NYT:Suzanne Garfinkle-Crowell:Soy psiquiatra. Estoy escuchando algo nuevo de las mujeres jóvenes

NYT:Suzanne Garfinkle-Crowell:Soy psiquiatra. Estoy escuchando algo nuevo de las mujeres jóvenes

Credit…Tess Havas

Hace varios años, empecé a notar algo nuevo cuando chicas adolescentes o mujeres jóvenes acudían a mi consultorio para sus primeras sesiones psiquiátricas. Antes, a las pacientes les aterraba que les dijeran que tenían, según su perspectiva, algo malo. Ahora estas jóvenes anunciaban sus diagnósticos —trastorno por déficit de atención e hiperactividad, trastorno obsesivo-compulsivo, ansiedad, depresión— casi antes de decirme sus nombres.

Habían investigado sus síntomas en Instagram; habían respondido cuestionarios en TikTok; habían comparado la información de sus afecciones con las de sus amigas. Eran todas: estudiantes de cine de voz ronca y atletas de bachillerato muy aplicadas, presidentas de clase y chicas que faltaban a la escuela, niñas que pasaban los fines de semana en los Hamptons y muchachas que tenían que trabajar para tener dinero para sus gastos. Las pacientes de esta nueva ola hablaban utilizando terminología propia de la terapia, y su terapia ni siquiera había comenzado.

La médica que hay en mí empezaba de inmediato a pensar en una sopa de letras de tratamientos para los trastornos que estas chicas reportaban: TDC, TCC y EMDR, y los medicamentos para acompañar a cada uno.

Otra parte de mí —la madre, la de generación X— luchaba por reprimir las ganas de hacer una mueca para mis adentros. Si tienes una hija adolescente, es posible que hayas experimentado tu propia versión de estas dos reacciones: o bien terror por el bienestar psicológico de tu hija, o desconcierto ante toda esa terminología. Puede que incluso hayas intentado convencer a tu hija de que todo estaba bien. Ninguna de esas respuestas nos prepara para escuchar lo que estas chicas y mujeres jóvenes intentan decir.

Llevo años escuchando a chicas a diario y he aprendido algunas cosas que pueden ayudar a padres, terapeutas y a cualquier otra persona que tenga dificultades para comunicarse con las mujeres jóvenes cuando describen algún tipo de angustia.

Todo comienza por aceptar que las palabras de diagnóstico pueden funcionar de manera diferente para estas jóvenes que para otras personas. No necesariamente constituyen afirmaciones de verdades frías y científicas, ligadas a tratamientos específicos basados en evidencia. Por el contrario, las investigaciones revelan cada vez más que estas palabras suelen ser un mecanismo de afrontamiento, un esfuerzo por encontrar alguna narrativa aceptada para situar un dolor muy personal. Deberíamos intentar escucharlas bajo esa óptica: deberíamos tomar el lenguaje terapéutico, por tomar prestada una expresión, seriamente pero no literalmente.

Una chica me dijo que se había asignado a sí misma un diagnóstico de depresión; más tarde reconoció que pensó que haría que me preocupara por ella. Otra chica estaba aferrada a un diagnóstico de TDAH, principalmente porque la hacía sentir menos sola al conectarla con una comunidad en línea expresiva y vibrante.

Varias jóvenes insistieron en que encajaban en la definición clínica de ansiedad, porque era menos aterrador culpar a un defecto inherente en sus cerebros que explorar las causas de su muy real malestar, el cual resultó ser una mezcla de enojo hacia sus seres queridos y culpa por tener esos sentimientos. Otra chica dijo que usaba sus diversos autodiagnósticos como un receptáculo para todo aquello que, en su propia percepción, resultaba “excesivo” en ella; esto le permitía cumplir con lo que ella consideraba la mayor aspiración de una adolescente: mostrarse tranquila y despreocupada.

En algunos casos, los autodiagnósticos de mis pacientes eran acertados. Sin embargo, en muchos otros, la etiqueta psiquiátrica parecía más un punto intermedio entre sentimientos incómodos y el deseo de aceptación social. ¿Son estas etiquetas una fuente de fortaleza o una camisa de fuerza? ¿Ayudan a las mujeres jóvenes a encontrar ayuda y aceptación o se interponen en el camino? La respuesta no es tan sencilla.

