El chavismo post Chávez en sus días más locos y peligrosos
abril 6, 2013 10:00 pm

 

No siento desconcierto ni sorpresa por el giro cada vez más estrambótico asumido por el chavismo post Chávez a un mes de la muerte y resurrección del “presidente eterno”, tumulto entre carnavalesco y mortuorio que uno no sabe si se dirige a la creación de las primeras “escolas de samba” en el país, o a una religión milenarista donde ángeles y demonios se baten por el establecimiento del reino de Dios en la tierra.

 

Bochinche de un signo absolutamente distinto a todos los sufridos en el país en sus 500 años de historia y que nos lleva a preguntarnos si el tiempo ha significado algo para una comunidad de 30 millones de personas que pueden comportarse como viajeros de la Alta Edad Media, o nómadas recién llegados de alguna estepa del Asia Central.

 

Lo cierto es que cosas extrañas e inescrutables se suceden en la tierra donde nacieron Andrés Bello, Simón Rodríguez, Fermín Toro y Rómulo Gallegos, sucesos como jamás soñaron que sucederían nuestros apacibles abuelos, los cuales, si bien no abrigaron mucha confianza en que sus descendientes salieran del atraso y la miseria en que los dejaron las guerra civiles del siglo XIX, tampoco pensaron que retrocederíamos a los tiempos de aquel obispo de Caracas que se llamó don Mauro de Tovar, o a la corte africana del Rey Miguel y su esposa Guiomar.

 

Porque no hay dudas, un gobierno de rasgos coloniales, fuese importado de Europa, África, o el Caribe es el que nos ha alucinado en los últimos 14 años, con emperador y todo, adobado ahora con una secta totémica y fetichista que pronto pasaría a ser el pendón básico de una Venezuela mágica o religiosa.

 

Un mundo donde todo puede decirse porque todo puede creerse y proponerse porque todo puede aceptarse y hacerse porque ya no son cosas de hombres sino de dioses que se fueron a los cielos con nuestro destino en el bolsillo.

 

Con decirles que ya vamos por el relato del presidente encargado y candidato a la presidencia de la República, Nicolás Maduro, de que el difunto presidente, Chávez, se le presentó “en forma de un pajarito”, lo silbó, le bailó, le cantó, lo bendijo y le trazó el rumbo para que no perdiera la batalla en la campaña electoral que esta semana llega a su fin.

 

“Y yo también lo silbé”, agregó Maduro “le bailé, le canté y le juré que jamás nos apartaríamos de las enseñanzas que nos dejó en su tránsito por la tierra”.

 

Aparición, silbido, ave, cantos y bailes que se han constituido en toda una epifanía para los millones de seguidores que ya visten los hábitos de los caballeros de la religión de Chávez, y su intérprete Maduro, pues si con tales señales empezó la resurrección ¿que no se esperaría para los tiempos en que los conduzca a combatir al capitalismo y al imperialismo en un Armagedón en que los Ejércitos del Bien borrarán de la faz de la tierra a las huestes del Mal?

 

De los islámicos chiitas iraníes se cuenta que en la guerra Irán-Irak enviaban a los niños a las batallas con llaves colgados de sus cuellos para que abrieran las puertas del cielo en caso de morir en el combate, y todo el mundo civilizado ha retrocedido de estupor oyendo a historiadores de Corea del Norte diciendo que Kim Il Sung, y King Jon-il no nacieron sino que bajaron del “más allá” en sendas águilas blancas´

 

¿Oiremos, entonces, a los exégetas del chavismo proclamando leyendas como que su “héroe” no era nacido de madre mortal sino mediante un acto sagrado del Dios Supremo y Todopoderoso?

 

Puede ser, porque ya su intérprete y sucesor, el pretendido San Pablo de la nueva religión, Maduro, dice que oye hablar al sol, a la luna, a las piedras y que todos les dicen que será el próximo presidente electo de la República.

