La otra mitad…

La otra mitad…

Dentro de todo lo malo que está sucediendo (que no es poco) lo peor es la intolerancia elevada al extremo. No somos pocos los que pensamos distinto y creemos que este tufo nauseabundo de tristeza colectiva debe tener un final. Sin embargo, el no sumarse a la tropa roja tiene el costo de ser los excluidos del país. Deportados virtuales y tácitos. Los que no existimos y no tenemos derechos.

 

Todos los días tenemos muestras gratis de esta intolerancia. Comenzando con los discursos de los dirigentes oficiales con epítetos que van desde traidores, escuálidos, vendepatria, oligarcas y un sinfín corregido y aumentado con el paso del tiempo, pasando por las agresiones físicas como las sufridas por los estudiantes el pasado jueves, sin contar con «el fo» institucional cada vez que se intenta alguna acción o respuesta ante algún organismo, hasta las amenazas abiertas e insultos que últimamente están recibiendo algunos colegas tanto en sus redes sociales como en sus teléfonos particulares. En el peor de los casos, si fuéramos una minoría chiquitica, un grupúsculo o, incluso, individuos aislados que tienen una forma distinta de ver la realidad, igual mereceríamos respeto, pero cuando se trata de prácticamente «la otra» mitad del país es inaceptable. Negar que existimos, pisotear, humillar y denigrar del otro no sólo no cabe dentro de la concepción «humanista» que tanto pregonan, sino que va a tornar «ingobernable» a la nación.

 

A pesar de todo «el palo» que ha recibido esa otra parte del país en estos 14 años aún continúa allí, irredento y combativo (para muestra el gentío que está convocando Henrique Capriles en lo que ha denominado su «Cruzada» por Venezuela y eso Maduro en su fuero interno sabe que no lo puede negar.

 

Maduro definitivamente no es Chávez y lo que el difunto líder pudo haber contenido a punta de carisma y de manejar como un artista ese peligroso juego de atizar la candela para luego él mismo apagarla, de mantenerse en el poder su sucesor lo tendrá cuesta arriba, de espaldas y con el viento en contra.

 

La intolerancia es el signo de estos tiempos, pero ya en el pasado funestos capítulos se han escrito con la misma tinta. El nombre es muy feo y demuestra lo peor que puede surgir del género humano. Se llama fascismo, con toda su dinámica, sus símbolos y su carga de odio. Querer exterminar a todo el que piense distinto ahora es mucho más sutil. Tal vez la eliminación no sea física, pero la exclusión y el «no dejar ser ni estar» es política de Estado. La «otra mitad» también existe y nadie tiene el título de propiedad exclusivo del país.

 

mariaisabelparraga@gmail.com

 

Fuente: EU

Por María Isabel Párraga

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