Las adolescentes y las jóvenes no son las únicas que recurren al lenguaje terapéutico, por supuesto. Según algunas mediciones, el 50 por ciento de los miembros de la generación Z se ha etiquetado con padecimientos de salud mental, y las identidades de enfermedad se han arraigado en los jóvenes, tanto en internet como fuera de él. Pero las chicas son, con diferencia, el principal motor de esta tendencia. Son el grupo principal que busca información de salud en internet, que habla de sus sentimientos y relaciones y que busca etiquetas para lo que está mal.

También son el grupo demográfico con el peor perfil de salud mental. Creo que su asociación con las mujeres jóvenes, un grupo que a menudo se tacha de frívolo, es una de las razones principales por las que el lenguaje terapéutico se percibe como un signo de debilidad y de autocomplacencia.

En cuanto a los terapeutas, pensamos en el diagnóstico psiquiátrico mucho menos de lo que te imaginas. Eso se debe en parte a que las categorías en nuestro campo tienden a ser más flexibles que aquellas en otras áreas de la medicina. Las clasificaciones a menudo evolucionan y cambian con el tiempo, en especial para los jóvenes y sobre todo para las mujeres jóvenes. Además, no hay dos personas que experimenten estos padecimientos exactamente de la misma manera. Así que siempre tenemos que intentar entender primero a la persona.

El lenguaje terapéutico —comenzar con un lenguaje diagnóstico, aplicar etiquetas en lugar de describir sentimientos— puede dificultar esto. Puede dejar a los amigos y seres queridos sintiendo que no tienen capacidad para ayudar, como si tuvieran que retroceder y dejar que los profesionales hagan lo suyo. Y puede provocar un cortocircuito en el ya de por sí difícil progreso de autodescubrimiento de una persona joven.

Para ser clara, aun así preferiría vivir en un mundo donde todos hablan demasiado de traumas que en uno donde te meten a empujones en un casillero por ser diferente. Lo ideal sería crear un entorno en el que las chicas puedan dejar de culpar a sus propios cerebros por cada problema y donde no sientan que tienen que estar enfermas para ser escuchadas. Sin embargo, hasta que tengan acceso a un léxico más matizado de los problemas humanos, tenemos que escuchar de manera diferente.

Pequeños actos de traducción pueden ayudar. Alguien que dice tener TDAH puede o no encajar en la definición clínica, pero probablemente te esté diciendo que se siente dispersa, abrumada o que teme ser un desastre. Si alguien dice que tiene ansiedad, puedes estar bastante seguro de que está nerviosa, inquieta o insegura de sí misma. Si la palabra “deprimida” te asusta, considera en cambio por qué la persona que la usa se siente desesperanzada, sola o desesperada.

Si ya te hartó escuchar cómo alguien califica de “tóxico” a cada compañero de clase, de departamento o a una expareja, ve más allá del cliché y considera el daño que esa etiqueta intenta describir. Sea cual sea el método que funcione, ofrécele amablemente ese significado menos literal, no para cuestionar sus palabras, sino para entenderlas. No para ver si realmente tiene un diagnóstico concreto, sino para ver qué hay detrás de este.

Este tipo de traducción es un proceso silencioso, pero cambia tu forma de presentarte, la energía que transmites. Con los adolescentes, eso ya supone la mitad de la batalla. Ser demasiado reactivo hace que la situación gire en torno a ti y tus miedos; apresurarse demasiado a tranquilizarla puede hacer que parezca que no entiendes la gravedad de sus preocupaciones. Buscar lo que realmente te está diciendo —más allá de las palabras de moda— permite evitar ambos errores.

A fin de cuentas, la traducción es un ejercicio de empatía, de saltar fuera de los límites de tu propia perspectiva. Hacer ese esfuerzo es una manera poderosa de ayudar a otra persona a sentirse mejor.

El lenguaje puede iluminar ciertas partes de la verdad mientras oculta otras. Quizás es por eso que se cree que Claude Monet dijo que para ver una cosa, debemos olvidar su nombre. Es posible que los usuarios de internet apuntaran a algo similar cuando crearon la etiqueta #LetsNormalizeNotCallingWomenCrazy (Normalicemos no llamar locas a las mujeres). Cuando se trata del lenguaje terapéutico —ya sea que se use en mi consultorio o en tu casa— este tipo de traducción es un primer paso importante.

Suzanne Garfinkle-CrowelGarfinkle-Crowell, psiquiatra, es la autora del libro de próxima publicación Girlhood, Translated: Understanding Young Women in the Age of Therapy Speak and Self-Diagnosis

 

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