Ucrania: es ahora o será muy tarde
marzo 2, 2022 6:45 am

 

 

Fue el 5 de diciembre de 1989, un día martes, a finales de otoño, cuatro semanas después de la caída del Muro de Berlín, en la ciudad de Dresden, Alemania del Este, cuando las multitudes asaltaron la sede de la policía secreta del régimen comunista, la Stasi –una de las agencias de inteligencia y policía secreta más eficaces y represivas que han existido jamás– para terminar con el aparato represivo de la dictadura alemana.

 

 

Entonces, una parte del grupo de manifestantes decidió dirigirse al otro lado de la calle, a una gran casa que era la sede local del servicio secreto soviético, la KGB. La agencia que permitía mantener la inteligencia para controlar los países del bloque soviético, entre otras.

 

 

El avance de la turba hizo que el guardia custodio de la puerta se metiera rápidamente a la casa para protegerse. Minutos después salió un oficial de la KGB que les dijo: “No intentéis entrar por la fuerza en esta propiedad. Mis compañeros están armados y están autorizados a usar sus armas en caso de emergencia”. La advertencia convenció al grupo de que se retirara.

 

 

Sin embargo, el agente de la KGB sabía que la situación estaba tensa, por lo que llamó al cuartel general de una unidad de tanques del Ejército Rojo para pedir protección. «No podemos hacer nada sin órdenes de Moscú», respondió la voz al otro lado. «Y Moscú está en silencio».

 

 

Aquel oficial de la KGB era Vladimir Vladimirovich Putin. Tenía 37 años. Desde entonces, la experiencia de Dresden lo ha perseguido. Aquella frase de “Moscú está en silencio” lo dejó devastado. Quedó traumatizado por la fragilidad de los regímenes autoritarios. Vio cómo el sentimiento patriótico, combinado con el anhelo de democracia, resultó mucho más poderoso que la ideología comunista.

 

 

Desde que asumió el Poder Ejecutivo en 2000, Putin juró restaurar el estatus de Rusia como potencia global, minando la democracia liberal.

 

 

Para ello, ha financiado varios partidos de la ultraderecha y ultraizquierda en Europa (Francia, Alemania, España, Grecia, Holanda, Bulgaria, Austria e Italia, entre otros).

 

 

También ha interferido en Georgia (2008), Bielorrusia (2021), Kazajistán y Ucrania (2022) para evitar que estos países fortalezcan sus procesos democráticos y relaciones con la Unión Europea y la OTAN. Previamente lo hizo en las regiones de Crimea (2014) y el Donbás (2015).

 

 

Además, enfrentó a Estados Unidos, sosteniendo a Bashar al-Assad en Siria. A pesar de haber pasado la línea roja trazada por Barack Obama sobre el uso de armas químicas contra los rebeldes de la revuelta que estaba en línea con otras de la primavera árabe ―murieron casi 1.500 civiles, incluyendo más de 400 niños―.

 

 

En esos momentos, el evento de Dresden vuelve a aparecer: el temor a las multitudes y los pueblos que amenazan con sacar a los tiranos y defender la democracia liberal. Sobre todo, cuando tiene 22 años en el poder. Y, últimamente, las rebeliones suceden en los países vecinos.

 

 

Para evitar vivir de nuevo el trauma promueve la autocracia, crea división, impulsa la xenofobia, el nihilismo y el cinismo. Porque «el objetivo de Putin no es una Rusia floreciente, pacífica y próspera, sino una Rusia en la que él siga en el poder», afirmó la historiadora y columnista Anne Applebaum ―especializada en populismos― en una entrevista al diario español El Mundo.

 

 

Durante estos 20 años en el poder, Putin ha amasado una fortuna estimada en más de 200.000 millones de dólares, según la información suministrada por Bill Browder en la entrevista con Walter Isaacson de Amanpour Company. Browder sostiene que este es su talón de Aquiles. Además, dijo que lo tiene colocado a través de los oligarcas en los países con Estado de Derecho: Reino Unido, Estados Unidos, Francia, entre otros. Por otra parte, señaló que en el momento que se empieza a “hablar seriamente de ir tras los oligarcas, él [Putin] amenaza con una guerra nuclear”.

 

 

Coincide con Applebaum en que lo que quiere Putin es mantenerse en el poder. Lo de la OTAN, los ucranianos, los nazis, es la retórica para iniciar una guerra que le permita desviar la atención hacia un enemigo externo.

 

 

En Dresden, cuando estaba angustiado porque las turbas podrían agredirlo, fanfarroneó con que estaban armados y autorizados a usarlas. Hoy la amenaza nuclear parece también bluff para detener el congelamiento de los activos de su entorno de multimillonarios en los países democráticos. Porque “valora más el dinero que la vida humana”, ha dicho Browder.

 

 

Por lo tanto, Ucrania es parte del libreto de Putin para seguir en el poder, acumulando fortuna. En consecuencia, los países democráticos tienen la misión de enfrentarlo contundentemente para evitar una confrontación global con mayores consecuencias para la humanidad.

 

 

El pueblo ucraniano con el presidente Zelensky al frente han asumido con valentía y honor defender su destino como nación democrática europea, luchando contra Putin, quien tomó solo la decisión de invadirlos.

 

 

Por tal razón, los demócratas del mundo debemos salirle al paso y detenerlo porque es ahora o será muy tarde.

 

 

 

Antonio de la Cruz