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La corrupción es tan antigua como la prostitución. De hecho, la historia universal la refiere entre los problemas que mayormente desquicia los valores humanos del individuo. Asimismo, la Biblia la menciona como el resultado de la descomposición de las relaciones humanas. Aunque para la Politología, “es el fenómeno mediante el cual un funcionario es incitado a actuar distintamente de los estándares normativos y éticos del sistema u organización a la  cual circunscribe su labor”.

 

 

La corrupción tiende a verse aceptada como un criterio político a través del cual se sirve el ejercicio político, así como la praxis gubernamental, para forjar acuerdos. O pactos encubiertos que permiten a factores políticos diferentes, establecer mecanismos de cooperación que impulsen concordancias o congruencias. Específicamente, para solapar decisiones que -real y potencialmente- chocan con el ordenamiento jurídico que rige la movilidad pública.

 

 

Aunque generalmente de la corrupción se valen personeros del alto gobierno ya que en sus manejos, se hace posible dar con modos operativos que afiancen el hecho impúdico de mantenerse en el poder. Particularmente, para que su enganche o fijación no corra el riesgo de la defenestración que le imprimen tensiones internas o protestas externas.

 

 

La corrupción ante las nuevas realidades

 

 

Las nuevas realidades sobre las cuales opera la política, indistintamente del sistema político que pauta la ideología que apoya el ejercicio de gobierno, han conducido la corrupción a mutar de su forma originaria. Ahora, las estrategias políticas que cimientan las razones de las que se vale una facción política en cualquier parte del planeta para burlar la legalidad del orden jurídico, se esconden en los cambios que han operado organismos públicos en su relación con ámbitos administrativos, económicos, culturales, sociales, tecnológicos, logísticos  y políticos.

 

 

La corrupción se convirtió en una alternativa que sustenta el funcionamiento de programaciones públicas de expresa justificación. Pero, con capacidad suficiente para motivar el proselitismo necesario que requiere la conservación financiera de un populismo “revolucionario”. El mismo, siempre preparado para tener en jaque cualquier posible desencaje del encuadre político sobre el cual se afianza el poder político.

 

 

El vergonzoso caso Venezuela

 

 

En el contexto de países sometidos por el autoritarismo hegemónico (véase el caso Venezuela, por ejemplo), la corrupción llegó a ser un modo especial de ejercer la influencia necesaria para mantener el control político pues el mismo termina siendo canal para intimidar ámbitos organizacionales mediante la aplicación de cuotas temporales de opresión, represión y coerción.

 

 

En consecuencia, el régimen político en el caso venezolano se vale de la influencia que le depara la compra de conciencias y dignidades para  institucionalizar la posibilidad de actuar, con la complicidad de una economía sometida, sobre grupos etarios. Y así, hacerse de formas llanas o populares de incentivar tendencias de comportamiento corrupto que inciden sobre la ética de la población en general. El régimen venezolano ha conseguido por esta vía, posibilitar el retroceso social y cultural del país como en efecto lo logró.

 

 

Hoy Venezuela no es el país que en otrora lo fuera. Sobre todo, en buena parte del siglo XX. Ahora es diferente toda vez que la honestidad perdió su fijación como valor humano. Asimismo, el respeto y la responsabilidad. La academia universitaria fue trastocada por la inversión de valores que el régimen impulsó.

 

 

Realidades invertidas

 

 

Ahora pareciera que el ascenso social del venezolano, ya no depende del grado de conocimiento adquirido mediante estudios alcanzados. Ahora las realidades se invirtieron para dar paso a la podredumbre incitada por la corrupción campante. Tanto así, que hasta goza de impunidad, para que el corrupto no sea tocado por la justicia. Y de méritos, para que el corrupto sea honrado y glorificado a nivel de “héroe de la patria” por la misma justicia contaminada. Advertir tan apesadumbrada situación que hoy caracteriza la Venezuela “bolivariana”, es vergonzoso.

 

 

El fenómeno de la corrupción venezolana, ha sido incitado por la alcahuetería de un régimen pervertido. También por la existencia de un imperfecto sistema de representación política y el discriminatorio acceso al poder decisional lo que hace al régimen más opulento y permisivo para que la corrupción sea un abierto canal de envilecimiento nacional practicado por muchos. Pero principalmente, por funcionarios de alta envergadura. (Véase la respuesta de empresas cuyos servicios públicos no sirven pues sus administraciones fueron saqueadas por altos funcionarios groseramente corruptos). Todas estas son razones para asentir que en Venezuela la corrupción cambió de apellido.

 

 

Antonio José Monagas

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