¿Cuánto falta para que termine el secuestro de una nación llamada Venezuela?

¿Cuánto falta para que termine el secuestro de una nación llamada Venezuela?

 

 

Es muy difícil predecirlo. Porque los regímenes políticos sustentados  en la fuerza tienden a ser longevos. Basados en el control policial, encarcelamiento y tortura, exilio y asesinato de opositores, control social por un ejército pretoriano, más la prohibición de elecciones libres, son estructuras blindadas que suelen mantenerse gozando de buena salud por años. Generalmente sobreviven décadas.

 

 

Cuba ya lleva 64 años ininterrumpidos de gobierno comunista. Sigue con vida desde  enero de 1959, cuando los barbudos entraron triunfantes a La Habana. Fidel Castro, no lo dejen pasar como algo menor, es un récord man:  el sátrapa latinoamericano que por más tiempo, ¡49 años!, ha sido jefe de gobierno.

 

 

Castro superó en diez al general  Alfredo Stroessner, quien pasó 39 años pateándole el trasero a los paraguayos que se le oponían. Fidel también estuvo 18 años más que ese violador de niñas, como nos contó Mario Vargas Llosa en La fiesta del chivo, otro general, llamado Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano que es el tercero de abordo en este top five sangriento que estoy diseñando. El cuarto, que casualidad, también militar, el general Porfirio Díaz, dominó por 30 años y ciento cincuenta cinco días a la nación mexicana.

 

 

Lo que demuestra que no es decisivo ser de derecha ni de izquierda –caribeño, norteamericano o sureño– sino tirano, militar o guerrillero, y enemigo de la democracia, para pasarse buena parte de la vida adulta haciendo lo que te dé la gana con una nación a la que tienes sometida.

 

 

Por ejemplo, Daniel Ortega –ex guerrillero– ya ha sido presidente de Nicaragua por más tiempo (21 años)  que el dictador Anastasio Somoza (20 años). Gobernó primero entre 1985 y 1990, presidiendo la Junta del Frente Sandinista. Y no ha dejado de hacerlo desde el 2007, cuando ganó las elecciones a través de una alianza con el ultraderechista Arnoldo Alemán y la jerarquía católica conservadora.

 

 

El top five de los tiranos longevos lo completa el  general venezolano Juan Vicente Gómez. Estuvo  27 años en el poder. Entre 1908 y 1935. Pero si el cáncer voraz que lo asaltó sin piedad no lo hubiese sacado de este mundo, Chávez Frías, otro militar, como los cinco anteriores, seguramente estaría a punto de alcanzar y superar a Gómez  sacándolo del ranking en el 2027. Pero la a enfermedad no se lo permitió.

 

 

Por supuesto que en política nada es lineal ni predecible. Si el comando que lo esperó en una calle de Santo Domingo el 30 de mayo de 1961 no lo hubiese acribillado a balazos, Rafael Leónidas Trujillo quizás hubiese muerto en su cama como Gómez, Franco, Stalin o Chávez con todos los hilos del poder en sus solas manos.

 

 

En eso pienso mientras hago este recuento de tiranías  longevas y me pregunto cuántos años aún nos quedarán para seguir sufriendo el infortunio de la satrapía chavista. Porque pronto se cumplirán veinticinco años padeciendo este régimen.  Y un cuarto de siglo es mucho en la vida de un país. Pero muchos más, en la de una persona.

 

 

Los venezolanos demócratas tenemos años emocionándonos periódicamente ante la posibilidad de salir de esta alianza de civiles y militares que piensan como Marx, les gusta vivir como Rockefeller pero actúan a lo Pablo Escobar.

 

 

Nos hemos emocionado muchas veces. En el 2002, cuando multitudes en las calles lograron sacar por unas horas a Hugo Chávez. Y nada, luego regresó. En el 2008, cuando derrotamos su intento de reformar la Constitución, pero igual a fuerza de decretos, nos derrotó y aplicó sus caprichos socialistas.

 

 

Nos entusiasmamos cuando se suponía que Henrique Capriles iba a derrotar a Nicolás Maduro en las elecciones de 2013, pero de inmediato volvimos a la casa de la tristeza cuando  aquella señora deprimentemente deshonesta que presidía el  Consejo Nacional Electoral del PSUV anunció que Maduro había ganado por una diferencia irrisoria.

 

 

Volvimos a la esperanza con la victoria aplastante de la Unidad Democrática en las elecciones legislativas del 2015. Pero la sonrisa duró poco porque rápidamente Maduro desconoció la nueva Asamblea e inauguró el gobierno de facto que ejerce hasta ahora.

 

 

La última emoción vino con el llamado gobierno interino que presidió Juan Guaidó. Había  líder nuevo  y esperanza fresca. Pero poco a poco todo se fue diluyendo y con el apoyo de diputados de la Asamblea Nacional legítima, una parte importante de la misma oposición  decidió suicidarse eliminando el gobierno interino y su propia condición de parlamento.

 

 

Ha aparecido una nueva esperanza. En medio de la convocatoria a unas elecciones primarias, de cuya realización nadie tiene certeza, ha surgido lo que podemos llamar el “efecto María Corina Machado”. Las calles de muchas ciudades venezolanas han vuelto a presenciar el entusiasmo esperanzado –marchas, mítines, caravanas, caminatas– y cuando su aprobación comenzó a volar alto, el gobierno rojo se atrevió a anunciar la inhabilitación por quince años de la mujer que ha logrado recuperar, otra vez, la esperanza de cambio.

 

 

Ahora no sabemos qué jugada viene. Hemos entrado en una especie de limbo. Otra vez. Las primarias, pareciera ser lo cuerdo, deberían realizarse tratando de vencer todos los obstáculos que el PSUV, el aparato de gobierno rojo y los militares pretorianos colocarán para impedirlas.

 

 

Lo sensato parece ser, también, que María Corina, no importa si está inhabilitada, igual que Henrique Capriles, sean candidatos. Porque lo que está en juego no es solo una elección, sino la legitimación colectiva de un nuevo y claro liderazgo opositor con visión de largo plazo, voluntad de resistencia, vocación de lucha estratégica e imaginación política que aprenda a eludir el juego de acosos que desde hace un cuarto de siglo en cada round, con un gancho de izquierda, nos tira a la lona.

 

 

Por ahora nos han dado un golpe de Estado muy bajo desarticulando el Consejo Nacional Electoral. Me pregunto: ¿Seguiremos sometidos a la ortodoxia de que solo podemos salir de esta tragedia por la vía electoral tradicional o buscaremos otras formas, más imaginativas y menos resignadas, pero igual de democráticas, para no ir a poner periódicamente la cabeza en la mesa de disección donde cada cierto tiempo nos dan un hachazo en el matadero de las ilusiones?

 

 

Si el Plan A no funciona habrá que formular un Plan B. ¿O no? ¿Tendremos que resignarnos como los cubanos a esperar que el régimen celebre sus 65 años de existencia?

 

 

 Tulio Hernández

 

Artículo publicado en Frontera Viva

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