Encarar la realidad
abril 27, 2013 10:04 am

Uno de los problemas de la propaganda es que sus emisores la crean, y acaben por confundirse y pensar que ella es la realidad y que ésta, la realidad que es, es una especie de espejismo mediático.

 

A Joseph Goebbles, el famoso ministro de propaganda del nacional socialismo, se atribuye la frase de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. El genio comunicacional de tenebroso régimen hitleriano tenía una ventajita nada despreciable: hablaba solo. No había libertad de expresión en aquella sociedad sometida al totalitarismo. En general, a las revoluciones les resultan incómodos los medios libres y tarde o temprano acaban peleándose con ellos y cerrándolos. La “hegemonía comunicacional” como aquí la planteó como objetivo un ministro, consiste en que solo hablan los revolucionarios. Por cierto, como ese ministro ha sido reciclado en la cartera de turismo, ojalá y no se le ocurra la “hegemonía turística”, la cual podría caracterizarse por el uso exclusivo de los atractivos de la geografía nacional por parte de los partidarios fieles del proceso, previa comprobación mediante revisión de sus celulares, cuentas de correo y blackberrys.

 

Pero volvamos al asunto que es muy serio. Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, primero que todo para los encargados de repetirla. La consigna del poder ha sido que en vez de una revisión perfectamente constitucional, legal y democrática de un resultado electoral, lo que han propuesto Capriles y la Unidad es la siembra de la violencia para provocar un golpe fascista en Venezuela. Y los difusores de tal consigna, falsa y destinada a apartar la atención del verdadero tema y a compactar y animar a unas filas cuarteadas y desalentadas por la duda, son los primeros en tragarse el cuento. Convencerse de que esa fabricación es la verdad y que lo que perciben nuestros sentidos es incierto.

 

El camino trazado por la propaganda oficialista es peligroso. Tiene curvas pronunciadas, pendientes en la vía y pavimento resbaladizo. Y una de sus más nocivas consecuencias es que demora la asimilación del resultado electoral del domingo 14 para la dirigencia oficialista, empeñada en seguir viendo un país que ya no es.

 

Encarar la verdad es un imperativo político, y la verdad es que aún con el resultado oficial dado por el CNE, ese que hemos impugnado con muy buenas razones, el país no está para hegemonías. No las hay y la gente no las desea ni las acepta. La ecuación Psuv=pueblo es falsa. La consigna –otra vez no pasa de ahí- de que el pueblo es “chavista” y lo que no lo sea es puro burgués apátrida y traidor, es un cuento. También que Constitución y revolución sean sinónimos.

 

Sin contar los votos de los venezolanos en el exterior, un retardo que inevitablemente huele a apoyo de un discurso parcial, en los números oficiales, seiscientos setenta y nueve mil venezolanos que en octubre votaron por Chávez esta vez lo hicieron por Capriles y Maduro obtuvo seiscientos ochenta y cinco mil votos menos que el comandante. Ya ni siquiera es la del Psuv la tarjeta màs votada del país. Aún los datos del CNE muestran una realidad política nueva que debe ser asumida y asimilada.

 

Simplemente, no es posible ignorar, menospreciar, maldecir a la mitad de Venezuela. Una mitad de la cual forman parte, además, un buen grupo de compatriotas que hasta ayer votó por el oficialismo.

 

Los venezolanos tenemos que reconocernos y respetarnos. Y no es ocioso el uso de la primera persona del plural, porque nadie está eximido de ese deber. Los números nos alegran mucho, porque sabemos cuànto costó alcanzarlos en una campaña desigual, contaminada por el ventajismo, pero en modo alguno nos autorizan para sustituir la arrogancia roja por una tricolor. La democracia no es eso.

 

 

Fuente: El Impulso

Por Ramón Guillermo Aveledo