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Venezuela, no futuro

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Venezuela, no futuro

 

Mi esposa casi que a diario me dice con tono de resignación “deja de preocuparte por Venezuela preocúpate más bien por Colombia que va en ese mismo camino“. Y sí, tiene en parte razón. Dedico por lo menos una tercera parte de mis horas a ese caos que hoy es el vecino país pero la razón es muy clara: si Venezuela no se arregla, Colombia no tiene futuro.

 

 

Y para arreglar a Venezuela hay que salir de Maduro y su corte de mafiosos, lo que incluye a su familia, a los hermanos Rodríguez, a Diosdado Cabello y a Padrino López para empezar. ¿Cómo darles una salida cuando todos merecen ir a la cárcel por ladrones, por narcotraficantes y por asesinos? Bueno, eso es lo que busca el presidente Gustavo Petro. Pero no de buena fe o como un mediador. No, con agenda propia en la que el objetivo es mantener a Maduro en el poder. Es decir, no arreglar el problema sino darle estabilidad a la dictadura asesina y mafiosa instalada en ese país.

 

 

De eso se trató la reunión con las distintas cancillerías. Y Maduro y su compañero de crímenes, Jorge Rodríguez, le anunciaron con anticipación al evento tanto a Petro como a quienes iban a asistir a la reunión sus condiciones para reiniciar cualquier diálogo con la oposición: levantamiento de sanciones, los 3.200 millones de dólares de ayuda humanitaria, el oro incautado en Inglaterra y hasta la salida de Alex Saab de la cárcel.

 

 

En medio de este sainete al que se prestó en especial la Casa Blanca, el expresidente interino, Juan Guaidó, llegó a Bogotá y fue chantajeado por el gobierno colombiano con la seguridad de su familia y de paso fue expulsado del país. El gobierno ante esa gigantesca metida de pata trató de explicarlo acusando a Guaidó pero la verdad es que lo sacaron del país mostrando claramente que Colombia solo favorece los intereses del dictador Maduro.

 

 

Como si esto fuera poco no dieron ningún tipo de acceso de los periodistas a los asistentes al evento. Un ambiente controlado como eran las elecciones en la antigua cortina de hierro donde el presidente de turno ganaba con 99,97 % de los votos. ¿A qué le tenía miedo la Cancillería o el gobierno colombiano? ¿A que los periodistas les preguntaran por los presos políticos? ¿O por el narcotráfico y la corrupción en Venezuela? La misma pregunta se podía hacer sobre la expulsión de Guaidó. ¿Le temía tanto el gobierno que Guaidó se reuniera con algunos de los miembros de las delegaciones y les dijera que aliviar las sanciones era un error, contrario a la plataforma unitaria que ya está entregada y quiere que acaben las sanciones?

 

De todas maneras, no deja de ser preocupante que ningún líder político colombiano de gran calado se haya pronunciado o mejor aún acompañado a Juan Guaidó durante esta tortuosa expulsión. Muestra la soledad de la oposición venezolana y el desgaste en el que está tanto por sus errores y su corrupción como por la falta de efectividad en sus acciones.

 

 

Y que además ninguno de los países asistentes se haya pronunciado sobre esta actitud déspota de Petro y su canciller de pacotilla, que hasta se enreda encubriendo una mentira, como lo vimos al tratar de desmentir las amenazas y la expulsión de Guaidó, muestra un doble estándar sobre los derechos humanos pues a fin de cuentas Guaidó es un perseguido de la dictadura mafiosa. Lo que dijo Josep Borrell, el canciller de la Unión Europea, sobre el tema da vergüenza. No es el caso, no vinimos a eso, respondió cuando le preguntaron por la expulsión del expresidente interino al que muchos países que él representa reconocían hace apenas cinco meses.

 

 

Un elemento final que dice todo sobre el manejo de Venezuela en Estados Unidos. La delegación de ese país estuvo compuesta casi que exclusivamente por miembros del consejo de seguridad de la Casa Blanca. La presencia del departamento de Estado brilla por su ausencia. Eso quiere decir que el colombo-americano Juan González, asistente consejero nacional de seguridad para el hemisferio occidental, es el encargado único de este tema y por ende el responsable directo por lo que suceda con este asunto es Joe Biden y no Antony Blinken. Solo me pregunto una cosa, ¿qué opinará Jill Biden, quien lloró con la esposa de Guaidó cuando estuvo en la Casa Blanca, de que el gobierno del presidente Petro utilizara la seguridad de ella y sus hijitas para facilitar la expulsión de su esposo de Colombia? Valdría la pena que se enterara.

 

 

¿Y de la cumbre o el evento como lo llamó el canciller Leyva qué queda? Supuestamente una hoja de ruta que revive las negociaciones en México a cambio de la liberación de los 3.200 millones de dólares de ayuda humanitaria. ¿Será que por solo sentarse en México liberan ese dineral? Si esto pasa es un gran triunfo para Maduro, pero eso si, que no quepa duda, ese dinero si se le entrega a Maduro o a la oposición se lo van a robar. La responsabilidad de la Casa Blanca en este tema es clara.

 

 

Nada de los presos políticos, del ELN y las FARC en territorio venezolano o del narcotráfico que utiliza ese país como epicentro de transformación y exportación de la coca. Con México, Estados Unidos sí saca pecho y amenaza por el negocio ilegal del fentanilo, pero con Venezuela y la coca actúan como un manso cordero y miran para el otro lado. Inentendible. Los temas serios que sí implican un cambio quedaron en el tintero. Y la mafia criminal que gobierna a Venezuela muy contenta de que eso sea así.

 

 

En esas estamos. Una Venezuela sin futuro al borde de una implosión social que es lo único que puede acabar con esa mafia en el gobierno, tal como pasó con la primavera árabe. Quienes creen que Maduro y sus secuaces van a dejar el poder a través de unas elecciones o son ingenuos, como algunos en la oposición, o son unos calculadores que no les importa dejar ese lío al siguiente gobierno o a la siguiente generación, como piensan quienes en la Casa Blanca manejan el tema de Venezuela.

 

 

¿Y Colombia? Que viva con las consecuencias de tener un vecino que siempre lo va a desestabilizar. Una fórmula para el desastre. Gracias Juan González y gracias Jimmy Story.

 

Francisco Santos

Artículo publicado en La Silla Rota

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