La flor después de la flor
julio 2, 2013 7:36 am

Hace un año justamente, a propósito de la muerte de la entrañable María Teresa Castillo, pusimos de relieve el papel de la gestión cultural en Venezuela. Antes de la muerte de María Teresa, el régimen de Hugo Chávez dispuso que el edificio que venía ocupando durante décadas el Ateneo de Caracas pasara a manos del Estado. Desalojado de sede, pero no de sus ideas e iniciativas, con Carmen Ramia al frente la entidad vivió la necesidad de reinventarse. Cuando se observa hoy la plural actividad que cotidianamente tiene lugar en la casona que alberga al Ateneo, y se contrasta con la escasa programación cultural que tiene lugar en lo que era la antigua sede (hoy bajo la égida de la Universidad Experimental de las Artes) queda en evidencia que se puede tomar por la fuerza una instalación cultural, ponerla al servicio de un gobierno, pero jamás ningún poder político o militar ha logrado suplantar a la energía creadora que emana de la creación cultural.

 

En lo personal, aquel desalojo forzado que vivió el Ateneo de Caracas hace ya cuatro años, fue un asunto particularmente doloroso. Siendo barquisimetano, me trasladé a Caracas en los años 80 para cursar estudios de Comunicación Social en la UCAB. Sin muchos recursos, haciendo de beca-trabajo en la propia universidad para poder mantenerme, debo decir que el Ateneo de Caracas fue desde muchos puntos de vista un oasis cultural y punto focal en mi forma de ver y entender el mundo. Allí no sólo cultivé mi pasión por el cine, sino que en el Ateneo me adentré en diversas discusiones y seminarios, en exposiciones fotográficas y de arte contemporáneo, en su librería que codee con autores de diversa índole. En mi balance personal de aquellos años, el Ateneo de Caracas cumplió una función capital en mi formación cultural y como ciudadano.

 

María Teresa Castillo fungía como una anfitriona que sin distinción te hacía sentir en casa. Sí, esa fue la sensación que me acompañó tantas veces cuando mis visitas eran incesantes tanto para hojear un libro, oír una charla, ver una película, asistir a una obra de teatro o sencillamente tomarme un café. Sin ser de una familia que directamente tuviese una tradición cultural, aquellos años cimentaron en mí no sólo conocimientos sino sensibilidades, que luego me han permitido tener una visión plural del mundo.

 

Teniendo todos estos elementos en mi mente y corazón, sentí como un zarpazo la decisión oficial de desalojar al Ateneo de Caracas de ese emblemático edificio de la Plaza Morelos. Sí, se trataba de una propiedad estatal, pero que mejor uso tuvo esas instalaciones que el sello que le dio María Teresa (y luego Carmen Ramia) de ser un centro cultural diverso en su programación y plural en su concepción. Se dice fácil y rápido, pero cuando se observa lo que tiene lugar cuatro años después en ese mismo edificio, otrora ocupado por el Ateneo de Caracas, no queda sino expresar el respeto y la admiración por la gestión cultural democrática que se llevó adelante.

 

La reinvención del Ateneo de Caracas en un espacio diferente al que conocí como estudiante, obviamente más reducido, pero igualmente vibrante en materia de programación y actividades, terminó de convencerme que el poder de expropiación se puede quedar con una edificación pero nunca con el alma de una institución.

 

Traigo a colación todo este caso del Ateneo de Caracas a propósito de un nuevo zarpazo oficial contra una institución cultural. En el caso de la Flor de Venezuela se ha utilizado al creador de la instalación, Fruto Vivas, para justificar este arrebato pero no me cabe la menor duda de que en breve tiempo quedará demostrada la mentira y que más temprano que tarde se restituirá la administración regional de este espacio. Mientras tanto propongo que se reinvente la flor, no pensando en la instalación que ahora administra Andrés Izarra, sino en una gestión cultural que reivindique ese nombre y que sin importar la sede demuestre su capacidad de ofrecer una programación culturalmente diversa bajo una concepción política y artística plural.

 

Por Andrés Cañizales