Humildad

 

 

Humildad, dice el Diccionario de la Lengua, es la “Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. Es pues, teórica y práctica: conocimiento, conciencia y acción.

 

 

En su magistral obra sobre el liderazgo que antes he comentado, el historiador y estadista Henry Kissinger estudia seis casos de líderes mundiales. Tras una introducción sustantiva que sostiene que los líderes piensan y actúan en la intersección de dos ejes: el primero entre el pasado y el futuro; el segundo entre los valores permanentes y las aspiraciones de aquellos que lideran, empieza por analizar a Konrad Adenauer “La Estrategia de la Humildad”.

 

 

“El Viejo”, así llamaban al canciller alemán, no era un hombre débil. Lo contrario, se le reconoce un carácter fuerte, pero tenía claras ciertas diferencias. En sus conversaciones con Nixon, relatadas por éste en otro libro, recomendaba no confundir carácter con energía. Así como tener carácter no es lo mismo que tener mal carácter, tampoco equivale al vigor avasallante que como río desbordado arrasa todo (y todos) lo que encuentre a su paso “de vencedores”. Llegó al gobierno de una gran nación cuando esta, derrotada en la trágica aventura en que la metió el extremismo nacional socialista, estaba desmoralizada y en ruinas. Ruinas físicas y económicas, pero también políticas y sociales. Había vivido la prisión, el desprecio, el exilio interior, por eso Adenauer estaba equipado “para un papel que requería al mismo tiempo humildad para administrar las consecuencias de la rendición incondicional y la fuerza de carácter para recuperar una posición internacional para su país entre las democracias”.

 

 

Su “estrategia de la humildad”, escribe Kissinger, estaba compuesta por cuatro elementos: aceptar las consecuencias de la derrota; ganar la confianza de los vencedores; edificar una sociedad democrática; y crear una federación europea que superara los viejos nacionalismos. No era objetivos modestos en sí mismos. Obviamente eran bastante ambiciosos. Pero, no nos extraviemos, partían del conocimiento de las propias limitaciones y como proyecto de acción política, diseñaban un obrar a partir de ese conocimiento. De eso se trata la humildad. Hay que ser muy valiente para ser humilde.

 

 

Bien harían nuestros líderes y los aspirantes a serlo en la política y en cualquier actividad humana, en leer esta obra con apetito de comprender. Mucho aprenderían para bien suyo y de todos.

 

 

 Ramón Guillermo Aveledo

 

 

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