junio 6, 2022 8:24 am

 

«La vida te enseña que a la pareja se la conoce en el divorcio, a los hermanos en la herencia, a los hijos en la vejez, a los amigos en las dificultades y a los imbéciles en las elecciones».

 

Autor Anónimo.

 

Ahora, cuando los venezolanos nos hemos transformado en un país de emigración y cuando la mayoría de quienes han abandonado el país se encuentra en Colombia, se difunde una leyenda dorada según la cual los venezolanos tratamos al millón y medio o dos millones de colombianos que vinieron a ganarse la vida en nuestro país, con afecto casi fraternal. Algunos lo hicimos gracias a los empleados colombianos que se ganaron nuestra confianza, gratitud y cariño indelebles. Pero sin llegar a extremos de xenofobia con violencia –como ha ocurrido en distintos países dizque hermanos– aquí la policía acosaba y extorsionaba a los colombianos, el auge criminal se les atribuía siempre y muchos vivían con miedo a la deportación.

 

 

En aquellos días en que Venezuela era el país a donde venían los pobres y perseguidos de distintos países, nunca me interesé por saber de la política colombiana más allá de lo elemental. Nunca imaginé que la tortilla se voltearía y que Colombia estaría en mi mente y en mi corazón porque tengo dos nietos que fueron a buscar mejores caminos y encontraron magníficas parejas en Bogotá y ahora tengo cinco bisnietos colombianos. Por eso me han sido tan importantes las recientes elecciones presidenciales cuyos resultados son tan difíciles de digerir.

 

 

Mientras los venezolanos que añoramos la democracia mirábamos con terror las encuestas que daban como imbatible al ex guerrillero Gustavo Petro, no veíamos, como quizá le sucedió a una buena parte de los ciudadanos colombianos, como se iba colando un candidato sin partido, sin estructura política, sin renombre pero con mucho dinero y sobredosis de populismo, llamado Rodolfo Hernández alias “El Viejo”, ex alcalde de Bucaramanga. En una elecciones en las que hubo un 43% de abstención, Gustavo Petro obtuvo el 40.3% del 47% que votó y “El Viejo” Rodolfo, el 28.2%. Los demás candidatos, que de una u otra forma representaban el statu quo, quedaron muy atrás.

 

 

¿Qué movilizó a los votantes tanto de Petro como de Hernández? ¡El cambio! Esa promesa que suele tener poderes mágicos para captar voluntades y que generalmente termina siendo profunda frustración. Muy pocos se preguntan, al votar, cómo será ese cambio, para qué y hacia dónde.

 

 

Con la promesa del cambio llegó Hugo Chávez al poder en Venezuela y cada día durante los últimos veintidós años, hemos padecido el derrumbe general y la tragedia que han significado ese cambio.

 

Copio de un análisis en El País, de Madrid: “…..El próximo presidente de Colombia podría ser el ingeniero Rodolfo Hernández, un ricachón de 77 años que parece sacado de una tira cómica. Su fortuna la hizo vendiendo y comprando tierras en un país donde el acceso a la propiedad ha sido la fuente de las mayores disputas y desigualdades. Es admirador de Hitler y cree que las mujeres no se deben meter en política porque su sitio es la casa. No se sabe los nombres de los departamentos del país que espera gobernar, y dice sin sonrojarse que si llega al poder lo primero que va a hacer es declarar la conmoción interior y a gobernar por decreto. Se parece a Bucaram, a Bukele, a Trump y a Bolsonaro y, aunque parece una caricatura, es real. Tiene todo para ganar porque está amparado por la petrofobia, ese miedo irracional que muchos colombianos tienen por todo lo que huela a izquierda.

 

 

Poco importa que no tenga un programa de gobierno ni una hoja de ruta ni que sea un demagogo que puede llevar al país a un salto al vacío. Tampoco incide que sea un populista que desprecia las instituciones, que se dé el lujo de desacatar los fallos de la justicia y que crea que el país se puede manejar como si fuera su empresa. Con tal de que pueda frenar a Gustavo Petro. Rodolfo Hernández puede patear la democracia.

 

La petrofobia le ha dado a Rodolfo Hernández unas alas que no tenía. Antes del domingo era un candidato que pocos tomaban en serio, con licencia para decir barbaridades. Uno le preguntaba por el medio ambiente o por la crisis fiscal, pero él siempre respondía con la misma frase: “Lo que prometo es parar la robadera”. Era un populista de derechas, tiktokero y anti reformista que, sin embargo, no suscitaba mayores temores porque no era un candidato viable.

 

 

Todo esto cambió desde el domingo pasado, cuando el ingeniero Hernández sacó casi seis millones de votos y hundió al candidato de la derecha, que era Federico Gutiérrez. De ser un chiste pasó a ser presidenciable y se convirtió de repente en el candidato admirado por los petrofóbicos.

 

 

La trayectoria del ex alcalde de Bucaramanga ha estado cargada de dichos y hechos polémicos:

 

 

“Necesitamos que los empresarios entiendan que el mejor negocio del mundo es tener gente pobre con capacidad de consumo, porque los pobres consumen toda la plata en enero».

 

“Yo me defino como Rodolfo Hernández, un ingeniero que quiere sacar los ladrones del gobierno. Eso es todo». «La corrupción es el mayor impuesto que nos toca pagar a todos los colombianos». «La corrupción es una enfermedad que solo puede curarse con cirugía y sin anestesia». Pero este candidato está acusado judicialmente por corrupción.

 

En noviembre de 2018, el entonces alcalde de Bucaramanga acusó a un concejal opositor, Jhon Claro, de no dejarlo hablar. Le dijo «sinvergüenza». En ese intercambio de palabras, Hernández se levantó de la silla y le dio un golpe en la cabeza y además descargó una andanada de improperios que iban desde calificativos hasta vulgaridades.

 

«Yo soy seguidor de un gran pensador alemán. Se llama Adolf Hitler», dijo en una entrevista con la cadena radial RCN en el año 2016, cuando era alcalde de Bucaramanga. Y citó lo que afirmó que era una recomendación de tal pensador: «No pretenda que las cosas cambien si hacemos siempre lo mismo». Luego se disculpó diciendo que había confundido a Hitler con Einstein.
 

Así termina el análisis de El País que he citado: …»Este domingo ganaron (en Colombia) el malestar y el deseo de un cambio real. Los dos son factores legítimos que alimentan a menudo el populismo y la radicalización: ninguna de las dos condiciones favorece la prosperidad de un país con heridas profundas».

 

 

Si TalCual no fuese un medio de altura y si yo no conservara algo del pudor que se fue desvaneciendo a lo largo de mi bastante larga vida, diría que Colombia está como en el chiste cruel de «Chacachaca o Muerte» y hasta lo contaría. Estoy segura de que muchos lectores lo conocen. Pero en honor a la decencia y con real preocupación y tristeza solo digo que a la querida Colombia si no la agarra el chingo la agarra el sin nariz.

 

 

Nota Final: Espero que chingo en Colombia no signifique lo mismo que en México.

 

Paulina Gamus

@Paugamus

 

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