Año 2014: Derecho a la vida y diálogo

Año 2014: Derecho a la vida y diálogo

1Retorno al oficio. Comenzando un año difícil, 2014, que empezó en medio de sobresaltos y angustias. Por muchas razones. Porque siempre la gente se forja ilusiones al inicio de cada nuevo año. El ser humano es así y, por fortuna, pese a las decepciones que acumula por las reiteradas frustraciones cotidianas, su espíritu se rebela ante el conformismo y busca torcerle el brazo a la fatalidad. Pero hay otras razones de por medio.

 

Una es el pesimismo crónico que abate a muchos compatriotas y el papel que juega el mensaje mediático, distorsionador de la realidad, que añade elementos de confusión. Al respecto, cabe señalar que cuando la imagen que se ofrece del país –que es el caso de Venezuela hoy– es de desolación, de que todo se desploma y el país se hunde, la sordidez de esa imagen termina por convertirse en formato. ¿Cómo reaccionar ante una prédica que exhibe al país como el más corrupto del mundo, como el lugar donde hay más delitos y donde la vida nada vale?

 

2¿Acaso es cierta esa imagen? No lo es. Lo afirmo de manera categórica. Al contrario, Venezuela es una nación plena de valores. Un país capaz de adelantar, de manera incruenta, cambios sociales que en otros tienen un costo desmesurado. El pueblo venezolano es trabajador, pacífico, democrático. Ha asumido políticas audaces a un bajo costo social y humano. Ha convertido el sufragio en instrumento idóneo para avanzar.

 

Empezar este año postrados ante el pesimismo o creyendo en éxitos absolutos, es no solo una ingenuidad, sino también pretender ocultar lo que subyace en nosotros. No somos un pueblo elegido, pero sí un pueblo consciente, responsable, que históricamente ha dado la cara a las dificultades. Un pueblo que merece respeto, ante todo por parte de nosotros mismos. Pueblo que no se merece el desprecio implícito en mensajes con los cuales constantemente nos autoflagelamos.

 

Al contrario, hay razones para asumir el 2014 con optimismo. Transitamos el 2013 bordeando el abismo, sin caer en él. Salimos airosos de situaciones críticas utilizando mecanismos democráticos, y lo que ahora reclama la mayoría no es otra cosa que trabajar por la paz, por el entendimiento.

 

Es el compromiso verdadero con ese pueblo que se niega a tomar los atajos de la violencia fraticida. Abrir las puertas al diálogo, sin arriar banderas ni renunciar a lo que cada quien representa en el universo plural venezolano, es la esencia del mandato que los electores depositaron en manos del liderazgo nacional, tanto el político, como el económico, el social y el cultural.

 

El crimen, los crímenes

Para corroborar lo anterior, quiero hacer el siguiente señalamiento: demostración concreta, inequívoca, de las virtudes del venezolano, ha sido su capacidad para responder ante hechos aciagos. Ejemplo: el país todo reaccionó contra el asesinato de la actriz Mónica Spear, de su esposo y las lesiones a la hija. En ese instante desapareció la polarización, la división de opiniones –menos en grupos e individualidades carcomidos por el odio–.

 

Desaparecieron los colores partidistas y se abrió paso, con fuerza de torrentera, la necesidad de rescatar la tolerancia para encarar el desafío del delito. El tema dejó de ser consigna política y se convirtió en motivación vivencial para todos. Hubo conciencia de que la violencia criminal es una causa nacional que obliga a unirse. Maduro convocó a diálogo y a la adopción de medidas contundentes contra aquellos que desafían la ley.

 

Y lo interesante es que de inmediato se produjo la respuesta positiva del liderazgo opositor en el mismo sentido. En medio de la tragedia renació la esperanza, lo cual confirma la calidad humana del venezolano. Por tanto, todos debemos augurar éxito al proceso de lucha contra la inseguridad que se inicia a partir de esa actitud para convertirla en logro de vida para todos. Para que no haya víctimas de primera y de segunda, sino que cada caso reciba igual atención, con base en la ley. Demostrando que el Estado de derecho puede afrontar desafíos con resolución y eficacia.

 

La reacción unánime de repudio que generó el crimen, es consecuencia no solo del rechazo al abominable hecho, también es expresión del sentimiento que se observó en los venezolanos a partir de las elecciones municipales del 8-D. Ese sentimiento se expresó a niveles políticos, sociales y económicos a favor de la paz, de la voluntad para superar la polarización para darle prioridad al tratamiento de temas de fondo.

 

El mandato de diálogo que tácitamente surgió de aquel evento, lo acogió el presidente Maduro cuando convocó a Miraflores a alcaldes electos y gobernadores opositores. Y cuando ante lo sucedido el 7 de enero en la autopista Valencia-Puerto Cabello, Capriles y Falcón, y los partidos de la MUD, asumieron el diálogo y se declararon dispuestos a asistir a Miraflores, como en efecto ocurrió. Hecho impensable hasta ese momento, dado el clima de crispación existente. Sin duda que la situación cambió. Que hay en la dirigencia del país un brusco y positivo viraje hacia al diálogo que abre las puertas a la esperanza.

 

Laberinto

El diálogo es palabra de orden hoy en Venezuela. Es el mandato que con más fuerza proviene de las elecciones municipales del 8-D. Quizá debido a la característica de esos comicios. A lo que significa diálogo para los sectores que participaron y recibieron el voto del pueblo. ¿Por qué razón? Porque la polarización termina por ser el fenómeno que más afecta a los municipios y, por ende, al ciudadano, que ve cómo los temas de su interés, los que directamente lo afectan, son relegados por la confrontación política que genera la polarización…

 

A propósito de ese tema, hay dos posiciones perfectamente definidas (diría Perogrullo): una, la que suscribe y apoya el diálogo con sinceridad, en función de principios y de la búsqueda verdadera de un rencuentro de los venezolanos; otra, la que utiliza el planteamiento con fines politiqueros, como banderín de enganche y recurso para engañar a incautos…

 

Para no retroceder mucho en la historia del país y explicar lo que está detrás de algunas reacciones, por ejemplo, la de alguien que considera una inmoralidad el optimismo. ¿Eso significa que auspiciar el diálogo, es decir, que los venezolanos no nos matemos, equivale a una actitud despreciable, al extremo de afirmar que “ser optimista es ser inmoral”? ¿Acaso no es más inmoral echarle leña al fuego de los odios y estimular, tácita o abiertamente, que se cierren los caminos para restablecer la posibilidad de que los venezolanos nos pongamos de acuerdo para abordar soluciones de los grandes problemas sin sacrificar principios?…

 

Igual pasa con alguien que sostiene que “el éxito del diálogo que se está anunciando depende de afirmar lo que el designio de Chávez negó”. Si este personaje fuera honesto en el análisis y no tuviera el soterrado propósito de disparar contra el diálogo -y recurriera a la historia de episodios como el 11-A, el paro petrolero y otros hechos-, se sorprendería con la actitud que realmente adoptó el ex presidente Chávez en aquellas circunstancias. Los llamados sinceros que hizo a dialogar -similares a los de Maduro- en instantes cruciales, y la manera como los eternos enemigos de tal opción los sabotearon. Por lo cual, por cierto, pagarían un elevado precio a consecuencia de semejante torpeza.

 

Por José Vicente Rangel

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