El segundo fracaso de Samán
julio 1, 2013 10:18 am

Los radicales de izquierda no dejan de ser cándidos y recalcitrantes. Lo primero les viene por el manejo de una realidad que para ellos es extremadamente simple, pero que sin embargo es muy compleja. Lo segundo, por insistir en los mismos errores a pesar que ellos les cuesten algo más que la reputación.

 

Samán es uno de esos personajes de comiquitas que andan sueltos por la realidad, luchando contra sus propios demonios, mordiéndose la cola, tratando de enmendar los entuertos de todos aquellos que han traicionado las premisas de su revolución, acusando a todo el mundo de no ser lo suficientemente consistentes, advirtiendo a propios y ajenos que él conoce los arcanos del éxito socialista, el hombre nuevo y la nueva economía donde no hay especulación, inflación, desempleo y mucho menos corrupción. Samán es un personaje que salió la primera vez tras el fracaso del cálculo de la arepa socialista, confinada ella a gramos de harina, sal, agua, lonjas de jamón y queso, como si los otros factores se dieran por descontado.

 

Fracasó porque amenazó con acabar con comercios y comerciantes como si terminar con ellos dejaba el cauce libre a un nuevo estadio de la condición humana, dispuesta a la repartición generosa y adversa a la ganancia capitalista, la riqueza y el lujo. Se convirtió en un peligro para la estabilidad del régimen y su dueño, así como lo metió lo sacó. Y Samán todos estos años lució en las vidrieras del extremismo, algo exótico, profiriendo acusaciones y denunciando traiciones en las que nadie estaba interesado.

 

Pero como en las revoluciones socialistas la historia se repite al menos dos veces, una como tragedia, y otra como farsa, el funcionario vuelve por sus fueros, al mismo sitio que conoció sus chascos, sin haber renegado sobre ninguna de sus creencias, dispuesto a perder menos tiempo y a cerrar filas con un grupo de selectos camaradas que se juran invictos ante las tentaciones del mundo. Samán de nuevo cree que la suerte de la revolución está en sus manos, y sale a la calle a enfilar sus lanzas contra esta realidad llena de carencias económicas.

 

Empero se hace las preguntas que no son y por lo tanto sus respuestas son necesariamente erradas. Se pregunta por las razones de la escasez y de inmediato responde que ella es causada por una inmensa conspiración internacional cuyos cipayos son los buhoneros. Anuncia que les va a cortar los suministros y que los va a someter por hambre. Vuelve a interrogarse sobre la escasez y la segunda respuesta que se le ocurre es que los consumidores también son culpables y que podría allanar casas para desenmascarar esa maldad burguesa que atenta contra la solidaridad del pueblo y deja sin oportunidades a los más pobres. Se pregunta de nuevo y esta vez arremete contra comerciantes y empresarios que hacen todo lo posible para dejar mal parada a la revolución, y anuncia inspecciones, ocupaciones y expropiaciones al amparo de la ley más inconstitucional del país, precisamente la que lo empodera para hacer y deshacer.

 

Lo mismo hace con la inflación, para llegar a los mismos errores. Esta vez imagina esa maldad caricaturesca que es siempre avara y muchas veces cruel, que sube los precios por el mero placer de hambrear a los pueblos y dejar sin el pan a las viejitas y los niños. No se pregunta si la pérdida de valor adquisitivo tiene que ver con la inmensa deuda que tiene PDVSA con el BCV, o que la moneda no tiene respaldo razonable en las reservas internacionales.

 

No se pasa por la idea de que sea el gobierno el especulador que él quiere encontrar, y que lo que ha hecho en los últimos años no se puede llamar de otra manera porque ha jugado con el precio del dólar, ha manoseado la moneda, ha devastado las reservas y por alguna razón no quiere decir donde están los recursos del FONDEM. Tampoco quiere saber qué es eso de “boliburgueses” que tienen yates, aviones y plata de sobra para comprar televisoras y periódicos, mientras su “recompuestas” mujeres llenan casas y playas de islas caribeñas haciendo gala de todo lo que tienen gracias a la generosa revolución.

 

Las preguntas que no se hace Samán son las realmente interesantes. No solo ignora olímpicamente esa corrupción flatulenta cuyo hedor es ya inocultable. Tampoco se interroga sobre las verdaderas causas de la escasez y la inflación, asociadas a tres factores que están en manos del gobierno y que por lo tanto lo hacen responsable. El primer factor es el modelo económico socialista, interventor, entrometido, controlador, enemigo de la libre empresa, cercador de la libre iniciativa y depredador de los derechos de propiedad.

 

¿Sabe Samán de los trámites complicados y costosos que se imponen a la empresa privada? ¿Tiene alguna versión sobre los quince o más tributos e imposiciones con los que se grava a la empresa privada? ¿Sabe acaso el galimatías en se ha convertido la ley del trabajo, los nuevos horarios y todas las restricciones que debe administrar el comerciante? ¿Tiene conciencia de los costos asociados a la inseguridad, la matraca, los retardos procesales, la permisería creciente, y la escasez de cualquier insumo, materia prima, incluidas las divisas?

 

El segundo factor es la indisciplina y la diletancia con las que se maneja la cosa pública. Aquí no hay gobierno como unidad, continuidad y sistematicidad. Aquí no se sabe quién manda y cuáles son sus propósitos. Pero hay algo peor: Aquí no hay presupuesto sino un “inmenso capricho” que sale de compras y que igual le da comprar aviones, armas o regalarle a una empresa privada lusitana la oportunidad de hacer una autopista milmillonaria.

 

Lo que leen los demás es que aquí no hay ni conducción, ni talento, ni rumbo, ni capacidad para guiar al país. Aquí nadie sabe donde están los reales ni que pasó con PDVSA, ahora contra la pared, incapaz de crecer, inerte ante el reto del mantenimiento, y reacia a reconocer la fatal equivocación que nos tiene al borde de la quiebra. Samán no inquiere sobre el presupuesto en dólares, tampoco se imagina qué puede ocurrir cuando se prometen divisas pero no llegan, o lo hacen demasiado tarde.

 

El tercer factor es el odio y el resentimiento. Samán es uno de sus abanderados. Ve enemigos y aspira a batallas y exterminios, sin comprender que esa es la peor contribución que puede hacer a las utópicas metas del comunismo en el que él cree. Sin empresa privada, sin muchas más de las que existen ahora mismo, sin nuevos emprendimientos y otra escala de capacidad productiva no va a tener otra suerte que pasar a la historia como el que perdió su tiempo intentando conjurar falsos espectros. Samán está condenado al fracaso porque sus hipótesis son nulas. Está simplemente equivocado porque la suerte no está en sus manos ni en el ejército de fieles conversos con los que reorganizó la institución a su cargo.

 

Todos esos funcionarios son parte del problema, mientras que todas las empresas que no tenemos son parte de esa solución que un inquisidor como él va a impedir que ocurran. Un dato que tal vez Samán no quiera reconocer: La inflación escala a dos dígitos mensuales y eso es solo el inicio de un período muy tormentoso, lleno de problemas de gobernabilidad y acertijos que no pueden ser respondidos desde el comunismo.

 

e-mail: victormaldonadoc @gmail.com

Twitter: @vjmc

Por Víctor Maldonado