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Las lanzas se repliegan

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Las lanzas se repliegan

Nicolás Maduro, que es pendenciero y bocazas, debe pensar que a veces sus amenazas surten efecto. Desde que Mariano Rajoy se reunió con Lilian Tintori, esposa del opositor encarcelado Leopoldo López, y en el Parlamento español se pidió la «liberación inmediata» de los presos políticos, la escalada de insultos por parte del gobernante venezolano no ha cesado. Sin embargo, en las últimas horas se ha suavizado la tensión diplomática entre los dos países. Todo indica que Venezuela y España quieren quitarse los guantes antes de encontrarse en la cumbre de la Unión Europea y los países de la CELAC.

 

Maduro llegó a decir, «Espero no tener que llegar con lanzas allá, a Europa, porque vas a ser derrotado», refiriéndose a su homólogo español. Resulta difícil distinguir si estos mensajes son conciliadores o chantajes velados de grescas mediáticas. Por lo pronto, el ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel García Margallo, ha anunciado que su embajador volverá a Caracas, ya que nunca ha sido «partidario de una escalada que no beneficiaba ni a Venezuela ni a España».

 

En los peores momentos con la Venezuela bolivariana desde los tiempos de Chávez, así como en las crisis diplomáticas que los sucesivos gobiernos democráticos han vivido con el castrismo en Cuba, siempre ha primado el interés por preservar los lazos económicos y empresariales y evitar a toda costa la ruptura. En esta ocasión no iba a ser diferente.

 

Los bailes de la diplomacia pasan por momentos de gran intensidad dramática que suelen desvanecerse con cabriolas versallescas. De algún modo, el conflicto entre España y Venezuela parece copiado del que recientemente estalló entre Washington y Caracas: Obama declara al Gobierno chavista una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos; Maduro, a la vez que insulta al presidente estadounidense, anuncia que podría haber una invasión del «imperio yanqui»; en vísperas de la Cumbre de las Américas un enviado del Departamento de Estado viaja a Venezuela para limar asperezas y allí dice que, en realidad, el Gobierno de Maduro no representa tal amenaza.

 

Este patrón parece repetirse ahora entre Caracas y Madrid. El objetivo es suavizar el encuentro en Bruselas a principios de junio, pero todo dependerá del viaje a Venezuela que tiene en mente el expresidente Felipe González, con la intención de sumarse al equipo de la defensa de Leopoldo López, encarcelado desde hace más de un año sin ninguna garantía procesal. Aunque el Gobierno español apoya su iniciativa, el Parlamento venezolano lo ha declaradopersona non grata.

 

La eventual llegada de González, prevista para mediados de mayo, podría desatar otra escaramuza y, sobre todo, el lenguaje procaz con que Maduro escenifica sus diferencias políticas.

 

En medio de todos estos alardes, ya sea con Estados Unidos o con España, lo que está en juego es una oposición perseguida y encarcelada; unos medios independientes que apenas pueden soportar la caza de brujas de los chavistas; y una situación social y económica insostenible para los venezolanos. Entretanto, las puyas que van y vienen en los salones de la diplomacia le sirven a Maduro como cortina de humo frente a los problemas acuciantes que es incapaz de resolver.

 

En un gesto de perdonavidas, que acaso oculta su propio miedo, Nicolás Maduro dice que dejará las lanzas en casa. España tampoco tiene interés en prolongar un conflicto con un señor que habla con los pajaritos. Pero lo importante es que los españoles, y todos los europeos, no olviden a las víctimas del chavismo.

 

GINA MONTANER

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