Tiempo de Palabra
marzo 24, 2013 9:14 am

“Lo que no suelen advertir los chavistas es que la época de Chávez se fue para siempre”

 

No volverán (ustedes tampoco)

 

Hacia finales de 1935 había una preocupación en las élites nacionales y era si el general Juan Vicente Gómez había orinado exitosamente o no. Las noticias eran confusas pero la atención hacia el miembro fundamental del régimen era generalizada. Al fin el hombre murió y -al decir de Ramón J. Velásquez- los viejos políticos que Gómez había desplazado se aprestaban a rebuscar sus olvidados baúles para sacar los pumpás y paltó levitas, y reasumir el mando. Ilusión fugaz.

 

En la calle la generación del 28 se aprestaba a protagonizar la historia. El tiempo de Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Joaquín Gabaldón Márquez, Inocente Palacios, Miguel Otero Silva, y tantos otros, había llegado. Los doctores y generales del siglo XIX se quedaron con los pumpás puestos.

 

Tardó 10 años en completarse la transición. ¿Pudo haber sido al final tranquila y evolutiva? ¿Tuvo que ser violenta con el golpe de 1945 y la revolución subsiguiente? Nadie lo sabe. Sólo se sabe lo que ocurrió. Entonces vino el fundamentalismo adeco con transformaciones populares que cambiaron la faz del país para siempre. El siglo XX se instaló, siguió con Pérez Jiménez, y más adelante otra vez con los adecos al mando y en una amplia alianza se construiría el país moderno del resto del siglo.

 

AD protagonizó el quiebre histórico de 1945 al lado de los militares. Eran también etapas cívico-militares que hicieron de Venezuela un país avanzado y de avanzada. Sólo que el sectarismo, la incomprensión de los procesos que AD había abierto, las disputas internas y la política tumultuaria crearon las bases para la interrupción del proceso. Los militares, más ávidos de poder que de historia, derrocaron a Rómulo Gallegos. Después de 1958 se abrió otra época comprensiva y plural.

 

Esta última concluyó en 1999. El papel rupturista que los adecos cumplieron en el trienio 1945-1948 lo cumplió Chávez entre 1999 y 2012. Así como Gómez no volvió, el país de los 40 años recientes tampoco volverá. Nada se hace con la nostalgia de las cosas buenas que hubo y el desarrollo alcanzado; lo cierto es que el país cambió radicalmente y el que fue no volverá.

 

Tienen razón los chavistas cuando dicen que ese tiempo desapareció para siempre. El chavismo ha creado otra realidad que se convierte en el punto de partida de lo que vendrá.

 

Lo que no suelen advertir los chavistas es que la época de Chávez también se fue para siempre. Es cierto que la batalla entre Chávez y las fuerzas democráticas durante 14 años la ganó Chávez. Como Gómez desde su agonía, se fue victorioso desde el poder. Pero así como el posgomecismo fue otra melodía, inexorablemente lo será el poschavismo.

 

Nicolás Maduro no es Eleazar López Contreras pero se parece en que es el sucesor escogido. Tampoco Maduro es Chávez; el chavismo de Chávez se evaporó para siempre. Lo que era la Venezuela del Comandante no volverá a ser aunque sigan por un tiempo los administradores y herederos.

 

López Contreras jugó inicialmente a la represión pero el país que se abrió pasó se volvió incontenible en los moldes del posgomecismo. El trámite para una nueva realidad democratizadora irrumpió; el general Isaías Medina Angarita tuvo la amplitud de espíritu para la apertura democrática, y aunque no fue suficiente, la inició.

 

 

LA HERENCIA DE CHÁVEZ. Hay una realidad que han comprobado investigadores, analistas, científicos atómicos, buhoneros y juglares: el camarada Nicolás Maduro no es Hugo Chávez. No se trata de cualidades personales que cada cual puede juzgar (por cierto, subestimar a Maduro es grave error) sino de momentos históricos. No es lo mismo encabezar una ruptura y realizarla que recibir su administración. No es lo mismo el cura que el monaguillo.

 

Maduro ha mostrado en 100 días que pretende ser como Chávez. Sin embargo, éstos son fuegos artificiales con dos propósitos. Uno, el de competir con sus adversarios internos al procurar demostrar que puede ser tan radical y despiadado como su jefe. El otro es polarizar el país hasta los extremos con fines electorales inmediatos. Pero Maduro no es Chávez.

 

Un eventual gobierno de Maduro tiene desafíos que no puede obviar ni que quiera. Tendría que intentar ser presidente y no parte de una junta cuyos integrantes poseen derecho a veto.

 

Nadie puede imaginárselo hoy ordenando, como Chávez, que Diosdado se vaya a Monagas, que Rafael Ramírez renuncie, que se vaya el impresentable Ministro de la Defensa por los reclamos de los generales hartos, que se someta a investigación a algún prócer oficial de las centenas de denuncias pendientes en la Contraloría. Pero tendrá que hacerlo si se queda con el cargo. “La patada histórica” es condición ineludible para los sucesores precarios.

 

Por si fuera poco concurre una situación económica, financiera y social muy compleja. La ajada y marchita piel de la revolución puede estirarse pero en algún momento próximo hay que introducir políticas alternativas; si Maduro las intentara en forma aislada su base interna se resquebrajaría haciéndolas imposibles y si se alía con sectores “del enemigo” su base también se resquebrajaría. Si no hace nada el que se resquebraja es él.

 

Ay Nicolás, el poder te ha atrapado: o corres o te encaramas. Hasta decisiones nimias cómo si vas a vivir en La Casona se convierten en símbolos poderosos de lo que eres, podrías ser o serás.

 

OTRO PAÍS. Así como no volvió el gomecismo después de Gómez, así como no volvió ni volverá el mismo sistema político expresado en el Pacto de Punto Fijo, tampoco volverá el chavismo de Chávez. Cada época sucesiva después de sus momentos de fundamentalismo (el de ahora ha durado ¡14 años!) trae luego amalgamas.

 

Si gana la oposición democrática la mezcla sería rápida y evidente; si gana el gobierno la ruta sería demorada y tortuosa. Sin duda llega una nueva época que brotará en medio de la confusión funeraria actual, la campaña sobrevenida y la desesperación que invade a generales, magistrados, policías y ministros por demostrar su fidelidad al líder ido.

 

Surge una mezcla en la que, por ahora, el rojo matiza el verde y lo convierte en marrón, el blanco en rosado, el azul en morado y el amarillo en anaranjado. No es que unos se “vendan” o pacten o “colaboren” que de todo se encuentra en el conuco del Señor. No. Es que hay nuevos actores en el marco de una sociedad sin ley. Existe un Estado derrumbado y sus restos lo controlan mafias sobrevenidas. Subsiste una deriva anárquica que se gobierna en su locura y desatino.

 

Ni ellos serán lo que eran cuando estaba Chávez y los demás ya no somos tampoco lo que éramos. Para entenderlo basta ver a atildados dirigentes opositores de otros tiempos con una jerga pública de botiquín. Para percibirlo basta ver cómo el odio y la intolerancia han cincelado una parte sustantiva del alma de la sociedad.

Carlos Blanco

www.tiempodepalabra.com

Twitter @carlosblancog