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Simón y nosotros

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Simón y nosotros

 

 

Yo soy llorona y lloro con cierta frecuencia. No siempre de tristeza… Más bien diría que llorar de tristeza, por fortuna, es la menos frecuente de todas. Lloro de alegría, de risa, de emoción, la mayoría de las veces. Pero cuando me duele el alma, siento que llorar es la única manera de lavar mi sufrimiento. Y sollozo. Se me corta la respiración, otras veces hiperventilo. Algo así como un intento -en la mayoría de las ocasiones infructuoso- de que el río de lágrimas se lleve las tragedias. Y esto último me pasó cuando vi la película Simón…

 

 

En el medio de la película quise salirme… Estaba reviviendo uno de los peores momentos de nuestra historia. Dramático. Doloroso. Vergonzoso. Me faltaba el aire… Trataba de domar mis lágrimas, pero qué va… Salían a borbotones.

 

 

Me encuentro hoy viernes 15 de septiembre, mientras escribo estas líneas, un hilo en X de mi amiga Olga Krnjajsky, mejor conocida como OlgaK. La mejor reflexión que he leído sobre la película, y la quiero compartir con ustedes, mis lectores, porque ella puso en palabras lo que yo quiero decir y lo tengo atarugado… Mis comentarios en cursiva:

 

 

#Simón

 

 

25 años en 99 minutos.

 

 

Me parece que no todos vimos la misma película. Definitivamente… Pero al menos, en la sala de cine donde yo la vi, en Caracas, casi todos salimos estremecidos, hecho que me alivió.

 

 

Denuncia la soberbia, pero no acusa a nadie. Tal vez la mejor manera de denunciar y una de las razones, quizás, por la que no la censuraron “por ahora”.

 

 

Expone la crueldad y no apela al morbo. Ciertamente, es una de las fortalezas de la película.

 

 

Los errores que llevan a la tragedia no se analizan, están. Los venezolanos deberíamos conocerlos y reconocerlos todos, pero no estoy segura de que este sea el caso general.

 

 

La maldad es tan cruda que no se la cuestiona, es lo que hay. Por eso duele tanto.

 

 

El miedo que aprieta el pecho es un viejo conocido, me sorprende con fuerza en una butaca en Madrid. Ese dolor de patria, aunque no vivas en Venezuela, es una herida abierta que duele y vuelve a doler. La tragedia no se llama Maduro. La bondad no viene de quien condujo a la tragedia. ¿Te has preguntado dónde está la bondad hoy en Venezuela? Un pueblo en estatus de supervivencia como el nuestro, puede darse pocos lujos. Y ser bondadoso es un lujo en estos tiempos de soledad y cinismo.

 

 

La travesía de Simón es solitaria. Hay muchos Simón. Todos van en solitario porque los dejaron solos. A todos. Y esos que los dejaron solos también estaban en la sala. No me explico qué celebraban. El final es un coñazo. No se los cuento para no hacer spoiler y que lo vean con sus ojos, no los míos. No entiendo a los que salen diciendo “que bella película”. Bella no es la palabra. Esto me sacudió y me recordó lo banales que pueden ser los venezolanos. Y no me incluyo en esta frase, porque dentro de mis muchos defectos, por fortuna, no está la banalidad. Pero la reconozco y me subleva.

 

 

No entiendo cómo ciertos “personajes”, y los radicales d’habitude, no salieron avergonzados de la sala. Por el contrario, salieron congratulándose mutuamente y hasta twittearon alabanzas a la película. No entiendo cómo no entendieron. En ese no entender de los que dejaron solo a Simón, entiendo por qué seguimos en esto. Y esa es una de las causas principales de nuestra tragedia… Pero creo que sí entienden… sólo que es más fácil hacerse los desentendidos, una manera de evadir responsabilidades y culpas…

 

 

Hay ausencias en la película y sólo las comento como eso, ausencias.