 

Profetismo que explica también porque desde el momento que se conoció la muerte de Chávez, Maduro, declaró que era el receptor de su carisma, el vaso o recipiente que recibía los dones de su sangre y espíritu que lo convertían en su único e incuestionable sucesor.

 

Jugada por dos bandas que solo podía completarse si Maduro convencía a los chavistas que “era hijo del Chávez unigénito y no concebido”, que a su vez recibía el mandato de completar la obra del Redentor y Salvador.

 

Debe destacarse a este respecto que en su reciente visita a la casa natal del Santo en Sabaneta de Barinas, Maduro le pidió al hermano mayor de Chávez, Adán, que le diera el tratamiento de “sobrino” y no de “camarada”, y en cuanto a la hija mayor, María Gabriela, le rogó que lo llamara “hermano”, pues “somos hijos del mismo padre”.

 

Laberinto de los más inextricables examinados con ojos humanos, pero que entre estos espíritus de la luz, transformadores y transmutadores de mundos, ocurren con la mayor naturalidad, porque no proceden del más acá sino del más allá, no de la física sino de la metafísica.

 

Así, no es extraño oír decir a Maduro que Chávez no está muerto sino vivo, y que gobernará a través de él, de la misma manera que cuentan que en el vudú haitiano espíritus poderosos se apropian de cuerpos débiles y actúan a través de ellos.

 

De modo que, aquí las sospechas no pueden dejar de acosar: ¿De verdad está Maduro poseído de un espíritu bien muerto y enterrado y a lo mejor fastidiado de los cosas de este mundo y ansioso de refugiarse en el otro? ¿Y si se tratara más bien de espíritus muy vivos, de esos entre quienes dicen se formó y educó, los hermanos Fidel y Raúl Castro de Cuba que hace mucho tiempo lo tomaron como agente, y no como zombie, y lo vienen usando para echarle de una vez por todas el guante a Venezuela?

 

Las suspicacias se me acrecientan cuando pienso que todavía no está claro si Maduro es un ciudadano nacido en alguna parte de Venezuela, de padre y madre venezolanos y con una vida realizada con todas sus consecuencias en el país.

 

También me llama la atención cómo Chávez, con todo el cubanismo que se atribuía y se le atribuyó, terminó siendo un secuestrado, casi un zombie de las autoridades cubanas, al extremo de no percibir que se le aplicaba un tratamiento totalmente nocivo a su salud, y que concluiría matándolo, pero no sin antes nombrar a Maduro como su sucesor.

 

Otra pregunta que no deja de darme vueltas: ¿Por qué el empeño de crear el mismo día de su muerte la religión de San Chávez, al extremo de tenerlo ya preparado para una momificación, que al no realizarse por razones logísticas. pasó a convertirse en un santuario o iglesia donde reposan sus restos en una urna de cristal?.

 

Y en torno al cual se realiza ya un culto, con ofrendas de feligreses, vigilias de fieles y ceremonias como las que se estilan con cualquiera figurada venerada cuyas reliquias adquieren el fulgor de la santidad.

 

Escenario en absoluto diferente al que creó Stalin después de la muerte de Lenin en la Rusia de 1924, también momificado y objeto de una adoración rayana al paroxismo, que fue la base de la cual partió el carnicero de Georgia para llevar a cabo las violaciones de los derechos humanos más masivas y sangrientas que conoce la historia.

 

Porque tras de los cultos, religiones e iglesias para los “héroes revolucionarios” vienen los asesinos, como si los hombres del “más acá” necesitaran a estos agentes del “más allá” sin cuya bendición no se atreverían a cometer tanto atropello de la ley y los derechos humanos.

 

De ahí que, no se me escape que en estos días el postchavismo con la esquizofrenia religiosa que parece ser ahora la marca de su comportamiento político, es también una claque de enorme peligrosidad, una que comience a cometer sus fechorías, no por mandato de la historia, sino de un semidiós que supuestamente está en los cielos.

 

Manuel Malaver