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Gobernar: de la intencionalidad a la funcionalidad

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Gobernar: de la intencionalidad a la funcionalidad

 

Reducir conflictos podría ser la prueba de fuego para cualquier gobierno y que, en caso de no superarla, demostraría una crasa incompetencia para gobernar.

 

Sin duda que la incapacidad para superar las dificultades que corresponden a un proceso de gobierno que se precie del poder que reposa entre sus responsabilidades, es un problema que afecta cuadros gubernamentales indistintamente de la ideología que caracteriza la gestión política emprendida, a través de la tarea que compromete el acto de gobernar.

 

Por eso debe reconocerse que gobernar, por su misma intencionalidad, cruza circunstancias, coyunturas, eventualidades u ocasiones. A sabiendas que estas fluyen a consecuencia de la dinámica política, económica y social que somete las realidades a las cuales se suscribe la acción de todo gobierno.

 

En el núcleo del problema

He ahí el problema que se le presenta al hecho de gobernar, toda vez que su movilidad desconoce las razones y efectos que devienen de los distintos procesos que encarnan el acto de gobernar. Cuando esto sucede, los problemas se precipitan obstruyendo los canales que favorecen la consolidación del estamento en el que radica el poder que actúa como movilizador y motivador de realidades que encajan con el proyecto de gobierno en curso.

 

De no contar con un proyecto de gobierno capaz de ser respetado en toda su extensión, tampoco el gobierno tendrá alguna posibilidad inmediata de estructurar su funcionalidad tal como electoralmente fue ofrecida. Es decir, se incurre en un problema de tal magnitud, que roza con la inducción de una seria crisis de modelación del aparato de gobierno pensado, proyectado o planificado.

 

No es que el gobierno funcione sólo por supeditarse a la legislación que plantea el ordenamiento jurídico que apunta al establecimiento del suficiente accionamiento de la estructura objeto del gobierno.

 

Gobernar no es fácil

Gobernar es más que eso. La dinámica gubernamental no se conformaría nunca con saber que su funcionalidad dependerá de ordenamientos económicos, políticos y sociales que tiendan a dinamizar sin mayores garantías los eventos que comprometen el acto complejo de gobernar de cara a la incertidumbre, tal como las realidades, obviamente, lo permiten.

 

Muchos esfuerzos por gobernar con el acierto que las realidades demandan, pasan por la construcción de la singularidad que resume la disposición de un entorno político que favorezca cada decisión enarbolada por el gobierno institucionalmente configurado. O que formaliza cualquier posibilidad de conciliación que pueda tenerse como mampara en lo que refiere a la estabilidad política.

 

No cabe hecho alguno que tienda a forzar la creación de instancias con el único propósito de terciar la parsimonia entre actores cuya orientación sea de exclusiva finalidad política. De ser así, el acto de gobernar pudiera reducirse a escalar un sólo eslabón de la cadena de presunciones que igual estructuran el devenir de la política.

 

Aunque sin la garantía de visualizar el otro lado de la ladera por donde transita el proceso de gobernar. Precisamente, es ahí por donde fluyen las ambiciones que terminan forjando oportunidades y excusas para asentar la corrupción administrativa y financiera que tanto daño hacen a toda intención y compromiso de gobernar de cara a las contingencias que sacuden toda realidad.

 

Implicaciones subsanables

Y no hay otra manera distinta a allanar este camino de necesario tránsito, de no evitarse la tentación a la que induce la corrupción estatal. Sobre todo, cuando el alto gobierno desatiende las implicaciones que impone cuando se exalta el valor relacionado con la identidad. Sobre todo, cuando se irradia como proyecto de compenetración colectiva, concienciación ciudadana y ética civilista.

 

De actuarse en aras de asegurar el éxito político, social y cultural del proceso de gobierno, entonces podrá comprenderse que será posible gobernar, trascendiendo etapas orgánicas que por complicadas no se atienden.

 

De manera que podría asegurarse que el gobierno debe avanzar hacia la optimización de sus correspondientes procesos. Así adquiere sentido y razón el tránsito de un gobierno cuando reconoce que gobernar ocurre en el fragor de una continuidad de momentos. Es por lo que esta disertación analiza tan debatido tema. Especialmente, cuando gobernar: de la intencionalidad a la funcionalidad.

 

Antonio José Monagas

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de Confirmado.com.ve

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