La Primavera de Praga
agosto 25, 2018 5:45 am

 

 

Hace 50 años, la noche del 20 de agosto de 1968, los tanques soviéticos cruzaron la frontera de la Checoslovaquia de entonces y, en la madrugada del día siguiente, 21 de agosto, estaban en las calles de la capital, Praga. Era la invasión (con el nombre de “Operación Danubio”) protagonizada por el Pacto de Varsovia, bajo la jefatura de la URSS, contra el dirigente Alexander Dubcek, el cual propiciaba una apertura (que se bautizó como la Primavera de Praga) en el marco del totalitarismo comunista. Se repetía, aunque en mayor dimensión, lo que ya había ocurrido en la RDA (la llamada República Democrática Alemana) en 1953 y en Hungría en 1956: el aplastamiento de una insurgencia popular contra el régimen comunista que los asfixiaba políticamente y los condenaba al fracaso económico.

 

 

 

Dubcek, que en enero de 1968 había sido elegido Secretario General del Partido Comunista checoslovaco, quiso poner en marcha un cambio que denominó “el socialismo con rostro humano”, sin adscribirse a la economía capitalista y sin salirse del Pacto de Varsovia. A tal efecto, emprendió reformas de tipo democrático al abrir margen a la libertad de expresión y propiciar una mayor participación ciudadana en los asuntos públicos. Lo que se propuso Dubcek era favorecido por “el clima de revuelta” creado por los intelectuales, entre ellos el dramaturgo Vaclav Havel y el escritor Milan Kundera, quien posteriormente fue el autor del libro “La Insoportable levedad del ser”.

 

 

 

La invasión a Checoslovaquia, como era de esperarse, tuvo resonancia mundial y provocó disensiones en el propio seno del movimiento comunista. Aquí en Venezuela, Teodoro Petkoff escribió un magnífico libro (no puedo referirme a algunas de sus reflexiones porque escribo sin el auxilio de mi biblioteca, desde Vancouver, Canadá), en el que atinadamente fundamenta su repudio a la invasión. El desencanto espigó en los partidos comunistas, especialmente por parte de sus teóricos y de sus intelectuales.

 

 

 

Lo que siguió después es conocido. La Unión Soviética, ya bajo la conducción de Leónidas Breshnev, impuso a Husák en sustitución de Dubcek y obligó a Checoslovaquia a volver al redil. Muerta la Primavera de Praga, llegó, veintiún años después, el otoño político de la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, desplomándose sucesivamente, como fichas de dominó, los satélites de la Unión Soviética y la desintegración y desaparición de la propia Unión Soviética en 1991. Los países bajo el comunismo, se pueden contar con los dedos de la mano, andan ahora tomando prestados mecanismos de la economía de mercado, aunque sin aflojar el puño dictatorial.

 

 

 

Checoslovaquia tuvo en 1989 su “Revolución de Terciopelo”, quedando dividida en dos países: la República Checa y Eslovaquia. Y el mundo, como en el tango, sigue andando.

 

 

Carlos Canache Mata