 

 

No hay padres ni madres. Ni uno. Esos que lloraron miedo y sudaban pánico cuando salían sus hijos azuzados por irresponsables de egolatría criminal, que los llamaban héroes mientras campaneaban el güisquicito… a salvo ellos y sus hijos. Brutal esta frase, pero por desgracia, esa ha sido la historia de nuestro país. Esos padres que se endeudaron para pagar protección al chamo preso y para sacarlo del país y siguen sudando miedo y miseria por ello. No están.

 

No están los que atizaban a los chamos llamándolos héroes y se tomaban luego la foto en el entierro, pero nunca tendieron una mano a los presos. Los usaron y también los dejaron morir. Porque perder el futuro es también una forma de morir. Los venezolanos hemos muerto de muchas maneras…

 

Simón está solo con sus demonios, su miedo, su culpa, su perdón…y su mañana flanqueado de signos de interrogación. Como están tantos, como está nuestro futuro.

 

No están los que se opusieron a ese absurdo inmoral e imperdonable de atizar a los escuderos de cartón frente a las tanquetas, el fuego y el plomo. Su voz fue y sigue siendo apagada para que no se escuche. Y, Dios nos guarde, resulta que algunos siguen queriendo más muertos. No sé si está Dios para guardarnos… pareciera que hace rato se fue de Venezuela…

 

No está Venezuela. Aunque no lo crean. Está Miami, sus aguas, su perfil de palmeras y edificios. Venezuela es humo, gritos, banderas, batallas, cárcel y excrementos, oscuridad, mosquitos, ruido de golpes, sangre, militares y… más militares. ¿Dónde queda Venezuela hoy, en 2023? Queda en el exilio. Queda en las cárceles. Queda en los cementerios…

 

 

¿Quién ataja esa angustia? Nadie…

 

 

La pureza de Vicentini cuando conversó con el público me conmovió. Nos estremeció a todos. A mí también… Tuve el privilegio de entrevistarlo para mi programa Rompecabezas de EVTV Miami, y sentí en él precisamente lo que necesitamos en Venezuela, pero que ya no está porque se marchó…

 

 

Sí, ese chamo es puro y desde su pureza expuso con más claridad que nadie, nuestra desgracia.

 

 

Decir que la desgracia es Maduro es una simplificación inaceptable luego de 25 años. La desgracia es no ser una sociedad responsable, consistente y enfocada enfrentando la maldad y por eso ella sigue al mando. El militar lo llama monigote. Sabe bien lo que dice. Nada que añadir… lapidariamente cierta esa oración.

 

 

La película es una bofetada a esa oposición que se llena la boca denominándose radical y en su haber solo se cuentan fracasos y muertes. Y más años de gracia para el régimen. Cuando Vicentini, con la voz quebrada -literalmente- respondiendo a una pregunta, dice que se ha sentido culpable por no haber estado dando la batalla en las calles, hice un esfuerzo titánico para no gritarle y decirle desde mis entrañas de madre “Gracias, gracias hijo por no haber sido carne de cañón y en cambio presentarnos a tu Simón que ahora es nuestro”. Yo lo hice por ti en la entrevista…

 

 

Carne de cañón… cuánta infamia en tres palabras. Más Vicentinis… eso es lo que necesitamos. Pero esos Vicentinis que necesitamos, los que quedaron, terminaron yéndose todos. Unos en avión, otros en transporte público, otros a pie… ¡Pobre país del que se van sus jóvenes!

 

 

No quiero pensar en los que enterramos y solo quedaron para carne de cañón. Cuando la película acabe, atrapen al punto la última escena. Piénsenla, porque entre tantas emociones, se escapa. Es un ladrillo. Y hay que tragarlo. Es un ladrillo, repito. Y hay que tragarlo. No hay soda con qué tomárselo. ¿Por qué no han censurado la película? ¿En serio?… ¿se lo preguntan…? Piensen de nuevo. Hago mía esta petición… piensen por qué no la censuraron… Gracias, querida Olga, por tu sensatez tan necesaria en estos momentos.

 

 

 Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb

 

Foto: Instagram @simonthefilm

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