Mi tío abuelo, por Herman Sifontes
febrero 27, 2013 12:50 pm

Nunca he tenido buena memoria. Admiro a la gente que puede recordar frases, fechas, chistes, citar textos. Mi memoria está fundamentalmente construida por imágenes. Son estas las que me traen los más duros recuerdos de mi vida o me evocan las cosas más hermosas que he vivido en mis cincuenta años.

 

Pues siempre he tenido una relación muy constructiva con la figura de Rómulo Betancourt, merced de las imágenes que me evocan sus recuerdos. Mi abuelo Arturo y él eran primos. Los dos habían nacido en Guatire que en aquel entonces era un pueblo bastante alejado de la ciudad de Caracas. Entre ellos hubo siempre una amistad muy estrecha, sustentada en una profunda y mutua admiración. La admiración, siempre he pensado, es un asiento esencial en las relaciones que sobreviven en el tiempo. Mi abuelo Arturo era comerciante, industrial y constructor. Rómulo, político con mayúsculas. Los lazos y el destino de nuestra familia estuvieron marcados siempre por la estrecha amistad que hubo entre estos dos pilares consanguíneos. Estimo que por ellos, su pasión y norte ha sido, sin lugar a dudas, el país. Rómulo apuntaba que a Venezuela, el país de todos, debíamos hacerla todos. Y dedicó su vida a trabajar dos aspectos cardinales para el desarrollo económico y espiritual de cualquier nación moderna: la inclusión política y la inclusión económica de sus conciudadanos.

 

Al regresar de un exilio autoimpuesto, el expresidente vivió durante algún tiempo en casa de mis abuelos Celeste y Arturo. Lo hizo para no perturbar con su peso político el gobierno del presidente Raúl Leoni. Venía de vivir en Berna, Suiza. En ese tiempo, su partido, Acción Democrática, hacía una colecta para comprarle “Pacairigua”, la residencia situada en la urbanización Altamira donde transcurriría los últimos años de su vida.

 

Mi abuelo recibía en su casa a su primo con mucho afecto. Y mi hermano Luis y yo nos divertíamos mucho viendo cómo la casa se llenaba de gente. Visitantes de diferentes credos, tipologías, y clases sociales. Recuerdo haber oído en un discurso grabado de Rómulo, algo así como: “Debo trabajar con los empresarios y comerciantes de este país para sacarlo adelante. Pero nunca olviden que mi corazón siempre estará con los desposeídos”.

 

Mi abuelo Arturo era un empresario austero, de aquellos que creían que era más importante construir, realizar una obra, que tener. Mucho menos ostentar. Cada cierto tiempo, las imágenes de un hombre de tez morena, con lentes gruesos muy feos, siempre trajeado, con unas camisas pulcramente planchadas y una voz atiplada, vienen a mi mente con mucha fuerza.

 

Rómulo fue muy afectuoso con nosotros de niños. Nos hacía obsequios. Nos traía caramelos. Recuerdo particularmente sus abrazos, fuertes y afectivos. Con los años, esas imágenes se fueron haciendo cada vez más ricas, en la medida en que iba entendiendo la complejidad de su empeño. A través de lecturas, conversaciones con mi abuela Celeste, mi admiración hacia él fue creciendo, y las hermosas imágenes infantiles se convirtieron en un patrimonio emocional.

 

En los momentos más duros que me tocó vivir recientemente, encerrado en un sótano sin ver la luz del sol, acusado de delitos que nunca cometí, la fuerza de esa imagen me daba cobijo y esperanza. Debo decir también que Rómulo y yo nacimos un 22 de febrero, y todos mis cumpleaños, cuando apago las velas como hoy me acuerdo especialmente de él.

 

Con los años, Betancourt se ha convertido para mí en la conexión con paradigmas tales como libertad, democracia, institucionalidad, desarrollo, construcción de ciudadanía y, sobre todo, el ejercicio de la política para la convivencia en paz de un país que ha vivido largos periodos de su historia republicana inmerso en distintas formas de anarquía.

 

A lo largo de estos años he podido examinar a solas el peso benefactor de esta relación parental con el llamado “Padre de la Democracia” venezolana. Pero más importante que este vínculo filial es la vigencia de su pensamiento y ejemplo. En virtud de ello y en homenaje a su estatura y obra, he aceptado la propuesta de Prodavinci de mostrar parte de la colección familiar de fotografías de Rómulo Betancourt, en ocasión del centésimo quinto aniversario de su nacimiento. /JM

 

Fuente: Nota de prensa