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Se busca un Gorbachov

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Se busca un Gorbachov

Si algo caracterizó los procesos revolucionarios que culminaron en los regímenes denominados del «socialismo real» fue la pureza, al menos inicial, de quienes constituyeron la vanguardia del proceso, antes, durante y luego de la toma del poder. Ese idealismo, acompañado de una fe inamovible en la doctrina y una disposición admirable para el sacrificio personal, dotaría a los movimientos revolucionarios de una coraza invulnerable en cuanto a su autoridad moral.

 

Que todas esas experiencias degeneraran y en nombre de los fines supremos de la revolución las dictaduras del proletariado terminaran en dictaduras de una nomenklatura, bajo la bota de algún déspota trocado en la antítesis del modelo de revolucionario ejemplar, responde al carácter totalitario que revestían esos sistemas. Obviamente cada caso tiene sus particularidades y hay diferencias notables en los diversos modelos del «socialismo real» del siglo XX, pero casi todos presentan características y desarrollos históricos, más o menos semejantes que, de algún modo, obedecen a la doctrina que les dio origen.

 

Una de esas similitudes consiste en la imposición del criterio según el cual el cumplimiento de las normas morales, aquellas situadas por encima de las ideologías (el imperativo categórico de Kant), no es absoluto, ni obligatorio cuando se trata de asegurar los objetivos supremos de la revolución. Así, en nombre de la redención de los oprimidos, el asesinato masivo, la persecución de los disidentes, el latrocinio indiscriminado, o el ejercicio ilimitado del poder tuvieron una justificación, sólo rebatible si el déspota o la camarilla de turno decidían lo contrario.

 

Pero más allá del fracaso de un modelo económico inviable, lo cierto es que el derrumbe de las dictaduras presuntamente colectivistas (o colectivistas en su sentido negativo), se vinieron abajo por la descomposición moral y aberraciones consiguientes: impunidad, pugnas internas, debilitamiento progresivo de los controles, así como por la mayor de las contradicciones: el profundo desnivel en la calidad de la vida entre una clase dominante rapaz, rodeada de privilegios y las grandes mayorías, sometidas a la miseria administrada por cuotas, la opresión y la ausencia total de libertades.

 

El caso nacional difiere, a veces en mucho, de sus modelos del siglo pasado, sobre todo porque sobrevive gracias una economía rentista. Pero el derrumbe de la URSS no obedeció sólo a la inviabilidad de un modelo sostenido, sobre todo, por la explotación de las materias primas (petróleo entre otros), sino a la ruina moral que la Perestroika de Gorbachov apenas alcanzó a maquillar por poco más de un lustro. Y si aquí tenemos la renta, Gorbachov no aparece por ningún lado.

 

@rgiustia

Por Roberto Giusti

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