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Poco a poco, trozo a trozo, incluso lo que parecía astilla irrecuperable puede volver a ser parte del todo. He allí la verdadera belleza, la que promete surgir de la reparación

“¡Yo soy Jesucristo, resucitado de entre los muertos!” Armado de tal soflama y sosteniendo en alto el colmillo amenazante de su piqueta, un hombre de 33 años, del todo desconocido hasta el 21 de mayo de 1972, se sumaba a la serie de personajes fugaz y tristemente registrados por la historia.

Se trataba de Laszlo Toth, húngaro de nacimiento, geólogo de profesión, fanático bautizado en su soledad y su ofuscamiento. La indefensa víctima terminó siendo una escultura; pero no una cualquiera. La celebre Piedad, de Miguel Ángel (única obra que firmó el artista, por cierto) recibió ese caluroso día de Pentecostés quince golpes, quince cabales ultrajes, quince anuncios de que la razón no irrumpiría como un milagro para hacer consciente a Laszlo de su transgresión. Brazo y codo, los dedos cercenados de María, madre y virgen impotente; buena parte de su nariz, de su párpado y su pesado velo volaron por los aires, caían al suelo. ¡Cuánto diligente estropicio! Un cuerpo mutilado y sufriente, cincelado por su creador para sostener a otro de similar catadura, daba fe de la frenética andanada justo antes de que los Caribinieri pudiesen atajarla.

“Crimen de lesa cultura”, titularon los diarios. “La Pietà” siendo blanco de la impiedad, de la avalancha narcisista y brutal, de la falta de compasión, de la enajenación, la indiferencia ante el dolor, el desamparo o la belleza. “Lo que ha sido hecho por las manos humanas se puede deshacer con esas mismas manos”, advertía alguna vez, no sin pesimismo, Tzvetan Todorov. Vaya ironía la que desplegaba el episodio. No está de más recordarlo a propósito de días santos pero salpicados por el arrebato de la guerra, por la reivindicación del “thymós” homérico y las ciegas pisadas de los intolerantes… ¿acaso vivir en sociedad sería posible sin apiadarnos los unos de los otros?

Sin compasión, decía Rousseau, el hombre sería un monstruo. He allí un avío necesario para la coexistencia, un comportamiento (¿impulso?) que incluso desde el punto de vista etológico resulta afín a los mecanismos inhibitorios de la agresión. Si se asume que la agresividad es una respuesta previsible y “funcional” ante ciertos estímulos, pues, la hermosa noticia es que la conducta compasiva, solidaria o conciliadora también obedecería a cierta “neuroquímica de la civilización”. Excitación y su consecuente freno, un ejercicio de humanidad en toda su compleja dimensión, en fin, que de mera aflicción también deviene en virtud cuando se ata a la certeza de que “vivimos según la guía de la razón”. Así, la pasión triste implícita en la piedad, como la juzga Spinoza, lejos de aquella debilidad de plebeyos contra la que brama Nietzsche en su Zaratustra o de esa “coquetería de agonizantes” con la que la fustiga Ciorán, mutaría en potencia de actuar del hombre. En ese punto, etología y ética, ser y deber ser, se reconcilian.

Quizás conviene matizar puntos de vista, entonces, antes de asumir como verdad irreductible la idea de que la humanidad está condenada a la guerra, llevada inexorablemente por esa “moral natural” que el mismo Nietzsche, loco iluminado, asocia a la ferocidad de la supervivencia, la política de “sangre y fuego”. En todo caso, estaría también “condenada” a procurar la paz, a transformar incesantemente el conflicto, pues sus propias dicotomías hacen posible la fórmula del equilibrio. Intransigencia o fullería, ángeles y demonios en puja perenne nos llevan a privilegiar a unos sobre los otros, según lo dictamine la circunstancia. O, mejor aún, a convertir a cada uno en la compensación de su opuesto. Ese es el mayor de los “milagros” de la democracia, de paso. Una maquinaria de pesos y contrapesos en tenaz actividad, capaz de habilitar un apasionado desacuerdo sin que en tal intento haya aniquilación del que es distinto y, a la vez, semejante.

Acá se trata, claro está, de procurar que la conmoción ante el dolor ajeno trascienda su umbral para que no quede en mero contagio afectivo, para que no nos abrume, no paralice y hunda en la impotencia. Para que no impida la ecuánime toma de decisiones, como advertía Kant. Cuando se trata de relacionarse en la polis moderna, conceptos como compasión, piedad o simpatía (pátheia) van más allá de una dimensión irreflexiva, involuntaria o básica, y se convierten en fortaleza para el común. Caldo de cultivo para la solidaridad, remedio contra la tendencia a la fragmentación social; eso que en Hauke Brunkhorst se vincula a la tradición republicana de la cooperación cívica, y en Arendt a la mentalidad ampliada, la disposición a ponerse en el lugar del otro y reevaluar, contextualizándolo, el sentido de la propia postura. No sólo hay virtud en ello, sino responsabilidad y consciencia de que hacerse cargo del más vulnerable a fin de eliminar las causas de la situación doliente, será también ganancia para el colectivo. Un asunto que remite, asimismo, a la función reparadora de la política, medio para la prevención de la infelicidad social, para la promoción de justicia. (La seguridad del pueblo que compete al Leviatán, decía Hobbes, va más allá de la simple preservación; implica “también toda otra cosa agradable para la vida”.)

Asidos a su vis secular y política, más que a la religiosa o privada; a la de la “philia” aristotélica, una afinidad que igualmente se inscribe en la consciencia de las ventajas mutuas (amor por lo que es útil), la compasión no debería salir del menú de pertrechos para atender lo que en sociedad amenaza con romperse, con rompernos. El sentido de la reunificación quizás pasa por ello, por hacer una cultura de ese juicioso “padecer con otro”. Poco a poco, trozo a trozo, incluso lo que parecía astilla irrecuperable puede volver a ser parte del todo. He allí la verdadera belleza, la que promete surgir de la reparación.

Mibelis Acevedo Donís

@Mibelis

 

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