A Guyana con cariño

A Guyana con cariño

 

Borges exaltó hace casi un siglo las excelencias del Religio Medici (La religión de un médico) de Sir Thomas Browne  (1605-1682), hombre controversial que fue  muy perseguido por su humanista heterodoxia.

 

 

El crítico italiano Mario Praz, gran erudito en literatura  inglesa, erige a Browne como “uno de los Santos Padres del ensayo moderno, detrás de Montaigne: uno de los primeros en explorar la desconocida  región del yo cotidiano. La religión de un médico es un libro único”.

 

 

Por mi parte, no habría dado nunca con Sir Thomas de no ser por un escritor guyanés que, siendo embajador de su país en Venezuela cuando aquel apenas comenzaba a ser una nación independiente, dictó en Caracas, allá por 1970, un breve ciclo de conferencias sobre autores británicos.

 

 

El embajador se llamaba Edward Ricardo Braithwaite, expiloto de la Real Fuerza Aérea británica durante la Segunda Guerra Mundial y doctor en Física por la Universidad de Cambridge. El embajador Braithwaite fue autor, también, de una exitosísima novela autobiográfica: Al maestro con cariño (To Sir, with love). Llevada al cine en 1967, Sidney Poitier encarnó en ella al embajador Braithwaite en su experiencia como profesor de una secundaria en el barrio londinense de Stepney, durante los años sesenta del siglo pasado.

 

 

El inopinado interés de Maduro por la centenaria disputa fronteriza con Guyana y el empeño que ha puesto  en convocar un referéndum me han hecho recordar las tardes del embajador Braithwaite. Sus conferencias, patrocinadas por el British Council, fueron más bien charlas en petit comité que tenían lugar en una terraza de San Román que miraba al valle de Caracas.

 

 

Los padres de Braithwaite eran ambos egresados de Oxford y pertenecían a la clase media afroguyanesa. Pudieron mandarlo al City College de Nueva York de donde, en 1940, el embajador se alistó en la Real Fuerza Aérea. Como piloto de Spitfires voló muchas misiones sobre el teatro europeo. Recordaba con afecto la camaradería de su unidad y afirmó siempre que entre aquellos pilotos casi exclusivamente blancos jamás se sintió discriminado. Las cosas cambiaron por completo al terminar la guerra.

 

 

Aunque Braithwaite ganó un doctorado en Física por la Universidad de Cambridge, anduvo desempleado los primeros años de posguerra. Acudió a una veintena de concursos para suplir plazas de docencia universitaria. Quedaban siempre en llamarlo y luego nada: el problema era su color, desde luego.

Amargamente desalentado, un día se hallaba sentado en el banco de un parque y entabló conversación con un anciano londinense muy simpático que escuchó su lamento y lo encaminó a una carrera como profesor de escuela secundaria. Sus experiencias en un barrio pobre del este de Londres nutrieron la novela que en 1959, a los 47 años, le trajo repentina fama. Allí comenzó una brillante carrera humanitaria.

 

 

A comienzos de los años sesenta, Braithwaite acumulaba ya una gran experiencia como funcionario de Servicios Sociales en el Reino Unido. La Federación Mundial de Veteranos de Guerra, que agrupa hoy a más de 60 millones  de personas, lo nombró en 1968 alto consejero en Derechos Humanos. En esto, independiente ya Guyana desde 1966, su país destacó a Braithwaite ante la Unesco y luego, como embajador especial en Venezuela. Las cosas no andaban bien entre ambos países.

 

 

El año anterior, una rebelión armada de separatistas guyaneses debió replegarse hasta una base militar venezolana en donde solicitaron asilo. Esto ocurría  poco después de que Caracas denunciase el fraudulento laudo arbitral de París que en 1899 despojó a Venezuela de la tres cuartas partes del actual territorio guyanés. Georgetown acusó a Caracas de provocación belicista.

 

 

En 1970, los gobiernos del Reino Unido, Guyana y Venezuela suscribieron en Puerto España, Trinidad, un protocolo que suspendía las reclamaciones venezolanas durante 12 años. Nadie en círculos diplomáticos puso entonces en duda que el prestigio y la capacidad de persuasión de Braithwaite fueron fundamentales en el acuerdo que preservó la paz entre Venezuela y Guyana.

 

 

De las antiguas colonias británicas en América, Guyana llegó a ser, a fines del siglo pasado, una de las más pobres. Desde 2015, cuando se registró el hallazgo de grandes reservas submarinas de petróleo, el país de 800.000 habitantes va camino a ser el cuarto productor mundial de petróleo obtenido mar adentro, por delante de Qatar, Estados Unidos, México y Noruega. Su ingreso fiscal hasta la fecha rebasa los 1.600 millones de dólares.

 

 

Es comprensible que la camarilla cleptómana de Nicolás Maduro, que ha convertido la otrora rica Venezuela en un erial donde campea una pobreza y puesto al país detrás de Haití, quiera reanimar la reclamación territorial acusando a Guyana de subastar yacimientos que según Caracas se hallan en las áreas marinas en reclamación y no le pertenecen. Maduro ha convocado un referéndum consultivo para dentro de tres semanas.

 

 

Las preguntas que hace el referéndum son marrulleras, confusionistas y chantajean al electorado con patriotera retórica antiimperialista. Todo ello a pesar de que, en la década pasada Hugo Chávez desistió, paladinamente, con argumentos igualmente antiimperialistas, de echar adelante la disputa limítrofe. Llegó a proponer el desarrollo conjunto de la zona en reclamación.

 

 

La oposición partidista, característicamente, titubea ante un referéndum inoportuno y emponzoñado, una bravuconada de clara inspiración militarista que torpemente busca “unificar” a la población propalando una conspiración de la ExxonMobil y el gobierno de Georgetown. No oculta la codicia que lo mueve. Por  sobre todo, es insidiosamente inicuo: no es lícito absorber –ocupar—unilateralmente una zona aún en litigo.

 

 

Uno se pregunta quién podrá hoy en Guyana saudita ver ventaja alguna en hacerse ciudadano del petroestado más fallido del mundo cuyos gobernantes han volatilizado un  millón de millones de dólares en un cuarto de  siglo y se hallan imputados en masa ante la Corte Penal de La Haya por crímenes de lesa humanidad. La oposición venezolana, característicamente, titubea ante un referéndum extemporáneo, una bravuconada militarista que no oculta la codicia que lo mueve. ¿Temen los timoratos políticos venezolanos que llamar a la abstención en el marrullero referéndum pueda enajenarles el voto de quienes aún quedan en el país?

 

 

Ciertamente, la abstención no ha sido buena idea en el pasado. Sin embargo, llamar a responder “No” a las cinco emponzoñadas preguntas de Maduro no sería  abstenerse sino un desafío que bien vale la pena lanzar a la dictadura en la antesala de una reelección presidencial que Maduro, cada día más forzado a medirse con María Corina Machado, no debería ganar. Con lo que vuelvo a nuestro admirable embajador Braithwaite.

 

 

Poco después de firmado el protocolo de Puerto España dejó el servicio diplomático y, ahora sí, se dedicó a la academia. Enseñó literatura en New York University y en la reputada Universidad de Howard, en Washington D.C., hasta su muerte en 2016, a los 104 años.

 

 

Ibsen Martínez

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