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Entre Pedros

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Entre Pedros

 

Recién me confesé con Rafael Cadenas, no porque sea sacerdote de cierto culto ignoto que tal vez lo sea, si así consideramos el de la sabiduría poética. Me confesé de un pecado de prisa. Explico.

 

 

Cuando durante la pandemia escribía mis Criterios de Técnica Legislativa, me detuve como es lógico en el lenguaje de la ley, tema en el que soy defensor radical de la claridad, paso necesario aunque no único para devolverle el Derecho a la justicia. No me resigno a que el Derecho sea una suerte de lengua extranjera en la que los abogados redactamos y luego cobramos por traducir. Lo que en inglés llaman algo así como “legalés”, motivo de sorna de Aníbal Nazoa en Las Artes y los Oficios. Cada capítulo lo abro con epígrafe, en apoyo pedagógico y el de Claridad es de Cadenas, para quien bien hablar nada tiene que ver con purismo, pedantería, engolamiento, afectación o adorno. La sencillez es rasgo principal del buen hablar. E invoca como lema la admonición de maese Pedro. “Llaneza muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”.

 

 

Manía de profesor, debía respaldar la cita traída por Cadenas en En torno al lenguaje. ¿A qué Pedro se refiere? ¿Quién será ese? Y llegué hasta Pedro Salinas Serrano, escritor del veintisiete español, en cuyo libro póstumo El Defensor, recordé haberla leído. Cadenás, dicho sea de paso, me contó que había leído mucho a este madrileño fallecido en Boston a los sesenta años y que por cierto, en esa ciudad universitaria norteamericana había conocido a un yerno suyo.

 

 

De mi certeza salí este año, cuando oí el discurso del poeta al recibir el Cervantes. Como un relámpago la memoria se iluminó de golpe y regresé al Quijote y ¡oh vergüenza! Se trata de un Pedro que no me pasó por la mente al escribir. No asocié el buen consejo con maese Pedro, el tramposo titiritero que hasta un mono adivino tenía que le susurraba al oído. Y allí está, resplandeciente en su obviedad, la verdad que fue elusiva a mi memoria, presionada por apuros que casi siempre son innecesarios. Hubieran la calma y la humildad de preguntar, servido de lazarillos a mi ceguera pasajera.

 

 

En la edición digital corregí mi error, pero en la impresa queda para siempre la evidencia. ¿Cómo se hace? Y es que ya lo decía Don Quijote a Sancho, páginas antes, “…el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no saque a la luz del sol…”

 

 

Y es que certero, sucinto, Cadenas lo dice, “Cuando recobramos nuestro no saber, las cosas refulgen”.

 

 

 Ramón Guillermo Aveledo

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