«Caraqueños o ciudadanos de primera»

«Caraqueños o ciudadanos de primera»

La pequeña Venecia o Venezuela, como nosotros la conocimos mucho después es, desde tiempos inmemoriales, un país de mestizaje: de zambos con españoles; africanos con indios, blancos de orilla con peninsulares, de negros con blancos que daban como resultado a los salto pa’tras. ¡Esa gran mezcla es la variopinta piel venezolana!

 

 

En un país donde las clases nunca han sido tan marcadas porque nuestra idiosincrasia es ser “parejero” y eso de los “virreinatos” se lo dejamos a la Nueva Granada, Rio de la Plata y al Perú, Venezuela se desarrolló en un pozo petrolero en el que las clases nunca fueron monolíticas porque todos se bañaron juntos en el oro negro y cada tres por dos las personas pasaban de alpargatas a zapatos y cuando “el vivo” se descuidaba volvía a ellas sin mucho apuro.

 

 

La realidad de Venezuela nos ha empujado, imperiosamente, a empezar a creer en la ciudadanía de segunda, esa frase peyorativa y por demás ignorante: “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”, se ha vuelto el corte de luz de cada día. La ciudad principal del país se desarrolló de forma irregular y junto a ella y el margen de pobreza se le adhirió en una relación poco simbiótica.

 

 

En “La Capital” se haya de todo: inseguridad a granel, asesinatos en cada esquina, agua limpia o sucia, de lluvia o del Río Guaire, como la prefiera. Colas por comida, para pagar los servicios que escasean, para hallar los medicamentos que no se pudrieron en los puertos y luz “porque aquí no se puede racionar”, ya que los ciudadanos que habitan en Caracas son “de primera” y los del interior “de segunda” y a ellos sí se la podemos quitar. En el interior no se trabaja, no se produce, no hay como en Caracas peluqueras que si no enchufan el cercador no comen.

 

 

En el interior se produce lo poco que aún se hace y todo lo que se consume en la capital: leche, carne, cerveza, harina. Pero la Ciudad de los techos rojos debe tener luz para consumir lo que se realiza en Carabobo, Apure, Aragua y Mérida. Mientras un domingo en los Valles del Tuy se va la luz tres veces, diez horas de las 24 que tiene el día, en Caracas no se va ni una sola, cuando gran parte de la población tuyera labora de lunes a viernes en la capital, que está a tan solo una hora veinte minutos.

 

 

Mientras en Caracas esperan por el estreno de una serie en el interior del país los ciudadanos tienen que buscar velas, luchar contra las plagas, sufrir de calor y perder su tiempo de ocio en ocio. Según la Organización de Naciones Unidas la luz es un derecho humano y el gobierno priva a la gran población venezolana de este, minimiza su humanidad a la oscuridad.

 

 

El ciudadano de segunda es el nuevo venezolano, es quien produce para ser relegado, es quien trabaja para ser desplazado, es quien paga al igual que otro ciudadano, pero a quien reducen su vida a catorce horas un domingo. La Venezuela socialista es desigual, el elefante tiene parches de claridad y muchos en tinieblas, es aquí donde “Seguid el ejemplo que Caracas dio” ya caducó, se perdió y en la oscuridad cayó.

 

 

Alberto Martínez Vizcaya

@AlbertMViz

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