pueden todo. Sin auctoritas, respeto, carisma, deambularán como un rebaño de nómadas a los que se les quiere convencer de su perfil trascendente, histórico, fundamental. Allí estarán ufanos, engreídos por el discurso del decurión que les toque, pero sin que le signifiquen a la nación otra cosa que un estorbo en el camino de su tiempo de realización.

 

 

 

Dije antes y siempre siguiendo a Arendt que, esa pretendida entelequia, la ANC carecía de poder, aunque aseguran que los tiene todos. Me viene al espíritu una cita de Michel Foucault y la derramo para concluir este episodio de reflexión: “El rasgo distintivo del poder es que algunos hombres pueden, más o menos, determinar la conducta de otros hombres, pero advierto, nunca de manera exhaustiva o coercitiva. Un hombre encadenado y sometido, lo es a sus cadenas, pero no al poder”. Es insuficiente para la fragua del poder su solo lado violento y si a el recurre, renuncia a convencer.

 

@nchittylaroche

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