¿Existe una “Clase Política”?

¿Existe una “Clase Política”?

 

Desde su planteamiento por Gaetano Mosca, en los finales del siglo XIX, la idea de “clase política” ha sufrido, como otras expresiones que pasan del uso académico al vulgar, mutaciones. A lo que se refería el científico social italiano era a la minoría dominante, lo que también se ha denominado élite. Pretendía en esencia refutar la idea marxista de “lucha de clases” asociada con las relaciones de producción. El intelectual era, recordemos, un político conservador de aquella Italia recién unificada, parlamentario en la monarquía constitucional y con dificultades comprensibles en las primeras etapas del fascismo por el que no sentía simpatías.

 

 

La Italia unida, la del Risorgimento, donde pensó, escribió y actuó Mosca, recordémoslo también, fue obra prolongada de considerable complejidad. La influencia decisiva en lograrla debe atribuirse a la confluencia entre la competente visión política de Camilo Benso Conde de Cavour y la lucha popular republicana y nacionalista de Mazzini y Garibaldi. Que se combinen la reivindicación desde el pueblo con la destreza política nunca es sobrante.

 

 

Pero sin que carezca de valor actual esa memoria, volvamos a lo que nos ocupa. La idea de Mosca no se refiere a legitimidad del poder, sino a lo que estima una constatación práctica acerca de quienes lo ejercen. En toda sociedad, observa, hay una minoría organizada que lo detenta. La legitimación vendrá como explicación formulada desde esa minoría dominante para justificar su predominio. En las democracias la teoría legitimadora es la soberanía popular, el poder reside en el pueblo todo. En los sistemas dictatoriales depende, puede ser la representación “mejor” de una raza, una historia o una clase social. En el caso de las inspiradas en el marxismo leninismo, la del proletariado. Nosotros mandamos porque mandan los trabajadores y nosotros somos los trabajadores.

 

 

La deformación más vulgar del término “clase política” es la de asociarla a quienes se dedican más o menos permanente o profesionalmente a la actividad política. Los dirigentes de los partidos políticos, estén o no en el poder. A eso se le suele agregar un adjetivo entre nosotros cargado de negatividad, también inmerecida que es “tradicional”. Ahí es donde los populismos beneficiarios del hartazgo gozan disparando adjetivos como si fueran nombres. “La Casta” la llamó en su etapa pre-ministerial aquel señor Iglesias del cuasi extinto partido Podemos español, subsumido ahora en Sumar y por cierto con añadidos procaces, lo he escuchado a este señor Milei que hoy puntea las preferencias electorales de los argentinos.

 

 

Los dirigentes políticos en una democracia o en una sociedad que aspira serlo, conjunto humano necesariamente permeable del que entran y salen personas constantemente, no son una clase social distinta a las demás. Como tampoco quienes se dedican a cualquier profesión. De los médicos nunca se habla como “clase médica”, ni de los abogados como “clase jurídica”, ni a los ahora en auge por la revolución tecnológica, los llamamos “clase informática”. Lo mismo podríamos decir de los industriales, los agricultores o los comerciantes, los plomeros o los músicos. Es, ni más ni menos, una mentira aceptada y tratada normalmente como si fuera verdad. Su único motivo que no razón, es que sirve para segregar y estigmatizar. Cuando señalo, automáticamente me excluyo y me libero. Ahí su diabólico encanto. Lo que llama la atención es su aceptación pacífica por los directamente afectados que incluso lo repiten con naturalidad. A algún ignorante le parece incluso distinguido.

 

 

Otra impropiedad típicamente anti-republicana es referirse a los militares como “el estamento militar”, como si esta fuera una sociedad estamental, al modo de las europeas antes de la Revolución Francesa o las americanas antes de la Independencia. El uso del término, como el de “clase política” es, por decir lo menos, un anacronismo.

 

 

Lo que a la chita callando sí que va surgiendo en tiempos sedicientemente revolucionarios, es una nueva “clase política” como la que pensó Mosca de minoría dominante, fuera de la cual el único derecho existente es el de calársela. Hablo de ese planeta rojo donde habitan el grupo en el poder y con residencia provisional, el círculo favorecido del “enchufadismo”.

 

 

Entonces ¿Existe una clase política en Venezuela? No, pero una aspira existir y no es precisamente el conjunto de los sospechosos habituales: dirigentes de los partidos políticos y aspirantes o aspirantas a liderar la oposición y gobernarnos. Es el sueño dorado de esos dos de cada diez de nosotros cuyo deseo es que el status quo se perpetúe, porque les va de maravillas. ¿Y los otros ocho? No importa que se la calen, quien los manda.

 

 

Ramón Guillermo Aveledo

Artículo publicado en el diario El Impulso

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